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El sujeto: entre vida e historia

septiembre 10, 2016

 

Por Ibisamy Rodríguez Pairol

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios)

Universidad de Guanajuato

La experiencia de vida y las interrogantes del oficio de historiador confluyen en el trabajo de José Luis Romero “La vida y la Historia”. El destacado intelectual argentino se desenvuelve entre mediados del siglo XX. Sus vínculos con estudiosos europeos y latinoamericanos de la filosofía y la historia, unido a sus motivaciones personales le hacen profundizar en la historia antigua y medieval.

Se destacan en esta interacción con José Luis su propio hermano, Francisco Romero, quién como filósofo lo apoya en el terreno historiográfico acercándolo a corrientes y escuelas de pensamiento. Mantuvo también contactos con el dominicano Pedro Enríquez Ureña, logrando un acercamiento a la literatura latinoamericana. Por otro lado la presencia en la década del cuarenta de Claudio Sánchez Albornoz, en la Universidad de Buenos Aires, hace que lleguen a Romero las brisas de los novedosos estudios medievales. (Freijomil, 2012).

Posicionamientos políticos que se mueven entre antiperonismo y socialismo; unidos a una activa militancia cultural con empeños de modernización científica (Romero, XII); definen la conciencia histórica del autor y su vida como sujeto histórico. De ahí que “la vida histórica” se convirtiera para él en una obsesión teórica a descifrar. Poniendo en práctica la indagación en el pensamiento historiográfico, el estudio de la superestructura, así como  la organización social,  tanto de Europa como de Latinoamérica; desde la antigüedad hasta la modernidad, dotando de protagonismo espacial a las ciudades y sus dinámicas.

En toda su construcción teórica y explicativa de la vida y la historia, se halla la constante retrospectiva de la relación matizada pero ininterrumpida de la trilogía pasado-presente -futuro. Romero expone en el texto las formas en que se refleja esta relación constante de la vida en tres planos temporales. Siendo así queda enfrascado en explicarnos la posición del historiador como investigador de la vida en el pasado y la búsqueda de la verdad; siendo a su vez el individuo que como parte de una colectividad, espera en el presente ancioso de recibir respuestas, para de modo quizás más efectivo proyectarse hacia el futuro.

Pero el historiador sabe, y también lo explica Romero, que ante esta situación se impone un reto: mantener la coherencia entre nuestra conciencia de vida (en el presente), y nuestra conciencia histórica; aquella con la que debemos acercarnos e interrogar al pasado histórico. El historiador debe fundir sus experiencias personales con el rigor científico, la búsqueda exhaustiva,  las múltiples lecturas y la inconformidad ante lo superficial. Estos componentes deben quedar forjados durante su formación profesional. Solo así podrá mantener distante a  la siempre acechante subjetividad.

No deben perderse de vista las herramientas y los instrumentos teóricos y metodológicos que nos ayudan a buscar en el pasado respuestas a las interrogantes que se generan en el presente. ¿Para qué conocemos? , ¿Para qué queremos conocer al hombre?, ¿Qué relación hay entre existencia y conocimiento? (Romero, 2008.p.65); son solo algunas de las preguntas que podría responder la Historia. Pero esta última no se haya sola en este empeño, la acompañan otras ciencias y disciplinas con las que es necesario abrir el diálogo.

Sin embargo es nuestra percepción que Romero no muestra un gran interés por explicar los aportes y limitaciones de los paradigmas historiográficos del siglo XX. Se detiene generalmente en ejemplificaciones que lo centran en la escuela metódica o positivista de finales del siglo XIX y,  su batallar por legitimar a la Historia  frente a las escuelas naturalistas. Hace énfasis en esa necesaria transición de la Historia como saber erudito a historia como ciencia objetiva.

Esta lectura abre paso a otras perspectivas de análisis sobre algunos de los tantos problemas teóricos que enfrenta el historiador. Llamando esta vez a la reflexión y el diálogo sobre el sujeto y su devenir entre vida e historia;  a pesar de los pesimismos que se empeñan en rondar nuestra labor.

Bibliografía:

Freijomil, Andrés G. José Luis Romero 1909-1977. Disponible en: https://introduccionalahistoriajvg.wordpress.com/2012/06/25/. Consultado el 11 de agosto de 2016.

Romero, José Luis. (2008) “La historia y la vida”. México, Siglo XXI.

Romero, Luis Alberto. Prólogo a Latinoamérica. Las ciudades y las ideas. Disponible en: http://www.unsam.edu.ar/escuelas/politica/centro_historia_politica/romero/libro.pdf. Consultado el 11 de agosto de 2016.

La objetividad comprensiva en la historia

mayo 28, 2016

Por Jenny Zapata de la Cruz

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Raymond Aron en su obra: Introducción a la filosofía de la historia[1],   en “Los Limites del conocimiento objetivo del pasado” analiza el cómo y el por qué en la ciencia de la historia en su naturaleza y en la práctica es comprensiva, sin que esto evite alcanzar la objetividad y por ende es un camino distinto de llegar a la verdad.  Por tanto, la discusión que emprende en la década de los 40 (del siglo XX) con este trabajo es para evidenciar el hecho de la objetividad-verdad en las ciencias sociales y en particular en la ciencia de la historia; para ello toma el rumbo comparativo de los abordajes teóricos de la causalidad de la sociología y la comprensión histórica. Nos advierte que en ambos enfoques se excluyan entre sí, aboga Aron (2006) que se esforzará “[…] por sacar a luz la independencia y la solidaridad de los métodos, en el orden teórico y en el orden práctico al mismo tiempo” (Aron, 2006: 380).

Entonces, propone que el sociólogo utiliza el método comparativo que conduce a la causalidad de los hechos sociales y este le permite establecer leyes generales del comportamiento social y crear modelos como  los tipos ideales que le conducen al determinismo social; el  modelo –de tipos de Weber- ayuda al sociólogo a encontrar las regularidades globales en algún acontecer social; eso que ve en Weber como las casualidades racionales de un patrón respectivo de un hecho social,  los contiene en los tipos ideales, deja claro que no es un individuo sino el tipo representa  a un grupo social; explica –que el tipo-; en esta construcción sociológica –del tipo y las leyes globales- de ninguna manera “se rompe con las evidencias cotidianas. Se fija el desnivel entre el tipo ideal y el concreto sin llegar a escoger entre los esquemas, puesto que se acepta de ante mano que la realidad no le corresponde exactamente” (Aron, 2006: 386).

Por lo tanto en la historia o el historiador no construye tipos ideales que pueda aplicar a hechos ya ocurridos, no existe la escala general casual según Aron que imponga leyes para comprender el devenir histórico ni los actos pasados de un individuo, argumenta que el historiador trabaja con acciones ocurridas, univocas; para Aron la historia es una ciencia que encuentra la verdad en la pluralidad, en lo singular del hecho histórico, en la acción individual acontecida.

El documento es la fuente que permite acceder al pasado y a través del documento ocurre la comprensión, por tanto es la vía conducente de la verdad y al mismo tiempo es el límite del historiador porque “las cosas pasaron como pasaron, los hombres fueron como fueron y el espíritu se da por satisfecho con una contemplación o participación tan indiferente a la incertidumbre de lo que será como a la fatalidad de lo que fue” (Aron, 2006:387).  De las cosas que pasaron y que así son y seguirán siendo, es allí, -interpretando a Aron- donde radica el determinismo y el límite del acontecer histórico pero no de la acción de la investigación histórica, el historiador desde el presente interpreta y supone de diversas maneras el hecho histórico y comprende la fuente hasta construir la narración, el lenguaje histórico que le permite alcanzar el nivel de verdad.

Aron invita a que utilicemos en la medida de lo posible las casualidades, los tipos ideales sociológicos para la práctica histórica, nos servirán para contextualizar al individuo en lo general en su devenir histórico. Es posible que al pensar en las causalidades en la historia y quizá en tipos ideales, se deba construir con hechos económicos, acciones políticas, instituciones y con individuos que hayan marcado un ritmo distinto en la historia de un país o una región, podría decirse que en la historia política o la historia económica hay estructuras causales y totales que podrían explicarse y comprenderse a su vez.

Sin embargo, los acontecimientos históricos con la propuesta de las causalidades y lo que implica la construcción de leyes, patrones, constancias de un hecho social, metería al historiador en la tarea de explicar los determinismos acontecimientos ocurridos si es que existe está posibilidad práctica; esto orilla a preguntarnos ¿es objetivo de la historia plantear causas, leyes de comportamientos para comprender un acontecer particular? Para concluir Aron en este apartado no deja claro cómo podemos resolver en la práctica el determinismo histórico cuando se emplea el modelo de lo causal-leyes y tipos ideales, quizás es una tarea que podamos analizar en el siglo XXI y que se ha despreciado durante el siglo XX.

Referencias.:

Aron, Raymond (2006) “Los Limites del conocimiento objetivo del pasado”, Introducción a la filosofía de la historia, Editorial Losada, Buenos Aires, Argentina

Weber, Max, (1979), El político y el científico, introducción de Raymond Aron, El Libro de Bolsillo, Editorial Alianza, Madrid

 

[1] Esta primera parte pertenece a la sección IV, intitulada “Historia y Verdad” y la traducción corrió por parte de la editorial Losada en 1946. (Editorial Losada, 2006, Buenos Aires, Argentina).

 

Ante el determinismo histórico

mayo 24, 2016

Por Paulina Lizeth Chávez Santillán

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Hace poco más de un siglo, en el debate entablado en nombre de la cientificidad de la ciencia histórica fueron definidos elementos fundamentales en relación a la cuestión epistemológica. Uno de los que recibió gran atención fue el establecimiento de la causalidad histórica, de la posibilidad de descubrir las regularidades que guían el devenir, y aproximar con ello el planteamiento de previsiones para el futuro. Consideramos que esto se vio acompañado de las perspectivas o filosofías que sostenían la existencia de un determinado fin en la historia, como la hegeliana o la marxista entabladas en el siglo XIX.

Las categorías de causalidad y finalidad determinadas en la historia, han representado un esfuerzo por hacer frente a la contingencia inherente del devenir como una forma de otorgar cierta certidumbre ante el caos histórico, y que ésta se ha intentado fundamentar en el discurso científico que, en gran medida, apela por la utilidad de la producción del conocimiento. De modo un tanto simplista sería como afirmar que la historia sirve para no cometer en el presente, los errores del pasado, o para prevenir un cierto estado de cosas en el futuro que serían derivadas del descubrimiento de leyes históricas.

Desde que la mediación de la Providencia en el devenir comenzó su declive, cuando los humanistas del Renacimiento profanaron el sentido de la historia al analizar los sucesos más allá de causas sobrenaturales, se debió considerar otra teleología capaz de otorgar sentido al caos histórico.  Es así que la Razón, ocupará ese lugar como fundamento del conocimiento por excelencia y guía del devenir a partir de la Ilustración, aunque anteriormente, hubo que tomar a cuenta el proceso por medio del cual los individuos se relacionan con los objetos de la realidad, partiendo del pensar, de la cogitatio cartesiana, noción que en el pensamiento occidental se fue desarrollando como conciencia.

De tal forma, la Razón se impuso a la Providencia como una estrategia portadora de sentido en la historia, la consumación de una teleología, fuera de leyes divinas, ahora ancladas a la Idea de Progreso, la cual, fundada en la creencia de un continuum, pretendió borrar la irrupción de los acontecimientos. Así, el desenvolvimiento del devenir fue comprendido como una idea de desarrollo continuo y el individuo en conformidad con éste, se autocomprendió como actor de la historia manifiesta dotada de sentido, posibilitando una relación “amistosa” entre el individuo y el transcurrir. Metafóricamente, diríamos que le dotó de un ancla a la cual asirse en el mar de la contingencia, de una certidumbre, por pequeña que fuese, de la dirección de los tiempos.

Tal desarrollo estuvo favorecido por la categoría de continuidad, por la posibilidad de aislar de la realidad las estructuras más firmes que estaban constituidas por regularidades que podían descubrir los elementos geográficos o culturales que operaban y se extendían a grandes periodos históricos. Podemos destacar así el pensamiento de algunos integrantes de la Escuela de Annales como Fernand Braudel y la Longue Durée así como las aportaciones que tuvieron lugar a finales de la década de los setentas con la Nouvelle Histoire, especialmente la historia de las mentalidades.

Esta tradición historiográfica estuvo precisada por una metodología que podríamos caracterizar, en primera instancia, por apelar a una historia integral (sino global) que incluyera las aportaciones que las disciplinas fronterizas brindaban al análisis histórico; por elaborar conjuntos coherentes de documentos para integrar las series, que a través de un tratamiento cuantitativo o cualitativo podrían sacar a las luz las regularidades, las frecuencias o rupturas así como las relaciones de tipo lógico o causal que se podían extraer.

La noción de causalidad es el otro elemento que acompaña este proceso de inteligibilidad y de sentido de la historia, a través del cual podríamos explicar los móviles de los sucesos en términos generales y, dada la repetición o la frecuencia de factores determinantes, plantear leyes del devenir y extenderlas hacía el futuro. Para ello, según Raymond Aron, quien analizó la cuestión del determinismo histórico, habría que operar desde lo macroscópico, de los grandes rasgos que pueden extraerse de “los hechos considerados como propiamente sociales: sistemas económicos, regímenes de propiedad, organización de la cultura, muestran una evolución más coherente. Menos dócil a las iniciativas de las personas (…)”.[1]

Se trata entonces de observar lo general y lo estructural, hasta donde ya no sea posible vislumbrar el acontecimiento ni el accidente que irrumpen en una continuidad prefigurada haciéndola tambalear, dando lugar a lo discontinuo que habría de ser eliminado o no visto para poder establecer aquellas leyes.

Sin embargo, en la discontinuidad se encuentra también la riqueza de los análisis históricos, no sólo porque se trata de interpretar las particularidades, sino también por la emergencia de ciertos sucesos que transforman el devenir tanto como la idea que se había tenido del mismo, poseen un potencial indiscutible de análisis históricos o filosóficos tan necesarios para comprender la realidad circundante presente o pasada.

La Idea de Progreso fundada en la Razón dio muestra de variadas crisis a lo largo del siglo XX, y aquí Auschwitz resulta emblemático por toda la barbarie que pudo conjuntar, por todo lo que provocó el posterior ocultamiento de los crímenes nazis y explícitamente de las víctimas judías, de toda la incomodidad social, ética e histórica que tal acontecimiento logró despertar ante la imposibilidad de explicarlo en el correlato de un devenir fundado en la razón.

En gran medida, las cuestiones políticas, religiosas, las motivaciones personales o la voluntad de poder explícito, juegan importantes papeles en el devenir histórico y consideramos que son irreductibles a leyes generales. Sin  duda, todos aquellos elementos que podríamos considerar estructurales en una sociedad dada configuran un escenario en el que tales o cuales sucesos tienen o podrían tener lugar pero no son determinantes o determinados de una vez y para siempre.

[1] Aron, Raymond, “El determinismo histórico” en Introducción a la filosofía de la historia, Buenos Aires, Losada, 2006, p. 323

 

La Historia ¿una disciplina auxiliar? Su campo de trabajo en la Filosofía

mayo 16, 2016

Por Larisa González Martínez

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Cuando se habla de Historia es imposible no pensar en todas las disciplinas que siempre se han considerado sus auxiliares, como la arqueología, la paleografía, la numismática, la heráldica, la diplomática y otras.  Gracias al trabajo realizado por estas áreas del conocimiento el historiador tiene la posibilidad de resolver una gran cantidad de problemáticas que trae consigo el tratamiento, estudio y análisis de las fuentes para la construcción del discurso histórico (Torres Fauaz, 2011, p. 126).

Sin embargo, ¿podría la Historia ser ella misma una disciplina auxiliar?, en caso afirmativo ¿de qué forma podría desempeñar este papel?  El historiador francés Henri-Irénée Marrou (1904-1977) proporcionó en su momento una interesante respuesta a estas preguntas, que va muy de la mano con el añejo problema de la utilidad de la Historia.

Así, para Marrou la Historia posee varios usos entre los que destacan la comprensión de la propia situación histórica, el encuentro con el Otro (1999, pp. 199-200), el enriquecimiento interior “mediante la captación de los valores culturales recuperados del pasado” (1999, p. 203) y un importante papel como auxiliar del pensamiento en el vasto y relevante campo de acción de la Filosofía (1999, p. 210).

Con relación a este último aspecto Marrou menciona que la Historia ayuda a los filósofos ampliando sus horizontes de reflexión, auxiliando en la toma de conciencia de la complejidad y las implicaciones de los problemas que éstos abordan, proponiendo soluciones u objeciones para estas mismas problemáticas que tal vez el pensador no había visualizado, además de que le permite salir de una “inevitable estrechez de miras” provocada por el aislamiento, después de lo cual incorpora al filósofo “a la más vasta sociedad de los espíritus por medio de un diálogo siempre enriquecedor” (1999, p. 210).

En medio de este diálogo y con la ayuda de la Historia, el filósofo puede tomar cada una de las doctrinas que se le presentan para su estudio (y lo que en ellas hay de verdadero) dentro de su historicidad concreta.  Es decir, con el apoyo de la Historia es posible valorar y reflexionar cada sistema de pensamiento con pleno conocimiento y conciencia de la civilización, la cultura y las coyunturas políticas y sociales que le correspondieron en su espacio y su momento (Marrou, 1999, p. 211).

Pese a este fascinante panorama, Henri-Irénée Marrou advierte sobre la posible desconfianza que podría presentar el filósofo con relación al papel de la Historia en su área del conocimiento, por el riesgo de relativismo que su participación conlleva (1999, pp. 212-214).  No obstante, para este historiador francés la solución al problema está en el ejercicio correcto del oficio (Marrou, 1999, p. 215) y en la valoración de la Historia como una herramienta para el enriquecimiento y el redescubrimiento, más que como una escuela para el relativismo (Marrou, 1999, p. 218).

Bibliografía:

Marrou, H. I.  (1999).  El conocimiento histórico.  España: Gersa.

Torres Fauaz, A. (2011). La historiografía y la teoría social. Una discusión desde la historia de lo premoderno. Reflexiones, 90(2), pp. 125-135.  Recuperado el 1 de mayo de 2016 de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=72922586009

Sobre Enrique Florescano y las funciones del historiador

mayo 13, 2016

Por Víctor Manuel Bañuelos

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios)

Universidad de Guanajuato

¿Cuáles son las funciones del historiador? Esta y otras preguntas, que han dado mucho de qué hablar a epistemólogos de las ciencias sociales y a historiadores, nos responde Enrique Florescano en su ensayo “La función social del historiador”, en el cual identifica nueve posibles funciones que desarrolla el historiador, dentro de las cuales se pueden destacar dos porque hablan de las perspectivas a futuro de la ciencia histórica: por un lado, siguiendo a la filósofa húngara Agnes Heller, expresa que a pesar de que la visión romántica reza que la historia es una “maestra de vida”, la realidad es mucho más complicada, puesto que no es la historia la que enseña a la humanidad sino las mismas personas, tomando como base a la historia, las que se instruyen así mismas; por el otro lado, vemos el engorroso proceso por el cual se han complejizado tanto las metodologías como las teorías de la historia, una labor constante para muchas generaciones de historiadores, los cuales buscan desarrollar marcos explicativos para una enorme gama de fenómenos sociales que van desde la economía hasta la política.

A todo esto ¿qué más se puede decir? El texto denota el bagaje intelectual del autor tanto en la creación de historiografía como en el desarrollo de herramientas para la filosofía de la historia. La experiencia de Florescano en el ámbito de la historiografía mexicana es amplia y destacada en diversos campos que van desde la historia económica, en la cual comenzó haciendo extensas listas de precios durante el período virreinal, hasta la historia cultural y de las religiones, tras dar una vuelta de 360 grados al comenzar a abordar principalmente la temática de la mitología prehispánica, centrándose en los ritos concernientes al origen del maíz, haciendo de esta manera un ejercicio más parecido al del historiador de las religiones comparadas.

Este acercamiento del autor con el estudio de las prácticas religiosas nos hace ver un aspecto de la historia que no deja pasar por alto, la cercanía entre esta y la mitología, al menos en cuanto a la función legitimadora y explicativa de una perspectiva presente o una institución. Esta función que homologa a la historia y los mitos no solo ha sido trabajada por Florescano, ya que otros estudiosos de las religiones lo han abordado desde fechas tan tempranas como el siglo IV a.C., como se aprecia con el caso de Evémero de Mesene quién decía que los dioses eran solo un recuerdo de reyes del pasado remoto,  hasta Georges Dumézil y sus discípulos, quienes encuentran que ciertos dioses y aventuras narradas en ciclos heroicos no son más que relatos que legitiman y explican la existencia de ciertas instituciones sociales, como era la repartición de funciones en las culturas antiguas de Europa y la India.

En suma, se puede hacer un extenso proceso reflexivo sobre las funciones del historiador con respecto a su sociedad y la manera en que se han realizado paralelamente dos procesos: primero, uno por el cual la historia ayuda a diversas agrupaciones humanas a obtener identidad y perspectivas de su pasado; y segundo, la manera en que la historia se ha ido complejizando con el paso de las décadas, puliendo y afinando cada vez más sus metodologías y teorías, con la finalidad de crear conocimientos a partir de un ejercicio de explicación razonada.

Finalmente, en la presente reflexión se incluyeron aspectos sobre la teoría interpretativa del mito a la par con la filosofía de la historia, porque para quien estas líneas escribe, existe un amplio vacío en cuanto a este tipo de acercamientos teóricos, al menos en la academia mexicana reciente y valdría la pena desarrollar más trabajos partiendo de esta clase de premisas.

Véase también:

  • Burkert, Walter (2011). El origen salvaje. Barcelona: Acantilado.
  • Dumézil, Georges (1996). Mito y epopeya III. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.
  • Eliade, Mircea (2011). El mito del eterno retorno. Madrid: Alianza editorial.
  • Florescano, Enrique (2012). Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica. Ciudad de México: Editorial Taurus.
  • Sergent, Bernard (1986). La homosexualidad en la mitología griega. Barcelona: Editorial Alta Fulla.

“Tú tienes tu historia y yo la mía”: sobre la verdad y la objetividad en Chris Lorenz

mayo 11, 2016

Por Felipe Mera Reyes

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

En el texto “Tú tienes tu historia y yo la mía”: algunas reflexiones sobre la verdad y la objetividad en la historia Chris Lorenz realiza una defensa de la historia como respuesta a algunos recurrentes argumentos posmodernos, que en la his

toriografía reciente han causado cierta incredulidad hacía la posibilidad de elaborar relatos verdaderos en Historia, y sobre todo han cuestionado la capacidad objetiva de la labor de los historiadores.

Al preguntarnos con el autor ¿existen las historias verdaderas? Indudablemente la primer respuesta es sí, claro que existe la posibilidad de verdad en la investigación histórica; sin embargo, la cuestión va más allá de una respuesta afirmativa o negativa, de acuerdo con nuestra postura en el debate, el problema radica en la interpretación de lo “verdadero” que usemos cuando preguntamos por dicha posibilidad en nuestra labor. Desde luego que no es necesario recurrir al argumento relativista que propone que lo verdadero únicamente es cuestión de la perspectiva desde la cual se juzga algo, ya que debemos considerar que es posible arribar a la construcción de lo verdadero no solamente a través de un camino, sino de varios. Nos dice Chris Lorenz:

“El hecho del que el conocimiento se produzca en situaciones específicas no implica que la validez de las pretensiones de conocimiento sea relativa [siempre]  a esas situaciones” (Lorenz, 2015, p. 199).

El relativismo en Historia es una forma insostenible de reduccionismo de la teoría del conocimiento a, en el mejor de los casos, una sociología del conocimiento. El trayecto de la historia como ciencia, transita por un camino especial, distinto al que por ejemplo cruzan las ciencias naturales, donde la comprobación empírica parece ser el argumento más obvio e inmediato para legitimar la posibilidad de verdad de ellas, pero no es el único camino. La realidad, nos dice Lorenz, no dicta ni determina como debe ser representada lingüísticamente, por tanto son posibles las representaciones verdaderas múltiples.

Por principio es necesario mantenernos alejados de consideraciones sobre la verdad  como un ente existente autónomamente, completamente separado de nuestra realidad, al que se conoce fielmente de acuerdo con los esfuerzos de cada ciencia. Ninguna verdad puede abarcarse completamente, al menos ninguna ciencia o disciplina lo ha logrado demostrar hasta ahora.

Por otra parte también es recurrente la noción de que la historia, a juzgar de los argumentos posmodernos, al no poder elaborar relatos verdaderos, entonces construye “ficciones” y “metáforas” de lo real, de esta manera los textos de la historia son vistos como meras representaciones imaginarias de un pasado imposible de conocer en ningún sentido, el trabajo crítico con las fuentes es olvidado y la subjetividad (desde un punto de vista negativo) es la fuente primordial desde la cual los historiadores interpretan.

Ante esto Chris Lorenz responde que durante el proceso de representación lingüística de cualquier hecho, siempre se agregan nuevos elementos, no obstante dicha característica no podría invalidar la pretensión de verdad de la historia puesto que sucede en todas las áreas posibles de conocimiento. Todo lenguaje, incluido el descriptivo que las ciencias naturales usan, tiene una dimensión metafórica. Es cuestionable pensar que la verdad básicamente significa una correspondencia entre la realidad y su representación. Si los posmodernistas declaran la existencia omnipresente de la ficción, entonces no es posible hablar de verdad en sí, en ningún caso, ya que sólo podemos entender lo ficticio en oposición a lo verdadero.  Los posmodernistas entonces deben ser escépticos, nos dice Lorenz, incluso de lo que entienden por verdadero y falso. Nociones como ficción, mito e ideología solo tiene sentido frente a nociones contrarios como hecho, ciencia y verdad.

Otra cuestión relativa al debate posmoderno y la historia es la que concierne al “objetivismo versus relativismo”, por una parte tenemos que la Historia se guía sólo por la búsqueda de la verdad, y por otra que la Historia se condiciona (siempre) por influencias culturales, políticas e ideológicas, como un discurso al servicio de la transmisión de determinado “poder”. El posmodernismo no ha logrado superar esta oposición, que para los historiadores aparece cada vez menos conflictiva, ya que arroja mucho más utilidad poseer la conciencia de dónde está ubicado el historiador como individuo y desde donde estaban ubicadas las fuentes a partir de las cuales se aproxima éste a una realidad pasada. Lorenz declara que el posmodernismo posee argumentos que han sido exageradamente deformados, de ahí que sean insostenibles. En otras palabras, acepta parte que la crítica posmoderna no es errada del todo, pero si exagerada.

Para este autor, objetividad es el “resultado colectivo de respetar la reglas metodológicas de la disciplina, imparcialidad, desapego, critica mutua y ecuanimidad. Estas condiciones de la objetividad son sociales e individuales al mismo tiempo” (Lorenz, 2015, p. 203). No es lo mismo objetividad que neutralidad, entonces se puede ser objetivo sin ser neutral, es decir tomando una posición ideológica, ya que la identidad y la práctica histórica siempre están relacionadas, y en substancia la objetividad se obtiene de seguir con rigurosidad el método científico.

Finalmente Chris Lorenz nos invita a no olvidar tres cosas que ayudan a superar lugares comunes en el debate entre la posmodernidad y la historia:

1.- Las representaciones históricas siempre suponen construcciones de identidad, ligadas indisolublemente a elementos ideológicos y culturales

2.- Siempre es posible desarrollar varias representaciones de la misma historia desde diferentes perspectivas, entonces siempre es posible realizar elecciones sobre lo que consideramos “verdadero”

3.- Las elecciones de los historiadores se relacionan con sus propios ideales políticos y con su política de identidad. No obstante, las elecciones no son arbitrarias, ya que para ello existen las consideraciones empíricas, es decir, la evidencia, que puede demostrar lo errado o acertado que es posible estar. La historia legitimadora e instrumental se diferencia de la historia científica precisamente cuando en la primera, la evidencia y el método se supedita a los intereses particulares y no universales de la verdad (Lorenz, 2015, p. 2015)

Bibliografia:

Lorenz, Chris. “Tú tienes tu historia y yo la mía: algunas reflexiones sobre la verdad y la objetividad en la historia” en: Entre filosofía e historia, volumen 1: exploraciones en filosofía de la historia, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2015

La practicidad social y cultural de la historia: de la magistra vitae a la labor crítica.

abril 21, 2016

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Por Larisa González Martínez

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

En el campo de la Historia la influencia de Marco Tulio Cicerón fue notoria, haciéndose sentir hasta la Edad Media y el Renacimiento, pues es por él que la Historia adquirió dos responsabilidades que le acompañaron durante varios siglos haciendo sentir su peso incluso hasta la actualidad: El compromiso de decir siempre la verdad dejando de lado todo propósito de falsedad y su deber como “maestra de vida” (LeGoff, 2005, p. 113).

Este último concepto llama especialmente la atención por el énfasis que hace en la repetición de lo ejemplar como resultado del esclarecimiento del presente a través del estudio y la comprensión del pasado (Jiménez Marce, 2012, p. 221).  En este tipo de noción sobre la Historia existe un “ideal pedagógico” unido permanentemente a la idea de que los acontecimientos históricos se repiten (Palti, 2012, p. 227) inexorablemente.

Sin embargo, con el paso del tiempo la Historia se transformó en una disciplina académica fuertemente establecida, cuya naturaleza quedó estrechamente ligada a la idea de Ciencia.  De hecho, es debido a esto que incluso se creó el vocablo de Ciencias Históricas para referirse a un tipo de Historia muy diferente a la que se venía elaborando desde la Antigüedad (Moradiellos, 1994, p. 1).

Con la llegada de esta nueva concepción de la Historia, la disciplina perdió su supuesta utilidad de “predecir el futuro” (con relación a esto el historiador Enrique Moradiellos menciona que la Historia más bien “postdice el pasado”) y su calidad de maestra de vida de modelos de conducta infalibles y “portadora de lecciones y enseñanzas prácticas y repetibles en circunstancias históricas posteriores” (Moradiellos, 1994, pp. 13 y 15).

No obstante, es un hecho que la Historia tiene una función social y cultural, pero de un orden distinto a como se venía haciendo desde tiempos muy antiguos.  Esta utilidad está íntimamente ligada a “la exigencia operativa en todo grupo humano de tener una conciencia de su pasado colectivo” (Moradiellos, 1994, p. 13), la cual es un elemento ineludible de su presente y de otros aspectos de la realidad social como su propia dinámica, las instituciones, los sistemas de valores, las tradiciones, las ceremonias y, sobre todo, sus relaciones con el entorno físico y con otros grupos humanos (Moradiellos, 1994, p. 13).

La perspectiva es clara: las ciencias históricas proporcionan un sentido crítico de las identidades operativas antes mencionadas (ya sean individuales o sociales), exponen los inicios y el génesis del presente dando luces sobre las circunstancias de su gestación y permiten explicar la evolución de las sociedades humanas presentes y pasadas (Moradiellos, 1994, pp. 15-16).

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Pero lo más importante de la función social y cultural de la Historia es que ésta realiza “una labor crítica fundamental” respecto a otras disciplinas o formas de conocimiento llevadas a cabo por el hombre, al impedir que se haga referencia del pasado sin considerar las aportaciones y resultados de la investigación empírica (Moradiellos, 1994, p. 16).  En este sentido, las ciencias históricas son un contrapeso, e incluso una defensa contra la “metafísica seudohistórica” y formulaciones arbitrarias o indemostrables o, como diría Enrique Moradiellos, “la razón histórica pone límites críticos infranqueables a la credulidad y fantasía mítica sobre el pasado del hombre y las sociedades” (Moradiellos, 1994, p. 16).

Así pues, las ciencias históricas contribuyen a la “supervivencia de la conciencia individual racionalista” (Moradielos, 1994, p. 16).  Debido a esto, no es posible aceptar la existencia de un ciudadano crítico consciente de su papel cívico pero sin una conciencia histórica plenamente desarrollada, que le permita plantear críticamente las cuestiones públicas (Moradiellos, 1994, p. 16), muchas de las cuales se fundamentan en mistificaciones o errores de los hechos históricos.

 

En fin, no cabe duda que, más allá de las cuestiones científicas, la utilidad y la practicidad de la Historia son un campo sujeto a muchas reflexiones, especialmente cuando de los aspectos sociales y culturales se trata.

Bibliografía:

Jiménez Marce, R. (2012). François Hartog, Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo. Universidad Iberoamericana, México, 2007, 243 pp. (El Oficio de la Historia). Secuencia. Revista de historia y ciencias sociales. (82), 219-223. Recuperado el 1 de abril de 2016 de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=319128357014

LeGoff, J.  (2005).  Pensar la historia: modernidad, presente y progreso. México: Paidós.

Moradiellos, E.  (1994).¿Qué es la Historia?  El Oficio de Historiador.  México: Siglo XXI.

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Crédito de imágenes:

Historia magistra vitae: http://fraszki-ulotki.info/2015/09/historia-est-magistra-vitae.html

Manifestantes: http://www.animalpolitico.com/2014/02/preguntas-para-entender-las-protestas-en-venezuela/