Archive for the ‘Centenarios’ category

Conmemorar para re-encontrarse

septiembre 11, 2009

Por Miguel Angel Guzmán López

Las respuestas que se han dado a la pregunta de si es motivo de celebración el cumplimiento del Bicentenario del inicio de la Independencia de México y Centenario de la Revolución Mexicana, han sido muy variadas, y se despliegan en una gama de posibilidades que van desde el más exacervado sentimiento nacionalista hasta la definitiva negación de todo motivo de celebración. Se abre entonces el debate entre quienes piensan que ambos movimientos sociales fueron completamente benéficos para el desarrollo socio-político del país y quienes piensan que no son más que hechos magnificados desde el discurso oficialista de los regímenes políticos que nacieron de ellos. Estas discusiones se tornan viciosas desde que unos sólo ponen su atención en los aspectos positivos de cada contienda mientras que otros hacen lo propio con los aspectos negativos, y al no haber una especie de balanza que permita saber qué tiene mayor peso entre ambas perspectivas éstas continuarán enfrascadas en disputas interminables.

Frente a este panorama se impone pensar en el cumplimiento de estos centenarios no como una celebración sino como una conmemoración, un traer a la memoria los acontecimientos que han marcado el ser social del pueblo mexicano tanto en sus aspectos positivos como en los negativos -pues lo negativo también forma parte de nuestra historia.

La finalidad de la conmemoración es la de re-encontrarse uno mismo, la de re-descubrir en nosotros mismos los elementos históricos que nos conforman socialmente y a partir de ello tomar una decisión respecto a lo que queremos hacer en el futuro inmediato o de mediano plazo.

Una conmemoración debe traer a la palestra las virtudes y defectos que nos caracterizan como pueblo y debe desembocar en la asunción de estos contenidos para la consiguiente toma de decisiones acerca de las acciones que habrán de realizarse para conseguir nuestros objetivos más anhelados. En otras palabras, se debe conmemorar para replantear nuestro proyecto de país y de mundo.

Por esto, es enteramente saludable hacer ese re-conocimiento, esa asunción de nosotros mismos, tal cuales. Negarnos esa posibilidad; pensar que es posible mejorar mediante la negación de los aspectos “incómodos” de nuestra historia, no es más que dar cauce al trauma, pues si se recuerda, todo trauma comienza con la negación.

Pero parece que es la negación la que caracteriza al orden político actual, dado a ver las luchas sociales como motivo de incomodidad, de pensar que los mexicanos somos perdedores porque “fuimos conquistados y colonizados” y por ello supuestamente habría que evitar que en la educación básica se siga reproduciendo la mentalidad del perdedor, eliminando entonces de los libros de texto ambos episodios históricos. ¿Qué debemos de pensar entonces? ¿Que para ser exitosos hay que ser como los yankees? Nunca lo seremos porque para ello es necesario no ser nosotros mismos.

Si actualmente la tendencia es la de olvidar esos “episodios vergonzosos que nos impiden triunfar”, que no es otra cosa  entonces que el olvido de sí ¿Cómo esperamos construir un proyecto de nación? ¿Con qué bases vamos a elegir el camino que más nos conviene? No es de extrañar que partiendo de esta perspectiva, las acciones encaminadas a la celebración de los centenarios en el 2010 sean un verdadero galimatías ¿Cómo no si se niega a la historia? ¿Cómo no si no existe un proyecto de futuro?

La negación del pasado conduce a la parálisis del presente y a la desaparición de todo futuro. Por eso, mejor que dedicarnos a celebrar, consagrémos nuestras energías a conmemorar y planear nuestro siguiente paso.

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La Independencia de México desde una perspectiva compleja.

mayo 9, 2009

 M. F. Miguel Ángel Guzmán López.

Nota: Este es un comentario a la conferencia Las complejidades de la independencia de México, del Doctor en Historia Marco Antonio Landavazo, presentada el 30 de agosto de 2007 en las instalaciones del Colegio de Historiadores de Guanajuato A.C., como actividad del programa de actividades del Seminario de Independencias de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato. Posteriormente fue publicada en el Boletín del Archivo General del Estado de Guanajuato. Gobierno del Estado de Guanajuato. Dirección del Archivo General. Julio-Noviembre de 2007 (ISSN 1870-1752). 

            Hablar de complejidad es hablar del esfuerzo de dar cuenta de una realidad de manera irreductible a una sola de sus caras. Cuando se aplica este enfoque –desarrollado por las ciencias exactas, e introducido a la teoría social por Edgar Morín[1]– se pretende abordar a los fenómenos del mundo describiéndolos en la totalidad de las diversas relaciones, de diversa índole, que lo componen.

            En esta tesitura, el trabajo del Dr. Landavazo presenta una reflexión acerca de lo que, como él mismo lo señala, se ha convenido en llamar “la independencia de México”, para poner sobre la mesa las complejidades que guarda dicho proceso, estableciendo un contraste con las interpretaciones románticas derivadas de la modernidad decimonónica y del discurso revolucionario de principios del siglo XX, que se caracterizan por señalar que la Independencia constituye una ruptura total respecto a la época virreinal y que ésta fue propiciada completamente por el pueblo llano en busca de emancipación.

            De esta forma, Landavazo llama la atención sobre dos ejes desde los cuales puede apreciarse cómo esas interpretaciones románticas reducen a parcialidades la complejidad de un proceso histórico tan importante para la historia mexicana.

            El primer eje considera, por un lado, los sentimientos e intereses locales de quienes vivieron la guerra de independencia desde su comunidad y región, y por otro, las políticas de alto alcance -como las Reformas Borbónicas- que pueden ser consideradas causas del movimiento insurgente. El descontento social que se vivía en determinadas zonas de la Nueva España y que generaron levantamientos armados, más o menos exitosos, constituyeron expresiones locales en las que las razones particulares de los individuos explican en parte la insurgencia, pero estas manifestaciones locales no deben ser consideradas aparte de la configuración económico-política establecida a gran escala por la corona española, sobre todo a raíz de la llegada de la casa de Borbón a la misma, pues esto generó “… un caldo de cultivo propicio para la protesta social [porque esas medidas conllevaron que una buena parte de la población experimentara] un sensible deterioro en sus niveles de vida”[2]. De la misma forma no podría atribuirse a esas políticas, sin la revelación del descontento social local, el origen de la lucha independentista.

            El segundo eje está marcado por el binomio tradición y modernidad, de manera que plantea la cuestión de qué tanto puede considerarse a la Independencia un carácter de ruptura total respecto al periodo anterior. Landavazo explora entonces los orígenes ideológicos del movimiento, apuntando que a la atribución del pensamiento ilustrado francés habría que oponer el pensamiento político neoescolástico, predominante en el mundo español en aquel momento. Éste afirmaba que si bien “por derecho natural la potestad soberana venía de Dios, ésta pertenecía a la comunidad, de tal suerte que si los gobernantes no creaban un orden para el bien común el pueblo podía tomar medidas para remediar tal situación […] De igual forma, si la soberanía pertenecía a los pueblos, ésta regresaba a ellos mismos si el monarca faltaba, tal y como faltó Fernando VII al ser depuesto por Napoleón”[3]. Con esto se explicaría la inicial postura de los insurgentes de pelear para restituir a Fernando VII en el trono, pero no se descarta la influencia de las ideas modernas ilustradas y liberales, que tuvieron su expresión española en las Cortes de Cádiz, que poco a poco fueron imponiendo un modelo político caracterizado por el establecimiento de un régimen representativo, la separación de poderes, y las elecciones como método de formación del gobierno: “… el individualismo y la ciudadanía se imponen como formas de concebir al hombre en su relación con la sociedad, y empieza el declive del corporativismo como fundamento de la organización social; en fin, aparece y se difunde la libertad de opinión y de prensa y se crea el fenómeno moderno de la opinión pública”[4]. De esta manera se fusiona lo tradicional con lo moderno en el movimiento insurgente, con la aparición de textos, en cuyo discurso “…se haya la necesidad de legitimar la resistencia a Napoleón y la obediencia al rey, y constituir los nuevos poderes. Pero por la forma en que se producen, acarrean transformaciones profundas: por un lado rompen con el esquema vigente en el que era atributo exclusivo de las autoridades la publicación de textos o su control, pues la iniciativa viene ahora de la sociedad; y por el otro las circunstancias llevan a imprimir y reimprimir una enorme cantidad de textos [que constituyen el] germen de un futuro espacio global de opinión”[5].

            Esta complejidad, en todo caso, es mejor apreciable en la medida en que la guerra de independencia de México constituye una coyuntura histórica y que, por ende, implica un momento en el cual se genera un cambio en el que muchos aspectos de carácter estructural se modifican o definitivamente pierden su vigencia, pero no en todos los casos, ni en todos los niveles suelen presentarse dichos cambios. Las coyunturas históricas representan un reto al historiador en la medida en que siempre es difícil establecer la profundidad, la dimensión y los alcances de las transformaciones que en ellas se presentan. Tienen además la característica de que en ellas los hechos son fulgurantes y  no permiten apreciar muy fácilmente el nivel estructural profundo –el tiempo medio braudeliano-, de manera que se convierten en campo fértil para el romanticismo. No hay duda, empero, que los momentos coyunturales son esenciales para entender a la historia como un proceso; no puede haber estudio histórico que prescinda de ellas.

            Es atinada entonces la propuesta de Marco Antonio Landavazo de reflexionar un momento coyuntural, como es la Independencia de México, partiendo de la perspectiva de lo complejo, pues si bien no hay historiador que niegue la complejidad de la coyuntura misma, hace falta desarrollar un discurso acorde con esa realidad. La propuesta apunta a la generación de interpretaciones no reduccionistas de la historia (hasta ahora basadas en la premisa X es A ó B) que planteen los problemas en términos de X es A y B.

            Es posible que, dentro del marco de la celebración del Bicentenario de la Independencia de México, esta perspectiva constituya una de las novedades en cuanto a las nuevas interpretaciones que se hacen de este proceso histórico. ¿Qué tan exitosa puede ser entre la comunidad académica? No es viable decirlo ahora, pero conviene estar atentos a su emergencia y desarrollo ulterior.

 


[1] El pensamiento y propuestas de Edgar Morín (Filósofo y político francés de origen judeo-español (sefardí), nacido en París el 8 de julio de 1921) se enmarcan dentro de lo que se llama la  Ciencia de la complejidad la cual fue conformándose alrededor de las décadas 50-60 del Siglo XX,  cuando el Método Científico clásico y su enfoque reduccionista  entra en crisis  ya que éste no permitía, desde distintas especializadas e incomunicadas disciplinas,  comprender fenómenos  (políticos, económicos, naturales, sociales) que  eran estudiados  por separado, no pudiendo dar cuenta  de fenómenos que solo se daban a partir de la interacción de grandes colectividades de elementos, pues tal enfoque reduccionista explicaba el todo  a partir de sus partes, sin tomar en cuenta que un elemento estudiado por separado, individualmente, no  genera propiedades que emergen solo cuando entran en interacción con otros elementos – el ejemplo típico del pánico, las guerras, las actuales grandes caídas en el mercado, o las organizaciones sociales.

[2] Landavazo, Marco Antonio, Op. Cit. p. 3.

[3] Ibid, pp. 12-13.

[4] Ibid, p. 17.

[5] Ibid, p. 18. La frase “germen de un futuro espacio global de opinión” es retomada por Landavazo de François Xavier Guerra, “El escrito de la revolución y la revolución del escrito. Información, propaganda y opinión pública en el mundo hispánico (1808-1814)”, en M. Terán y J. A. Serrano Ortega (eds.), Las guerras de independencia de la América española, México, El Colegio de Michoacán, INAH, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2002, pp. 125-147.

La historiografía de cara a la celebración de los centenarios

marzo 27, 2009

M. F. Miguel Ángel Guzmán López

Hay un texto breve del insigne historiador Luis González y González titulado De la múltiple utilización de la historia, publicado como parte del libro Historia ¿para qué?[1], en el que participan varios intelectuales renombrados, con textos en los que ofrecen su respuesta al cuestionamiento que da nombre al libro.
Como respuesta a la interrogante, Luis González habla (veladamente inspirado por una de las Consideraciones intempestivas de Nietszche) de cuatro formas de utilizar el conocimiento histórico, representadas por cuatro tipos de historias: la historia anticuaria, que se ocupa de recuperar los detalles divertidos, románticos y anecdóticos, cuya finalidad es la de proporcionar al lector una perspectiva recreativa del pasado; la historia de bronce, que busca fomentar los valores nacionales y patrios mediante la exhaltación o la denostación de ciertos personajes, transformándolos en héroes o villanos (lo que llamaríamos una “historia oficial”); la historia crítica, que pone en tela de juicio los hechos realizados por un régimen político o un estado de cosas del pasado, en búsqueda de un mejor porvenir; y finalmente la historia científica[2], que tiene por objeto comprender el pasado de una manera imparcial y objetiva.
La respuesta de Luis González es muy interesante en varios sentidos. Mediante ella, en primer lugar, se da cuenta de que no es posible dudar de la utilidad que tiene el oficio de historiar para el mundo presente, pues resulta que no sólo puede servir para una cosa sino al menos para las cuatro ya mencionadas: disfrutar, formar valores nacionales, criticar las acciones del pasado, y comprender el pasado con un ánimo científico. Frente a ello, y en segundo lugar, se obtiene una nueva lectura de la pregunta inicial Historia ¿para qué? pues deja de lado la connotación escéptica para descubrir un sentido sorprendentemente dúctil (la historia es para lo que quieras emplearla) que deja a un lado la idea de que la historia sea un saber inaplicable a la vida cotidiana en el presente. Pero sobre todo es recuperable el hecho de que no existe una sola historia sino varias, no en el sentido relativista de que cada quien tiene su verdad, sino en un sentido epistemológico que lleva a concluir que existen varias prácticas que se identifican con el acto de hacer historia y que todas ellas coexisten en nuestro tiempo, pese al desarrollo, desde el siglo XIX, de una historia científica, que se ha desarrollado, sobre todo, hacia el interior de los claustros académicos universitarios.
Al parecer, la historia científica de la que habla Luis González no ha marcado una frontera tan nítida, como lo han hecho otras disciplinas, respecto a los saberes y prácticas que han antecedido al logro de su estatus científico (como la Química frente a la alquimia). Sin embargo, es posible que la coexistencia de estas diversas formas de hacer la historia suceda debido a que siguen siendo pertinentes en diversos niveles y para, efectivamente, diversas finalidades. Podría decirse que no han caído en desuso.
Este antecedente es importante porque, al acercarse la conmemoración del Bicentenario del inicio de la guerra de independencia de México y del Centenario de la revolución mexicana, es notable cómo estos diferentes tipos de discursos se entrelazan generando discusiones en las que se pierde de vista la dimensión desde la cual se habla acerca de ambos procesos históricos. El caso más notable, aunque no el único es el del libro publicado por Macario Schettino Cien años de confusión. México en el siglo XX (México: Taurus, 2007), en el que el autor dedica sus esfuerzos a demostrar que la revolución mexicana es un mito generado por los gobiernos emanados de ella, y si bien esto puede decirse respecto al discurso oficial del PNR-PRM-PRI-gobierno, que efectivamente utilizó este hecho histórico como justificación de su hegemonía política, no puede englobar dicha afirmación a la serie de transformaciones sociales que le dieron a la cultura mexicana contemporánea su identidad. Entonces es importante reconocer que la discusión que Macario Schettino pone sobre la mesa se sitúa en el nivel de la historia crítica respecto a la historia de bronce revolucionaria, pero no en el nivel de la historia científica en la medida en que su esfuerzo es más crítico que comprensivo; obedece más al posicionamiento ideológico que a la búsqueda del conocimiento del pasado.
Pero el tremendo impacto mediático que tiene este discurso no cuenta, por otro lado, con un suficiente contrapeso de parte de los historiadores académicos, que se preocupan más por los problemas epistemológicos de la propia disciplina o por los resultados que arrojan las vastas investigaciones archivísticas, condicio sine qua non un trabajo de historia científica no puede ser tal. No existe este contrapeso, además, porque la preocupación del historiador académico por generar una visión imparcial y objetiva del pasado hacen que regularmente no se sienta con el ánimo de incursionar en el peligroso terreno de la discusión política (y por tanto, ideológica), cosa en lo que, por cierto, no les falta razón.
Sin embargo, el historiador universitario no puede dirigir su discurso exclusivamente a la academia sino que debe ayudar a que exista en la población en general una idea clara de lo que se entiende por hacer historia, y si bien no se trata de convertir al experto en un militante político, sería importante que lo hiciera como un difusor no sólo de los hechos históricos sino de la naturaleza epistemológica de su disciplina y los problemas que en ese sentido se discuten hacia adentro de la facultad. De esta forma la contribución final consistiría en formar en la opinión pública una idea de la historia menos lineal, alerta al uso político que se puede hacer de los contenidos históricos, y consciente de que la historia es mucho más de lo que siempre ha pensado: es más que un simple listado de hechos, ordenados cronológicamente, con pretensiones de verdad absoluta.

[1] Pereyra, Carlos et. al. Historia ¿para qué? 17ª ed. (1998). México. Siglo XXI.
[2] En adelante seguirá apareciendo el término historia científica para establecer el vínculo con la propuesta de Luis González, no para introducir al lector a la discusión de la cientificidad de la historia ni para fijar en ese sentido la postura del autor.