La Historia ¿una disciplina auxiliar? Su campo de trabajo en la Filosofía

Publicado mayo 16, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Aportaciones

Por Larisa González Martínez

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Cuando se habla de Historia es imposible no pensar en todas las disciplinas que siempre se han considerado sus auxiliares, como la arqueología, la paleografía, la numismática, la heráldica, la diplomática y otras.  Gracias al trabajo realizado por estas áreas del conocimiento el historiador tiene la posibilidad de resolver una gran cantidad de problemáticas que trae consigo el tratamiento, estudio y análisis de las fuentes para la construcción del discurso histórico (Torres Fauaz, 2011, p. 126).

Sin embargo, ¿podría la Historia ser ella misma una disciplina auxiliar?, en caso afirmativo ¿de qué forma podría desempeñar este papel?  El historiador francés Henri-Irénée Marrou (1904-1977) proporcionó en su momento una interesante respuesta a estas preguntas, que va muy de la mano con el añejo problema de la utilidad de la Historia.

Así, para Marrou la Historia posee varios usos entre los que destacan la comprensión de la propia situación histórica, el encuentro con el Otro (1999, pp. 199-200), el enriquecimiento interior “mediante la captación de los valores culturales recuperados del pasado” (1999, p. 203) y un importante papel como auxiliar del pensamiento en el vasto y relevante campo de acción de la Filosofía (1999, p. 210).

Con relación a este último aspecto Marrou menciona que la Historia ayuda a los filósofos ampliando sus horizontes de reflexión, auxiliando en la toma de conciencia de la complejidad y las implicaciones de los problemas que éstos abordan, proponiendo soluciones u objeciones para estas mismas problemáticas que tal vez el pensador no había visualizado, además de que le permite salir de una “inevitable estrechez de miras” provocada por el aislamiento, después de lo cual incorpora al filósofo “a la más vasta sociedad de los espíritus por medio de un diálogo siempre enriquecedor” (1999, p. 210).

En medio de este diálogo y con la ayuda de la Historia, el filósofo puede tomar cada una de las doctrinas que se le presentan para su estudio (y lo que en ellas hay de verdadero) dentro de su historicidad concreta.  Es decir, con el apoyo de la Historia es posible valorar y reflexionar cada sistema de pensamiento con pleno conocimiento y conciencia de la civilización, la cultura y las coyunturas políticas y sociales que le correspondieron en su espacio y su momento (Marrou, 1999, p. 211).

Pese a este fascinante panorama, Henri-Irénée Marrou advierte sobre la posible desconfianza que podría presentar el filósofo con relación al papel de la Historia en su área del conocimiento, por el riesgo de relativismo que su participación conlleva (1999, pp. 212-214).  No obstante, para este historiador francés la solución al problema está en el ejercicio correcto del oficio (Marrou, 1999, p. 215) y en la valoración de la Historia como una herramienta para el enriquecimiento y el redescubrimiento, más que como una escuela para el relativismo (Marrou, 1999, p. 218).

Bibliografía:

Marrou, H. I.  (1999).  El conocimiento histórico.  España: Gersa.

Torres Fauaz, A. (2011). La historiografía y la teoría social. Una discusión desde la historia de lo premoderno. Reflexiones, 90(2), pp. 125-135.  Recuperado el 1 de mayo de 2016 de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=72922586009

Sobre Enrique Florescano y las funciones del historiador

Publicado mayo 13, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Aportaciones

Por Víctor Manuel Bañuelos

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios)

Universidad de Guanajuato

¿Cuáles son las funciones del historiador? Esta y otras preguntas, que han dado mucho de qué hablar a epistemólogos de las ciencias sociales y a historiadores, nos responde Enrique Florescano en su ensayo “La función social del historiador”, en el cual identifica nueve posibles funciones que desarrolla el historiador, dentro de las cuales se pueden destacar dos porque hablan de las perspectivas a futuro de la ciencia histórica: por un lado, siguiendo a la filósofa húngara Agnes Heller, expresa que a pesar de que la visión romántica reza que la historia es una “maestra de vida”, la realidad es mucho más complicada, puesto que no es la historia la que enseña a la humanidad sino las mismas personas, tomando como base a la historia, las que se instruyen así mismas; por el otro lado, vemos el engorroso proceso por el cual se han complejizado tanto las metodologías como las teorías de la historia, una labor constante para muchas generaciones de historiadores, los cuales buscan desarrollar marcos explicativos para una enorme gama de fenómenos sociales que van desde la economía hasta la política.

A todo esto ¿qué más se puede decir? El texto denota el bagaje intelectual del autor tanto en la creación de historiografía como en el desarrollo de herramientas para la filosofía de la historia. La experiencia de Florescano en el ámbito de la historiografía mexicana es amplia y destacada en diversos campos que van desde la historia económica, en la cual comenzó haciendo extensas listas de precios durante el período virreinal, hasta la historia cultural y de las religiones, tras dar una vuelta de 360 grados al comenzar a abordar principalmente la temática de la mitología prehispánica, centrándose en los ritos concernientes al origen del maíz, haciendo de esta manera un ejercicio más parecido al del historiador de las religiones comparadas.

Este acercamiento del autor con el estudio de las prácticas religiosas nos hace ver un aspecto de la historia que no deja pasar por alto, la cercanía entre esta y la mitología, al menos en cuanto a la función legitimadora y explicativa de una perspectiva presente o una institución. Esta función que homologa a la historia y los mitos no solo ha sido trabajada por Florescano, ya que otros estudiosos de las religiones lo han abordado desde fechas tan tempranas como el siglo IV a.C., como se aprecia con el caso de Evémero de Mesene quién decía que los dioses eran solo un recuerdo de reyes del pasado remoto,  hasta Georges Dumézil y sus discípulos, quienes encuentran que ciertos dioses y aventuras narradas en ciclos heroicos no son más que relatos que legitiman y explican la existencia de ciertas instituciones sociales, como era la repartición de funciones en las culturas antiguas de Europa y la India.

En suma, se puede hacer un extenso proceso reflexivo sobre las funciones del historiador con respecto a su sociedad y la manera en que se han realizado paralelamente dos procesos: primero, uno por el cual la historia ayuda a diversas agrupaciones humanas a obtener identidad y perspectivas de su pasado; y segundo, la manera en que la historia se ha ido complejizando con el paso de las décadas, puliendo y afinando cada vez más sus metodologías y teorías, con la finalidad de crear conocimientos a partir de un ejercicio de explicación razonada.

Finalmente, en la presente reflexión se incluyeron aspectos sobre la teoría interpretativa del mito a la par con la filosofía de la historia, porque para quien estas líneas escribe, existe un amplio vacío en cuanto a este tipo de acercamientos teóricos, al menos en la academia mexicana reciente y valdría la pena desarrollar más trabajos partiendo de esta clase de premisas.

Véase también:

  • Burkert, Walter (2011). El origen salvaje. Barcelona: Acantilado.
  • Dumézil, Georges (1996). Mito y epopeya III. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.
  • Eliade, Mircea (2011). El mito del eterno retorno. Madrid: Alianza editorial.
  • Florescano, Enrique (2012). Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica. Ciudad de México: Editorial Taurus.
  • Sergent, Bernard (1986). La homosexualidad en la mitología griega. Barcelona: Editorial Alta Fulla.

“Tú tienes tu historia y yo la mía”: sobre la verdad y la objetividad en Chris Lorenz

Publicado mayo 11, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Aportaciones, Uncategorized

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Por Felipe Mera Reyes

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

En el texto “Tú tienes tu historia y yo la mía”: algunas reflexiones sobre la verdad y la objetividad en la historia Chris Lorenz realiza una defensa de la historia como respuesta a algunos recurrentes argumentos posmodernos, que en la his

toriografía reciente han causado cierta incredulidad hacía la posibilidad de elaborar relatos verdaderos en Historia, y sobre todo han cuestionado la capacidad objetiva de la labor de los historiadores.

Al preguntarnos con el autor ¿existen las historias verdaderas? Indudablemente la primer respuesta es sí, claro que existe la posibilidad de verdad en la investigación histórica; sin embargo, la cuestión va más allá de una respuesta afirmativa o negativa, de acuerdo con nuestra postura en el debate, el problema radica en la interpretación de lo “verdadero” que usemos cuando preguntamos por dicha posibilidad en nuestra labor. Desde luego que no es necesario recurrir al argumento relativista que propone que lo verdadero únicamente es cuestión de la perspectiva desde la cual se juzga algo, ya que debemos considerar que es posible arribar a la construcción de lo verdadero no solamente a través de un camino, sino de varios. Nos dice Chris Lorenz:

“El hecho del que el conocimiento se produzca en situaciones específicas no implica que la validez de las pretensiones de conocimiento sea relativa [siempre]  a esas situaciones” (Lorenz, 2015, p. 199).

El relativismo en Historia es una forma insostenible de reduccionismo de la teoría del conocimiento a, en el mejor de los casos, una sociología del conocimiento. El trayecto de la historia como ciencia, transita por un camino especial, distinto al que por ejemplo cruzan las ciencias naturales, donde la comprobación empírica parece ser el argumento más obvio e inmediato para legitimar la posibilidad de verdad de ellas, pero no es el único camino. La realidad, nos dice Lorenz, no dicta ni determina como debe ser representada lingüísticamente, por tanto son posibles las representaciones verdaderas múltiples.

Por principio es necesario mantenernos alejados de consideraciones sobre la verdad  como un ente existente autónomamente, completamente separado de nuestra realidad, al que se conoce fielmente de acuerdo con los esfuerzos de cada ciencia. Ninguna verdad puede abarcarse completamente, al menos ninguna ciencia o disciplina lo ha logrado demostrar hasta ahora.

Por otra parte también es recurrente la noción de que la historia, a juzgar de los argumentos posmodernos, al no poder elaborar relatos verdaderos, entonces construye “ficciones” y “metáforas” de lo real, de esta manera los textos de la historia son vistos como meras representaciones imaginarias de un pasado imposible de conocer en ningún sentido, el trabajo crítico con las fuentes es olvidado y la subjetividad (desde un punto de vista negativo) es la fuente primordial desde la cual los historiadores interpretan.

Ante esto Chris Lorenz responde que durante el proceso de representación lingüística de cualquier hecho, siempre se agregan nuevos elementos, no obstante dicha característica no podría invalidar la pretensión de verdad de la historia puesto que sucede en todas las áreas posibles de conocimiento. Todo lenguaje, incluido el descriptivo que las ciencias naturales usan, tiene una dimensión metafórica. Es cuestionable pensar que la verdad básicamente significa una correspondencia entre la realidad y su representación. Si los posmodernistas declaran la existencia omnipresente de la ficción, entonces no es posible hablar de verdad en sí, en ningún caso, ya que sólo podemos entender lo ficticio en oposición a lo verdadero.  Los posmodernistas entonces deben ser escépticos, nos dice Lorenz, incluso de lo que entienden por verdadero y falso. Nociones como ficción, mito e ideología solo tiene sentido frente a nociones contrarios como hecho, ciencia y verdad.

Otra cuestión relativa al debate posmoderno y la historia es la que concierne al “objetivismo versus relativismo”, por una parte tenemos que la Historia se guía sólo por la búsqueda de la verdad, y por otra que la Historia se condiciona (siempre) por influencias culturales, políticas e ideológicas, como un discurso al servicio de la transmisión de determinado “poder”. El posmodernismo no ha logrado superar esta oposición, que para los historiadores aparece cada vez menos conflictiva, ya que arroja mucho más utilidad poseer la conciencia de dónde está ubicado el historiador como individuo y desde donde estaban ubicadas las fuentes a partir de las cuales se aproxima éste a una realidad pasada. Lorenz declara que el posmodernismo posee argumentos que han sido exageradamente deformados, de ahí que sean insostenibles. En otras palabras, acepta parte que la crítica posmoderna no es errada del todo, pero si exagerada.

Para este autor, objetividad es el “resultado colectivo de respetar la reglas metodológicas de la disciplina, imparcialidad, desapego, critica mutua y ecuanimidad. Estas condiciones de la objetividad son sociales e individuales al mismo tiempo” (Lorenz, 2015, p. 203). No es lo mismo objetividad que neutralidad, entonces se puede ser objetivo sin ser neutral, es decir tomando una posición ideológica, ya que la identidad y la práctica histórica siempre están relacionadas, y en substancia la objetividad se obtiene de seguir con rigurosidad el método científico.

Finalmente Chris Lorenz nos invita a no olvidar tres cosas que ayudan a superar lugares comunes en el debate entre la posmodernidad y la historia:

1.- Las representaciones históricas siempre suponen construcciones de identidad, ligadas indisolublemente a elementos ideológicos y culturales

2.- Siempre es posible desarrollar varias representaciones de la misma historia desde diferentes perspectivas, entonces siempre es posible realizar elecciones sobre lo que consideramos “verdadero”

3.- Las elecciones de los historiadores se relacionan con sus propios ideales políticos y con su política de identidad. No obstante, las elecciones no son arbitrarias, ya que para ello existen las consideraciones empíricas, es decir, la evidencia, que puede demostrar lo errado o acertado que es posible estar. La historia legitimadora e instrumental se diferencia de la historia científica precisamente cuando en la primera, la evidencia y el método se supedita a los intereses particulares y no universales de la verdad (Lorenz, 2015, p. 2015)

Bibliografia:

Lorenz, Chris. “Tú tienes tu historia y yo la mía: algunas reflexiones sobre la verdad y la objetividad en la historia” en: Entre filosofía e historia, volumen 1: exploraciones en filosofía de la historia, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2015

Evidencia, inferencia e imaginación: un acercamiento a los límites de la interpretación histórica.

Publicado abril 24, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
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Por Valeria Alejandra Olivares Olivares

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Uno de los problemas más recurrentes de la epistemología de la historia, es aquel que pone el foco en el rol del sujeto historiador. Desde su dimensión de ‘observador’ del pasado, miembro de una comunidad académica, con prácticas definidas y autor del ‘texto histórico’ (De Certeau: 1993, 82-101), la mayoría de estos planteamientos coinciden en que el historiador tiene un papel central en la construcción de explicaciones históricas. Planteamientos disidentes que niegan al historiador relevancia en el proceso investigativo (Goldstein: 1962) igualmente se preocupan por abordar sus implicaciones. Otros, como Raymon Aron (1958) consideran que el historiador ‘no recoge los hechos, sino que los reconstruye en unidades históricas’ (Aron: 1958, 27-33), cuestión que torna al sujeto historiador en el ‘filtro’ de la historia.

Precisamente por este rol central del historiador, es que la interpretación histórica y sus límites se ven mediadas por su labor. Siguiendo el planteamiento de Aron, esta interpretación histórica requiere al menos de dos elementos que constituyen el proceso de reflexión sobre el pasado: las evidencias y las inferencias. Apegado a una postura que reconoce la posibilidad y necesidad de que la historia sea una ciencia, para el autor el concepto de evidencia hace alusión a la acumulación de datos disponibles al investigador antes de ‘correr el riesgo’ de hacer inferencias, es decir, aquellas operaciones que dan lugar a proposiciones más o menos generales que no se incluyen en los hechos, que no obstante podrían legítimamente ser deducidas, inferidas o extraídas de ellos (Aron: 1958, 11).

En este sentido, el autor propone una mirada compleja de aquellos datos que pueden ser encontrados en los ‘vestigios’ del pasado, precisamente porque aquello que en su momento puede ser considerado como evidencia, en un futuro puede adquirir el grado de inferencia (Aron: 1958, 11). Un ejemplo de esta situación, son todas aquellas observaciones de segundo orden que toman como dato y evidencia aquellas inferencias ya realizadas por otros historiadores (Betancourt: 2015, 16).

Los límites de la interpretación histórica estarían demarcados por el trabajo mismo del investigador. Para Aron, esta interpretación es concebida como un momento de síntesis, en que datos convertidos en evidencias y las inferencias construidas hipotéticamente de ellas, se encuentran para dar explicación a los hechos y acontecimientos históricos (Aron: 1958, 13). En el caso del historiador, cuestiones como la objetividad/subjetividad, la distancia de este con su objeto de estudio –la realidad pasada– (Aron: 1958, 12) y la definición de sus objetivos y preguntas de investigación, serían los pasos centrales de esta trayectoria desde las evidencia e inferencias a la construcción de la explicación histórica.

Desde esta propuesta, es posible entender que el tránsito de la construcción de la explicación está mediado por la interpretación del historiador. Para complementar la reflexión del autor, se considera pertinente abordar la noción de imaginación histórica. Si bien esta noción no fue abordada de manera explícita por Aron, su lectura nos remite a este concepto por el protagonismo que se le otorga al rol del historiador como sujeto cognoscente y ‘constructor’ de los problemas históricos.

Autores como Lucien Febvre han propuesto que la historia debe hacerse con documentos, cuando los hay (Citado en Le Goff: 2005, 106); si no, cualquier vestigio del pasado que estudiemos puede entregar información relevante para reconstituirlo y así llevarnos a imaginar de manera tentativa qué puede decirnos un artefacto o ruina sobre el pasado de esos sujetos. Hayden White ha propuesto que la imaginación histórica más que relacionarse con el proceso cognitivo de tratamiento de las fuentes, está intrínsecamente contenida en la escritura de la historia al ser parte constitutiva del desarrollo de la trama (White: 1992, 13-21). Peter Burke ha ido más lejos al plantear que sin imaginación no se puede escribir historia,[1] precisamente porque para él esta sería una condición propia del tratamiento de fuentes, el desarrollo de la investigación y su escritura, así como del proceso de inteligibilidad que el historiador realiza entre ese pasado no experimentable y sus contemporáneos. En otras palabras, pensar ese pasado y hacerlo comprensible en nuestro presente (Burke: Revista de Letras, 2013).

Desde este acercamiento, es posible resaltar que tanto las inferencias como las evidencias juegan un rol central en la construcción de las interpretaciones llevadas a cabo por el historiador. Sumado a esto, la imaginación sería otro elemento que de manera menos tangible, se encuentra presente en los procesos cognitivos e investigativos que el historiador lleva a cabo para comprender el pasado. La cuestión es, no perder de vista que el historiador debe respetar los límites que las propias fuentes entregan y no pensar que toda la explicación histórica puede ser realizada por él. Como el mismo Aron lo propone, no perder de vista que los hechos y acontecimientos históricos son en esencia hechos sociales y humanos, que el historiador intenta explicar a partir del por qué y cómo, situándolos en un espacio y tiempo definidos, en otras palabras, hacer inteligible lo que en apariencia no tiene cohesión.

 

Referencias

  • Aron, Raymond. 1958. “Evidence and Inference in History” en Daedalus, Vol. 87. N° 4: 11-39.
  • Betancourt, Fernando. Historia y cognición. Una propuesta de epistemología desde la teoría de sistemas. México: UNAM/Universidad Iberoamericana.
  • Burke, Peter. 2013. “Sin imaginación no se puede escribir historia”. Revista de Letras. 6 de febrero. En: http://revistadeletras.net/peter-burke-sin-imaginacion-no-se-puede-escribir-historia/
  • De Certeau, Michel. 1993. La escritura de la historia. Capítulo: “La operación historiográfica”. México: U. Ibero
  • Goldstein, Leon J. 1962. “Evidence and events in History” en Philosophy of Science. 29. N° 2: 175-194.
  • Le Goff, Jacques. 2005. “La historia como ciencia: el oficio del historiador”. Pensar la historia: modernidad, presente y progreso. México: Paidós.
  • White, Hayden. 1992. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. México: Fondo de Cultura Económica.

[1] http://revistadeletras.net/peter-burke-sin-imaginacion-no-se-puede-escribir-historia/

La evidencia como pensamiento del hecho histórico y la fuente como tratamiento del acontecimiento en la historia.

Publicado abril 24, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
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Por Juan Camilo Riobó Rodríguez

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

En la práctica histórica, se asocia la fuente como el documento inductor de los eventos pasados a través del ejercicio interpretativo del historiador. En los cuales el hecho histórico toma forma inteligible en su enunciado de representación, cuando la acción es figurada por la cognición del sujeto histórico y su referente en el análisis del investigador. Este es un proceso de denominación en que el evento es cargado de sentido, cuyo tratamiento sugiere la construcción de hipótesis para validar las fuentes en función de lo real y verosímil.[1]

Este ejercicio implica que el historiador establezca una estructura de interpretación sobre el acontecimiento, abordando la evidencia en su dimensión de vestigio y documento configurador del pasado. En esta idea de conceptualizar los métodos y los objetos en la disciplina histórica, el artículo de Leon J. Goldstein,[2] “Evidence and Events in History”, es un revelador del sentido cognitivo del historiador al abordar los materiales del pasado, desde el pensamiento epistemológico y la supuesta irrelevancia de lo subjetivo en la explicación histórica. Goldstein señala que antes del encuentro con las fuentes para la construcción del hecho, el historiador realiza una lectura cognitiva de las evidencias y pruebas del pasado. Es un proceso en el que a través de hipótesis, la evidencia va tomando prevalencia en las distenciones lógicas que posibilitan la clasificación y el tratamiento de las fuentes.[3]

Para este filósofo de la historia, la evidencia es un compendio metodológico ligado al pensamiento del historiador, donde el investigador y los sujetos históricos son irrelevantes al hecho y no interfieren en la escritura histórica, pues su tarea es la de generar hipótesis y clasificar objetos.[4] Esto hace pensar en una ley genérica en la disciplina para abordar los eventos en un univoco proyecto procedimental de interpretación, idea que es rebatida por Goldstein al mencionar que esta operación analítica de las evidencias, obedece a la anomia teórica de los vestigios racionalizados por el historiador, es decir, que la existencia de las evidencias es natural y no depende de un cuerpo particular de leyes.[5] En síntesis, la propuesta de este autor es entender la evidencia como una reflexión epistemológica producida por el escritor histórico, negando la subjetividad del autor por la ausencia del determinismo metodológico y la preponderancia de los documentos como hechos históricos naturales.

La tesis de Goldstein es sobresaliente a nivel teórico en la categorización de los vestigios, base hipotética que contribuye a organizar y estructurar las evidencias recolectadas por parte de los historiadores. Con respecto a la subjetividad y su irrelevancia en los eventos del pasado, su argumento puede cuestionarse por ignorar los significantes de la experiencia histórica, descuidando la interpretación de los documentos en el presente, con la multiplicidad de los contextos y los horizontes del historiador. En concreto,  la dificultad de concebir una historia sin la significación de los sujetos es difícil de entender, allende de una disciplina configurada por las relaciones colectivas e individuales en la sociedad.

 

Si las evidencias solo hacen parte de un repositorio único de la realidad, la cuestión deja al margen la perspectiva epistemológica del historiador y su contacto con el pasado, limitando el oficio de interpretación de los documentos. Por ejemplo, los objetos y artefactos, tienen un código de sentido que es significado por el historiador a través de sus herramientas teórico analíticas, esto hace que floreros, monedas, espadas, epistolarios, cordeles, entre otros, sean elementos abordados en la investigación histórica. Evidencias configuradoras de hipótesis que explican los acontecimientos en vestigios, como huellas subjetivas que son tratadas por el lente del historiador.

Finalmente, la evidencia no puede ser reducida a un simple dispositivo de interpretación, es una compleja operación cognitiva en el que el objeto debe ser arropado conceptualmente y metodológicamente por el historiador. Con las baterías puestas en teorizar los materiales del pasado en las hipótesis que se infieren de las fuentes y, en la concepción histórica de los acontecimientos desde el sujeto investigador e histórico.

[1] Aron, Raymond, Introducción a la filosofía de la historia, Buenos Aires, Losada, 2006, pp. 367 – 373.

[2] Goldstein, Leon J, Evidence and Events in History, Press Philosophy of Science Association, University of Chicago, Philosophy of Science, Vol. 29, No. 2 (Apr., 1962), pp. 175-194.

[3], Aron, Raymond, Evidence and Inference in History, On Evidence and Inference, Published by:  on behalf of MIT Press American Academy of Arts & Sciences Stable (1958), pp. 11-39.

[4] Goldstein, Evidence and Events in History, 191 – 193.

[5] Goldstein, Evidence and Events in History, pp. 190 – 191.

La cientificidad de la historia: un asunto indelegable.

Publicado abril 24, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
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Por Paulina Lizeth Chávez Santillán

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

El debate sobre la cientificidad de la historia tiene presencia hasta el día de hoy. Esta cuestión tuvo uno de sus más álgidos momentos hacia finales del siglo XIX, cuando los herederos de la escuela metódica Langlois y Seignobos colocaron, y a la vez, pretendieron resolver el problema bajo la consigna de que la historia se hace  exclusivamente con documentos.

Aquellos que se dedican al oficio de historiador podrían coincidir en que el énfasis en el documento apenas inaugura la problemática, dado que sobradamente se ha demostrado que la historia se hace con mucho más que documentos: a través del arte, de la vida material, de la fiesta, de la técnica, de cualquier tipo de conocimiento. Cabe mencionar que el signo de esta apertura fue notable en la escuela de Annales con Lucien Febvre y Marc Bloch.

Más allá del documento escrito, incluso, importantes historiadores alemanes que podríamos considerar contemporáneos como Koselleck y Rüsen proponen categorías extralingüísticas[1] o pre-narrativas[2], respectivamente, que deben ser pensadas por su influencia en la producción del conocimiento histórico.

Hasta aquí pretendemos hacer notar que los materiales que se consideran en la investigación histórica han ensanchado, problematizado y enriquecido el campo de trabajo de diversas maneras, siguiendo diferentes enfoques, escuelas, pero con un carácter marcadamente crítico, lo cual es muy notorio en el debate con el posmodernismo.

El camino trazado para posibilitar el escenario descrito es largo y ha considerado diversas concepciones e instrumentos para el desarrollo de la historia. De ello se encargó el historiador francés Jacques LeGoff en el ensayo “La historia como ciencia: el oficio de historiador”[3], donde describe y selecciona los momentos más destacados de la historia occidental que favorecieron dicho desarrollo.

Inicia por considerar las aportaciones de los historiadores grecorromanos, que tuvieron predilección por hacer historia contemporánea, pues establecieron la verdad en el testimonio vivido o recopilado, y aquí Tucídides es emblemático pues advierte sobre la necesidad de crítica aplicable a lo que se dice sobre los sucesos, pues toma en consideraciones las pasiones de las que pueden ser objeto dichos testimonios. Para Polibio, además, importaba el establecimiento de las circunstancias concomitantes que determinan los eventos por lo que planteó el establecimiento de causas y consecuencias, esbozando las generalidades en historia.

Los historiadores cristianos otorgan un sentido al devenir histórico a través de la Providencia, realizaron cálculos temporales y definieron distintas periodizaciones, incluso con cierta vigencia en la actualidad, como aquella que dividió el tiempo antes y después de cristo a cargo del monje romano Dionisio el pequeño.

La labor de los humanistas del Renacimiento posibilitó una crítica filológica de los documentos, además de una profanación del sentido de la historia al analizar los sucesos más allá de causas sobrenaturales, lo cual se impulsó en el contexto de la Reforma Protestante. El puente aquí trazado estuvo dado por la creciente erudición que preparó el escenario en el que se desarrollaría con mayor énfasis a partir del siglo XVII, aunque desde la perspectiva de una historia religiosa, pues son los jesuitas y benedictinos especialistas en hagiografía quienes otorgan una preeminencia al estudio y crítica de los documentos colocando el establecimiento de la verdad en la concordancia existente entre dos o más fuentes.

LeGoff hace notar que a partir del siglo XVIII, se crean las primeras instituciones dedicadas al estudio de la historia, un ambiente que estuvo favorecido por el racionalismo filosófico que posicionó a la historia como un tipo importante de conocimiento. Obra continuada en el siglo XIX en que quedó definido el método a través de la crítica de los documentos, se fundaron archivos en Francia y Alemania y proliferaron revistas históricas nacionales.

El debate sobre la cientificidad de la historia condujo a la teorización, a una autoreflexión de la práctica de los historiadores que ha tenido como objeto principal proveer de un carácter formal y objetivo a la disciplina. Aún a lo largo del siglo XX, especialmente con los desarrollos de las ciencias del lenguaje (sin duda han problematizado toda la producción de conocimiento, aún el de las ciencias consideradas exactas), que de una u otra forma, han vuelto a emparentar la historia con la literatura, no se han dejado de presentar concepciones y propuestas que buscan delimitar la importancia y seriedad de la historia aún más allá de su estatuto científico.

[1] Reinhart Koselleck, Historia de conceptos. Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social. Madrid, Editorial Trotta, 2012.

[2] Jörn Rüsen, Tiempo en ruptura. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2014.

[3] LeGoff, Jaques, Pensar la Historia: modernidad, presente y progreso. México, Paidós, 2005.

La practicidad social y cultural de la historia: de la magistra vitae a la labor crítica.

Publicado abril 21, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
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Por Larisa González Martínez

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

En el campo de la Historia la influencia de Marco Tulio Cicerón fue notoria, haciéndose sentir hasta la Edad Media y el Renacimiento, pues es por él que la Historia adquirió dos responsabilidades que le acompañaron durante varios siglos haciendo sentir su peso incluso hasta la actualidad: El compromiso de decir siempre la verdad dejando de lado todo propósito de falsedad y su deber como “maestra de vida” (LeGoff, 2005, p. 113).

Este último concepto llama especialmente la atención por el énfasis que hace en la repetición de lo ejemplar como resultado del esclarecimiento del presente a través del estudio y la comprensión del pasado (Jiménez Marce, 2012, p. 221).  En este tipo de noción sobre la Historia existe un “ideal pedagógico” unido permanentemente a la idea de que los acontecimientos históricos se repiten (Palti, 2012, p. 227) inexorablemente.

Sin embargo, con el paso del tiempo la Historia se transformó en una disciplina académica fuertemente establecida, cuya naturaleza quedó estrechamente ligada a la idea de Ciencia.  De hecho, es debido a esto que incluso se creó el vocablo de Ciencias Históricas para referirse a un tipo de Historia muy diferente a la que se venía elaborando desde la Antigüedad (Moradiellos, 1994, p. 1).

Con la llegada de esta nueva concepción de la Historia, la disciplina perdió su supuesta utilidad de “predecir el futuro” (con relación a esto el historiador Enrique Moradiellos menciona que la Historia más bien “postdice el pasado”) y su calidad de maestra de vida de modelos de conducta infalibles y “portadora de lecciones y enseñanzas prácticas y repetibles en circunstancias históricas posteriores” (Moradiellos, 1994, pp. 13 y 15).

No obstante, es un hecho que la Historia tiene una función social y cultural, pero de un orden distinto a como se venía haciendo desde tiempos muy antiguos.  Esta utilidad está íntimamente ligada a “la exigencia operativa en todo grupo humano de tener una conciencia de su pasado colectivo” (Moradiellos, 1994, p. 13), la cual es un elemento ineludible de su presente y de otros aspectos de la realidad social como su propia dinámica, las instituciones, los sistemas de valores, las tradiciones, las ceremonias y, sobre todo, sus relaciones con el entorno físico y con otros grupos humanos (Moradiellos, 1994, p. 13).

La perspectiva es clara: las ciencias históricas proporcionan un sentido crítico de las identidades operativas antes mencionadas (ya sean individuales o sociales), exponen los inicios y el génesis del presente dando luces sobre las circunstancias de su gestación y permiten explicar la evolución de las sociedades humanas presentes y pasadas (Moradiellos, 1994, pp. 15-16).

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Pero lo más importante de la función social y cultural de la Historia es que ésta realiza “una labor crítica fundamental” respecto a otras disciplinas o formas de conocimiento llevadas a cabo por el hombre, al impedir que se haga referencia del pasado sin considerar las aportaciones y resultados de la investigación empírica (Moradiellos, 1994, p. 16).  En este sentido, las ciencias históricas son un contrapeso, e incluso una defensa contra la “metafísica seudohistórica” y formulaciones arbitrarias o indemostrables o, como diría Enrique Moradiellos, “la razón histórica pone límites críticos infranqueables a la credulidad y fantasía mítica sobre el pasado del hombre y las sociedades” (Moradiellos, 1994, p. 16).

Así pues, las ciencias históricas contribuyen a la “supervivencia de la conciencia individual racionalista” (Moradielos, 1994, p. 16).  Debido a esto, no es posible aceptar la existencia de un ciudadano crítico consciente de su papel cívico pero sin una conciencia histórica plenamente desarrollada, que le permita plantear críticamente las cuestiones públicas (Moradiellos, 1994, p. 16), muchas de las cuales se fundamentan en mistificaciones o errores de los hechos históricos.

 

En fin, no cabe duda que, más allá de las cuestiones científicas, la utilidad y la practicidad de la Historia son un campo sujeto a muchas reflexiones, especialmente cuando de los aspectos sociales y culturales se trata.

Bibliografía:

Jiménez Marce, R. (2012). François Hartog, Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo. Universidad Iberoamericana, México, 2007, 243 pp. (El Oficio de la Historia). Secuencia. Revista de historia y ciencias sociales. (82), 219-223. Recuperado el 1 de abril de 2016 de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=319128357014

LeGoff, J.  (2005).  Pensar la historia: modernidad, presente y progreso. México: Paidós.

Moradiellos, E.  (1994).¿Qué es la Historia?  El Oficio de Historiador.  México: Siglo XXI.

Palti, E. J. (2012). La historiografía militante “ponderada” y su método.  Prismas – Revista de Historia Intelectual.  16(2), 221-230. Recuperado el 1 de abril de 2016 de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=387036815013

Crédito de imágenes:

Historia magistra vitae: http://fraszki-ulotki.info/2015/09/historia-est-magistra-vitae.html

Manifestantes: http://www.animalpolitico.com/2014/02/preguntas-para-entender-las-protestas-en-venezuela/


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