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SOBRE HISTORIA ECONÓMICA (Comentario crítico a un texto de Carlos Marichal)

abril 28, 2012

Por fernando J. Noriega Buendía

la economía forma parte fundamental e indispensable de la explicación de las acciones del hombre a lo largo del tiempo. Todos los seres humanos estamos atados a nuestro poder de adquisición de bienes y servicios en busca del bienestar. Por lo que podemos ver, la economía tiene injerencia desde la historia de las mentalidades hasta la historia política, ningún tipo de análisis de las actividades del ser humano está exento de comprender a la perfección este tema. Pero hay en particular un enfoque que se dedica a estudiar a fondo los procesos económicos por los que se han regido desde los países y continentes, hasta el ser individual y común a lo largo y ancho de la historia, y éste es el de la historia económica.

Entrando ya en materia, y tras esta breve introducción, nos disponemos a encontrar en el artículo de Carlos Marichal La Historia Económica en la Década de 1980-1990. Obstáculos, Logros y Perspectivas, aunque sea una breve explicación de lo que esta corriente historiográfica es, hace, a lo que se enfoca y demás. No se le pide que hable exclusivamente de ello ya que el incluso el título de su obra indica que lo que él quiere explicar es la situación de la historia económica en las universidades de Latinoamérica y el repentino auge que ha tenido en el globo. Pero al estar publicado en el libro de El Historiador Frente a la Historia. Corrientes Historiográficas Actuales de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo menos que se le pide a Marichal es que dé aunque sea una introducción en la que se hable de lo que la historia económica es. Sin embargo, al autor parece haberle importado poco el punto de explicar esta corriente, dando por hecho que todos conocen muy bien el enfoque al que se refiere. Así, prefiere esbozar un análisis sobre la situación académica del mismo.

En brevísimas palabras, lo que sustenta en su reflexión es el hecho de que a partir de la década de los 70’s la historia económica surgió dentro de la profesión como una de las principales corrientes trabajadas por los académicos europeos que más pronto que tarde pasó a Latinoamérica. Aunque aquí su desarrollo se vio mucho más lento, aún así tuvo un impacto importante. Esto está influenciado por dos fenómenos de crisis que son la del marxismo y de la teoría de la dependencia, que tienen discursos rezagados y que ya no pueden explicar del todo los fenómenos históricos como los planteaba el materialismo histórico, por ejemplo, donde se fusionaba el estudio económico con el histórico. Posteriormente centra su atención en los problemas que experimentan los estudiosos de este tema, argumentando que los académicos encuentran difícil el que se les apoye en grandes proyectos sobre este tema, debido al poco interés que se vive sobre él. El que, según él, los estudios de este tipo estén llenos de tablas y números tampoco ayuda.

Hay que tomar en cuenta que el artículo de Marichal está escrito al terminar los ochentas y comenzar los noventas, por lo que no se está juzgando la situación actual, 2 décadas después que es sumamente diferente de lo que él plantea. De hecho en la actualidad la historia económica ha tomado un papel protagónico en los estudios de la sociedad. Incluso (y lo digo defendiendo lo que en un principio expuse) los estudios históricos ahora difícilmente se desprenden de esta rama del saber humano sin arriesgarse a tener una visión incompleta de la situación social de una época.

Por otro lado, a pesar del tiempo de su artículo, no se puede decir que los estudios económicos estén completamente plagados de números. Más bien, el historiador de la economía debe aprender que está escribiendo para un público que no necesariamente sabe a la perfección los términos que el mismo utiliza. Por lo tanto, debe comenzar por explicar esos términos. Aunque para nada hay que olvidar que el estudio económico de cualquier tipo se sustenta la demostración matemática de los fenómenos estudiados, no hay que sustituir con ellos el discurso histórico. Hay que tratar a las gráficas, tablas y demás como lo que ya mencionamos que son, una forma de demostrar el discurso que se está defendiendo. Pero ante todo la narración histórica debe tomar un papel protagónico en cualquier investigación del tipo. Por ello la perspectiva desde la cual Marichal ve a la historia económica, se podría calificar en cierta forma de rigorista, teniendo en cuenta que la historia económica no es un simple listado de los precios y movimientos mercantiles durante un periodo de tiempo específico, sino la explicación de una situación social a partir de procesos comerciales que afectan al bienestar del ser humano ya sea para bien o para mal. Es claro que los dos tipos de estudios se pueden presentar (aquél que se plaga de números y aquél en el que prevalece la narración sobre estos) y son completamente validos, pero como en todo, se pueden tener trabajos más o menos orillados al discurso técnico sobre el cual se apoyan. Por lo tanto, la única explicación que se me ocurre para la conclusión de Marichal sobre este punto es que ante la precaria incursión que se tenía en este tema, los estudios sobre economía aún no habían logrado desarrollar una correcta armonía entre discurso y demostración numérica.

Ya para concluir, Marichal trata de entusiasmar a los historiadores de entablar un diálogo más estrecho con los economistas, cosa que me parece maravillosa, y de incursionar en esta corriente historiográfica que se presenta como una novedad muy útil para la época. De esta manera es como el autor concluye su artículo, y la manera en la que nosotros podemos concluir nuestra opinión sobre tal, es que constituye un esbozo que si bien explica la situación de la corriente durante la década de los 80s, carece de explicación sobre la corriente misma y la poca que contiene además de excesivamente corta presenta errores de interpretación que fácilmente pueden llegar a espantar a cualquier investigador que busque incursionar en este medio. A mi parecer el texto no queda con la temática del libro a la que pertenece, y cumple únicamente con el objetivo que el mismo autor se plantea, pero no con el que se busca por parte del lector al buscar el artículo.

Bibliografía:

MARICHAL, Carlos

1992        “La Historia Económica en la Década de 1980-1990. Obstáculos, Logros y Perspectivas” En El Historiador Frente a la Historia  México, UNAM.

NOTA: El texto está disponible en la Biblioteca de este blog.

EL DIABLO IMAGINADO.

abril 13, 2011

Reseña del libro El Diablo en la Nueva España, de Javier Ayala Calderón, leída en la presentación del mismo el día 11 de abril de 2011 como parte de los eventos de la 53 Feria del Libro y Festival Cultural Universitario de la Universidad de Guanajuato


Por Miguel Ángel Guzmán López


El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres. 

Kark Kraus

Cuando se habla de la historia del imaginario hay dos términos clave que es necesario tomar en cuenta para evitar ser presa de la confusión. El primero de ellos es el vocablo ‘imaginación’ que, derivado del latín imaginatio, hace referencia a la facultad de representarse imágenes, es decir, de evocar objetos que ya han sido vistos o percibidos, o bien, formar imágenes de objetos nunca percibidos y hacer combinaciones nuevas de imágenes.[1] El segundo término es, justamente, ‘imaginario’, del latin imaginarius, que en una primera instancia se inscribe en las lenguas romances como un adjetivo que denota lo irreal o ficticio pero que en tiempos recientes ha comenzado a significar, a modo de sustantivo, ‘el dominio de la imaginación’.[2] Por lo tanto, se puede afirmar que cuando se hace historia del imaginario popular el investigador no está interesado solamente en las representaciones de una realidad vivida o pensada por una comunidad, sino también –y sobre todo- en el ámbito que dichas representaciones constituyen como formas institucionalizadas por medio de las cuales la sociedad humana percibe al universo y a sí misma.

Ambos términos, imaginación e imaginario, más que excluirse mutuamente se complementan, pues un estudio del imaginario está siempre relacionado con las nociones de imaginar como un acto del pensamiento, de representar materialmente esas ideas, y de la institución de una idea de mundo mediante la asunción, consciente o no, de esa idea de mundo a manera de una convención social.

Quien piensa que la historia del imaginario es poco fiable porque trabaja con representaciones que en una primera instancia son de orden mental olvida que tales figuraciones no se quedan siempre en la mente del individuo, sino que éste las expresa, las comparte y las discute al grado de ocurrir lo que Dilthey calificaba como la objetivización de la subjetividad, es decir, la exteriorización material de un pensamiento a través de manifestaciones que irían desde lo gestual hasta lo verbal e iconográfico. Para Dilthey el conocimiento de un interior a partir de signos dados sensiblemente desde fuera puede llamarse comprender.[3] La historia del imaginario bien puede encontrar sus bases en la hermenéutica Ditheyiana porque parte precisamente de la exteriorización de un pensamiento, porque sabe que detrás de una manifestación externa se encuentra una forma de pensar; pero al mismo tiempo este tipo de historia trasciende este campo y se proyecta hacia los estudios de índole cultural porque las exteriorizaciones de una idea no son sólo las de un individuo sino las de una sociedad entera, y es esto lo que le da su relevancia como una investigación sociohistórica.

Así, cuando Javier Ayala Calderón nos presenta un libro de historia seductoramente titulado El diablo en la Nueva España[4] no significa que encontraremos en él la historia del Diablo sino la historia de la idea que la sociedad novohispana tuvo de él a partir de toda una serie de conceptos teológicos e ideas relacionadas que desde siglos antes venían heredándose como una tradición y que al mismo tiempo fueron adaptándose a cada circunstancia presente.

Este es el tercer libro de un historiador de los pocos en Guanajuato que se dedican a estudiar el imaginario popular. Previamente a este, Javier ha publicado Yuriria en el siglo XVI y Un lugar entre los santos. En el primero de ellos propone un vínculo interesante entre el simbolismo de la orden agustina en Yuriria y la organización urbanística de ese lugar; en el segundo se adentra en el estudio del imaginario de la orden de los monjes Franciscanos tomando como eje la idea de la santidad. En El diablo en la Nueva España Javier repite la agradable oportunidad de leer a un historiador que es ameno sin perder para ello un ápice de rigor metodológico, y aunque esta combinación, rara avis en el mundo historiográfico, pudiera antojarse un asunto atribuible al mismísimo demonio, lo mejor es reconocer que en Javier habita un talento pedagógico que no tiene nada que ver con las artes oscuras sino con horas de arduo trabajo y un encarnizado acoso crítico del objeto de estudio.

Para abordar las concepciones diabólicas novohispanas el libro inicia su itinerario a principios del siglo XIV a. C. momento en el que pueden encontrarse las primeras referencias históricas del pueblo hebreo y de su concepción religiosa que era ya de corte monoteísta y en la cual la idea de un ser maligno distinto al propio Dios como origen de todo mal aún no existía y que no aparecerá sino algunos siglos después. Podemos entender esta decisión justamente en el hecho de a pesar de que el interés específico de Javier se centra en la Nueva España, no es posible comprender cabalmente a la figura diabólica sin la tradición que le condujo hasta ese punto en particular de la historia, y en el cual se renueva en virtud de la contingencia que caracteriza al devenir histórico.

A partir de ahí, el libro continúa abordando una extensa serie de relaciones que particularmente tuvieron los españoles con respecto a las civilizaciones mesoamericanas y luego al orden novohispano que, influidas por esta tensión entre tradición y adaptación a la circunstancia presente, terminan por traducirse en un ejercicio del poder en el que el imaginario tiene posiblemente la más directa de sus consecuencias sociales. Este es un punto que hay que enfatizar: el imaginario de una sociedad, es decir el ámbito de la imaginación del orden de mundo que un pueblo se hace, tiene consecuencias de carácter social que van más allá de la mera representación y que entonces se traducen en acciones individuales y colectivas, en prácticas recurrentes y finalmente institucionalizadas, que regulan la vida de toda sociedad. Aquí radica la mayor justificación de un estudio histórico del imaginario: que ayuda a explicar acciones o hechos –que bajo la mirada del historiador se convierten en hechos históricos– que encuentran su origen, su explicación y entendimiento en el ámbito de lo imaginado.

Así, lo que en primera instancia parecía un objeto de estudio inmaterial y huidizo, se revela como una realidad indudablemente palpable, muchas veces mediada por relaciones de poder que encontraban en el imaginario su justificación ¿O no era la conquista de los pueblos mesoamericanos impulsada en parte por la idea de ‘liberar’ al indígena de un orden demoníaco que parodiaba al orden divino? ¿No era justificable la sujeción de las mujeres y los negros por sus ‘naturales’ vínculos con el Diablo?

Estas preguntas no tienen la finalidad de dirigir esta reseña hacia una crítica política del pasado, ingenuamente orientada por los preceptos del presente, sino que se usan aquí para poner de relieve, de una manera chocante, las fuertes repercusiones que el ámbito de lo imaginado tiene sobre el mundo de la acción, y que entonces propuestas como la que hace Javier Ayala, de estudiar las representaciones del Diablo, lejos de significar una cuestión metafísica, constituyen un serio estudio de la realidad y de su acción en el ser humano.

En este punto es importante señalar que Javier incluye en su libro bastantes ejemplos, que han quedado documentados en los archivos inquisitoriales, de la supuesta relación diabólica basada en las cuestiones de estatus social, de género y raciales. En estos casos es interesante notar cómo en una situación de confrontación de las personas con los mecanismos del poder, tanto la parte acusada como la acusadora asumen los contenidos del imaginario de una manera en la que, al tiempo que se denota la vigencia de la creencia en lo dicho, se hace un uso ‘conveniente’ de tales contenidos.

De esta forma el libro de Javier revela historias de mujeres que se decían azotadas o seducidas brutalmente por el maligno, a quienes supuestamente se les aparecía bajo la forma de un negro; o viajeros que se lo encontraban en una caverna, entronizado y listo para establecer un pacto con los infelices mortales que habían sufrido la suerte de encontrarlo. Otras veces, la mejor forma que se encontraba para justificar un embarazo no deseado u ocultar un crimen era decirse atosigado por el Diablo.

De entre todas estas historias destacan personajes como la queretana Josefa Ramos, alias La Chuparratones

“…una joven que en el transcurso de los últimos años había ganado notoriedad local debido a un escándalo en el que dejó impotente a su ex amante y desquició con sus brebajes a la pequeña hermana de la esposa de aquel para vengar que la hubiera dejado para casarse con otra. Con enorme sagacidad y sangre fría, sabedora de que la habían visto aproximarse a su víctima para envenenarla, Josefa trató de cubrirse las espaldas denunciándose a sí misma ante el Santo Oficio y diciendo que el culpable de la locura de aquella niña no era ella sino el Demonio, el cual había tomado su forma para acercársele. A pesar de que el juez eclesiástico de Querétaro aceptaba que Josefa era causante de aquellos delitos, y que en algún momento la hizo utilizar sus ungüentos para sanar a las dos víctimas, nunca pudo obligarla a hacerlo por completo por no corresponder a su jurisdicción. Como resultado de ello, para 1691 Josefa seguía libre y su fama de hechicera provocaba un temor cada vez más grande entre la gente…”[5]

No es posible contener en una reseña como ésta la riqueza del contenido simbólico y social que Javier Ayala presenta en los ejemplos de su libro y su igualmente rico análisis. Ya tendrá el lector la oportunidad de verificar personalmente el atractivo y la calidad del trabajo de este historiador. Mejor resulta subrayar que, dentro de sus conclusiones, Javier señala que en el tiempo en el que Nueva España existió no hubo una figura del Diablo que pudiera considerarse única, dado que las variables consideraciones del maligno dependían de factores como la forma en cómo los diversos grupos sociales novohispanos asumían una tradición que les llegaba de Europa -misma que de entrada ya contenía una vertiente culta y otra popular de las relaciones demoníacas con los mortales-; o factores que tenían que ver con las descripciones legadas por diversos estudiosos a través de sus textos, en los que el Diablo podía aparecer bajo muy diversas formas animales y humanas. Javier, sin embargo, menciona que en las fuentes escritas predomina el antropomorfismo en las apariciones diabólicas, y muy concretamente predominan los tipos raciales negro y mulato.

¿Por qué el indígena no aparecía como tipo racial en el que pudiera manifestarse el Diablo? Esa es una pregunta con la que pretendo incentivar la curiosidad de quien conozca esta reseña, por si aún hubiera algún espíritu insensible que aún con todo lo dicho no se haya visto conmovido lo suficiente para merodear al menos por las páginas de este excelente y ampliamente recomendable estudio al que califico como una bocanada de aire fresco.

Felicidades a Javier Ayala por su libro El Diablo en la Nueva España.


[1] Belinski, Jorge (2007) Lo imaginario, un estudio. Buenos Aires; Nueva Visión. P. 13.

[2] Idem.

[3] Dilthey, Wilhelm (2000) Dos escritos sobre hermenéutica. Madrid; Itsmo, p. 25.

[4] Ayala Calderón, Javier (2010) El diablo en la Nueva España. Visiones y representaciones del Diablo en documentos novohispanos de los siglos XVI y XVII. Guanajuato, Universidad de Guanajuato.

[5] Ibidem, p. 245.

La “Memoria política de México” de la Mtra. Doralicia Carmona

abril 9, 2010

Por Miguel Angel Guzmán López

[Este texto fue leído como comentario a la obra referida en el título de esta entrada en su presentación, misma que se desarrolló en el Auditorio Euquerio Guerrero de la Universidad de Guanajuato el pasado 30 de marzo]

            Hablar de memoria es hablar de almacenamiento de datos o de la permanencia de los mismos en algún lugar. En términos psicológicos, la memoria es la capacidad de retener el pasado en la conciencia y revivirlo y reproducirlo mentalmente reconociéndolo como pasado; el acto o resultado de esta capacidad es el recuerdo, pero el proceso psíquico de recordar supone primero el almacenamiento de lo que ha de recordarse, y luego, excitación o evocación del recuerdo y reconocimiento del mismo como algo propio del pasado.

             Ambos conceptos, tanto el de la memoria como el del recuerdo, son fundamentales para entender el proceso mediante el cual nace la historiografía, sobre todo si atendemos al ejercicio que hace Pierre Nora en su obra Los lugares de la memoria al trasladar ambas nociones al ámbito de lo social, acuñando entonces el término de memoria histórica y que en ese tenor designa al esfuerzo conciente de los grupos humanos por entroncar con su pasado, sea este real o imaginado, valorándolo y tratándolo con especial respeto.

             No es poca cosa hablar de la memoria en términos histórico culturales, pues la conmemoración de las fechas importantes así como la estigmatización de un personaje o un acontecimiento del pasado han constituido, en algunas sociedades, formas de distinción o castigo político. Recuérdese la condena que los egipcios hicieron de Akenatón así como la Damnatio memoriae que aplicaban los romanos a quienes consideraban enemigos del Estado; en ambos casos se trataba de borrar de todos los anales históricos el nombre del caído en la desgracia.

             La investigación histórica y la historiografía, disciplinas practicadas desde hace milenios, pero desarrolladas con finalidades científicas hasta hace muy poco, no podrían existir sin los repositorios de la memoria, término éste que bien podría aplicarse tanto al documento como al medio en el que se agrupa una serie de documentos, es decir, que se aplica tanto a lo que el historiador denomina como fuente de información como a las instituciones que se aplican al agrupamiento, clasificación y conservación de estas fuentes.

             En la Memoria política de México que el día de hoy presenta la Maestra Doralicia Carmona encontramos, en primera instancia, el reconocimiento del papel fundamental que tiene la memoria histórica en la conformación del proyecto político de México, y en segundo lugar, encontramos también un interesante proyecto que combina tanto el carácter de fuente como el de instrumento compilador de fuentes, cosa que además sucede en formato digital y que por lo mismo trae consigo dos consideraciones importantes:

             Primero, la reflexión acerca de los medios materiales que han permitido la permanencia de la memoria, que nos hace aludir desde la piedra de las cuevas de Altamira hasta la invención del papel elaborado industrialmente, pasando por el barro, el cuero y el papiro. Pues bien, he aquí una obra que aprovecha las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación de manera que presenta una memoria contenida en lenguaje binario, mismo que al ser traducido por toda una serie de programas y procesos informáticos computacionales, aparece ante nuestros ojos como la reproducción de documentos cuyo original se encuentra en lugares alejados pero que gracias a las aplicaciones tecnológicas de estos tiempos es posible llevar consigo en un disco compacto. Esta característica de la Memoria política de México constituye su primera virtud: su manejabilidad nos permite llevarnos el archivo a casa.

             La segunda consideración se relaciona también con el ámbito tecnológico pero en otro sentido: en el de la posibilidad de su constante crecimiento y actualización. Esta es la tercera edición de la Memoria política de México pero cada una de ellas me ha resultado siempre un descubrimiento. La flexibilidad del medio electrónico permite que esta obra sea constantemente abierta, de manera que cada determinado tiempo podamos darnos cuenta de la inserción de nuevos documentos y ¿por qué no? de nuevos elementos que hacen más amable la consulta de esta obra, tales como una interfaz mejorada y más rápida, o la inclusión de un fondo musical en los menús principales. Pero más allá de ello, la Memoria política de México de alguna forma representa, por esta característica, el carácter interminable de la labor del historiador, pues aunque éste no tiene como fin último el tener por escrito toda la historia de la humanidad, el afán insaciable de conocimiento le lleva a hacerse constantemente nuevas preguntas y buscar la respuesta a las mismas en los repositorios de la memoria.

             La Memoria política de México está integrada por más de dos mil documentos de gran importancia todos ellos para la historia política de nuestra nación, organizados bajo dos ejes principales, uno de carácter práctico y el otro de carácter cronológico. En el primero de ellos se considera cuatro grandes campos en los que la información puede ser consultada y que son efemérides, textos de valor histórico, biografías y cronología. El segundo eje está constituido siete grandes periodos históricos que la Maestra Doralicia Carmona ha delimitado de la siguiente manera: 1.- Gestación e independencia, 1942-1821, 2.- Del imperio a la dictadura, 1822-1853, 3.- Reforma, 1854-1862, 4.- Intervención francesa, 1862-1867, 5.- De la república a la dictadura, 1868-1910, 6.- Revolución, 1910-1982, y 7.- Cambio de rumbo, 1982-2000.

             Estos criterios de organización, así como el hecho de que la Maestra Carmona se manifieste a favor de la objetividad histórica, presentando documentos cuya importancia no se limita a la consideración de una ideología política determinada, hacen que la Memoria política de México no sea solamente un compendio de documentos sino una propuesta específica de la manera en como la historia puede ser conocida y analizada; no es, por otra parte, un trabajo infraestructural que se encargue de agrupar los materiales que servirán como inicio de una investigación sino que es el resultado de la investigación misma. Es, como diría Michel De Certeau, el resultado de la transformación cultural que el ser humano hace para transformar un documento en una fuente histórica y darle un lugar como tal. Toda organización documental es esto, una propuesta cultural de cómo ha de ser preservado y entendido el pasado.

             En este sentido no hay que olvidar el valor intrínseco que la Memoria política de México tiene como obra didáctica y de difusión. Pienso ahora no en el especialista que con su ojo critico podrá aprovechar de los documentos aquí reunidos sino también en los profesores y estudiantes de varios niveles educativos cuyo conocimiento de la historia se encuentra mediado por libros de texto que regularmente no informan al lector sobre cuáles son sus fuentes ni cuál es su localización. La Memoria política tiene la virtud de traer la fuente histórica al aula. Pienso también en el lector diletante, quien se acerca a la historia sólo para satisfacer su curiosidad y amueblar con la lectura su tiempo de ocio. Él encontrará también en esta obra bastante material para su satisfacción personal. En pocas palabras, la Memoria política de México es una obra para todo público incluyendo al especializado, lo cual es una característica inusual y elogiable.

             Como conclusión, puede decirse que la Maestra Carmona ha dado a luz una obra cuya singularidad radica en su carácter multidimensional, pues, como ya se ha dicho, en ella se encuentra tanto una fuente como un repositorio de fuentes; una obra de consulta especializada pero a la vez general; una obra para el estudio profundo de la historia o para la consulta general de parte del profesor y estudiante no universitarios, pero sobre todo, el trabajo impacta por la propuesta intrínseca de aprovechar los nuevos medios tecnológicos para beneficio de la conservación de la memoria.

             Me congratulo entonces de estar con ustedes hoy comentando esta obra. En horabuena para la Mtra. Doralicia Carmona. Muchas gracias por su atención.

Sobre algunos métodos y fuentes para la investigación histórica

agosto 29, 2009

Por Miguel Angel Guzmán López

[Texto leído por al autor para presentar el libro del cual esta entrada toma el nombre, el 27 de agosto de 2009 en el Audtorio Euquerio Guerrero de la Universidad de Guanajuato, dento del marco de la VIIa edición de las Jornadas de Historia].

No cabe duda que cuando Luis González y González utilizó la frase todo es historia resumió en ella la esencia misma de la labor historiográfica tal y como se le comenzó a practicar desde la segunda década del siglo veinte, cuando a partir de la cada vez más fuerte presencia de los historiógrafos franceses (la llamada Escuela de los Annales) en el ámbito académico, de su país y de fuera de él, comenzaron a criticar y oponerse a la percepción rankeana de la investigación histórica, a la que erróneamente etiquetaban de positivista. Frente a ésta, la historiografía practicada por los galos se caracterizó, entre otras cosas, por abrir el abanico de posibilidades temáticas de los estudios históricos y con ello también el espectro de objetos que, bajo la calidad de vestigios del pasado, pasaron a conformar las fuentes del historiador.

            A la anterior prerrogativa del documento escrito y de información explícita se le sumó el interés por legajos escritos de información no necesariamente explícita y se añadieron nuevos tipos de fuentes tales como las artísticas, las arquitectónicas, las urbanísticas, las testimoniales, las estadísticas y, en general, todo objeto cultural emanado de las diversas sociedades humanas que han existido en el transcurso del devenir histórico.

            En ese sentido la frase de Luis González puede entenderse bajo un doble significado: primero, si se concibe por historia el acontecer temporal humano en su totalidad y, segundo, si dicha totalidad es susceptible de ser historiada. En suma, si la historia representa en primera instancia el acontecer humano y tal devenir deja huellas materiales (e inmateriales incluso), estos vestigios permiten al historiador el estudio, el análisis y la escritura de dicho acaecer, por lo tanto todo es historia.

            Así, el libro que hoy se presenta, Sobre algunos métodos y fuentes para la investigación histórica, coordinado por la Maestra Graciela Velázquez Delgado, constituye una afortunada muestra de la manera en como los historiadores aprovechan la información contenida en diversos vestigios del acontecer humano, así como de la forma en que se puede generar un acercamiento metódico a tales indicios. El texto está integrado por cinco ensayos derivados del diplomado sobre Metodología de Historia Regional que se impartió de agosto a septiembre de 2004 en la ciudad de León, Guanajuato, y en cada uno de ellos encontramos algunas ideas fundamentales para el estudio del pasado a través de diversos tipos de fuentes informativas, cada una de las cuales implica el dominio de un método específico de acercamiento.

            Este punto es muy significativo y conviene detenerse un poco en él, pues una de las más importantes consecuencias paradigmáticas que tuvo la ya referida apertura en la utilización de nuevas fuentes de información generó la necesidad de desarrollar métodos específicos para el aprovechamiento de estos vestigios, aunado a la necesaria aplicación del método histórico-crítico (que incluye a la heurística, la hermenéutica, la arquitectónica, la crítica y la estilística), ese sí desarrollado por la historiografía decimonónica. En otras palabras, la diversidad de temáticas que la historiografía francesa de siglo veinte introdujo a la investigación histórica condujo a la consideración de nuevos tipos de fuentes, las cuales a su vez demandaron el desarrollo de métodos para lograr el aprovechamiento de la información contenida en ellas.

            En particular, los trabajos historiográficos desarrollados por varias generaciones de historiadores formados en la Universidad de Guanajuato son herederos en muy buena medida del paradigma impuesto por la tradición francesa de los Annales, y en este sentido, cada uno de los historiadores que participa en esta publicación comparte con el lector algunos apuntes básicos sobre la manera específica en la que un determinado tipo de fuentes debe ser tratada para la obtención de información confiable para la investigación histórica.

             De esta forma, el texto que da apertura a la obra se titula Fuentes documentales e investigación histórica, de Rosa Alicia Pérez Luque, quien nos ilustra sobre varias cuestiones fundamentales que el historiador debe tener en cuenta para aprovechar la información contenida en las fuentes documentales o de archivo, sobre todo, de aquellas que están relacionadas con el manejo de los propios repositorios, mismos que existen de diversos tipos y que están organizados bajo diversos criterios. Rosa Alicia señala la importancia que tiene reconocer los instrumentos que dan orden a los acervos y permiten su consulta (tales como la guía, el inventario y el catálogo); señala también las diversas disciplinas auxiliares en las cuales se requiere estar lo más posible capacitado para consultar los archivos históricos, tales como la archivística, la diplomática, la paleografía, y la historia de las instituciones.

            El lector descubre entonces que el inicio de la investigación histórica basada en la información documental no se encuentra en el documento mismo sino en el necesario contar previamente con el conocimiento de los sistemas de acopio y clasificación de los testimonios impresos, de las medidas que permiten su consulta al público y del tipo de información que habría que esperar de un determinado archivo. Sólo después de considerar previamente algunas de estas cuestiones se puede iniciar con el trabajo sobre el documento mismo.

            Alicia nos advierte también que el valor de la fuente documental no se remite exclusivamente su contenido sino que también puede radicar en su materialidad como objeto (el tipo de papel empleado, la forma en que está encuadernada una serie de legajos, por ejemplo).

            Rosa Alicia cierra su participación proporcionando datos interesantes sobre algunos de los más importantes repositorios históricos de la región: el Archivo Histórico Municipal de Guanajuato (resguardado por la Universidad de Guanajuato y que ha sido el laboratorio en el que muchos estudiantes se han formado como historiadores), el Archivo Histórico Municipal de León y el Archivo General de Estado de Guanajuato. Estas tres instituciones han destacado por el cuidadoso trabajo de catalogación y conservación de sus acervos documentales, que permiten que los investigadores les consulten con relativa facilidad.

             En el siguiente texto, de nombre El uso de las imágenes en la investigación histórica, Javier Ayala Calderón, con su característico estilo didáctico, nos introduce a las primeras nociones que debe tener el historiador que pretenda trabajar con imágenes como principal fuente de información, iniciando con cuatro pasos fundamentales para la lectura de una imagen hasta llegar a tres principios orientadores de toda interpretación, pasando por una breve tipología de las imágenes (imágenes, símbolos, personificaciones y alegorías).

            El problema del historiador de las imágenes es doble, pues primero debe estar seguro de los elementos que conforman una imagen para luego hacer una interpretación certera de lo que dicha fuente quiere expresar. Ambas cuestiones, la identificación de lo que aparece graficado y lo que esto quiere significar, son primordiales para lograr un estudio historiográfico riguroso basado en el imaginario de una sociedad determinada.

            Para Javier Ayala una representación gráfica es también un texto que puede leerse si se conoce la manera de hacerlo. Sin embargo, no debe pensarse que una investigación del imaginario deja de lado a las fuentes escritas aunque sin que se considere superior unas respecto a las otras, pues como el propio Javier lo señala:

             “…aunque en algún momento resulta tentador suponer que al trabajar con imágenes se les usa siempre como fuentes de segunda clase que no aportan información por sí solas, puesto que siempre recurrimos a textos escritos para validar su interpretación, el equívoco desaparece cuando consideramos que incluso al trabajar con documentos escritos existe un proceso similar de contrastación entre ellos que permite validar los contenidos que les son comunes. Por lo mismo, no hay ninguna razón para suponer que cuando se confrontan una imagen y un texto, la primera dependa del segundo para comunicar su contenido pero no a la inversa”.

             La amenidad del escrito de Javier alcanza su punto máximo cuando aborda el tema de la sobre-interpretación y lo ilustra con los casos de la tumba de Pakal, las líneas de Nazca y la pintura de la última cena, de Leonardo Da Vinci, que se han vuelto populares gracias a los extravíos de diversos ufólogos y del novelista Dan Brown.

              César Federico Macías aborda en su ensayo Fotografía e historia regional un problema similar al del estudio de las imágenes alegóricas cuando pone su atención en las fotografías como fuente para la historia.

            Si  existe algún historiador que piense que una imagen vale más que mil palabras, ese historiador no es César y con justa razón, pues a pesar del gran prestigio que tiene la fotografía en el contexto de los medios masivos de comunicación, el investigador del pasado no puede dejar de lado la compleja labor de someter a la crítica a una fuente que es particularmente flexible al momento de adaptarse a diversos panoramas discursivos; así, una fotografía determinada puede adquirir nuevos sentidos dependiendo de los textos (iconográficos o alfabéticos) que lo acompañen, generando un proceso de mitologización lingüística y cultural.

            En ese sentido destacan dos ejemplos que César incluye, en los cuales la información proporcionada por el contexto altera la percepción de la propia imagen: en uno se pretenden ver en la fotografía las virtudes o los vicios que supuestamente caracterizaron a los personajes retratados, y en otro se usa una imagen de estudio para ilustrar la pericia militar de un caudillo revolucionario. En esta aberración del posible sentido de la fuente se genera la mitologización aludida.

            Por eso, de la mano de teóricos como John Mraz y Roland Barthes, César Federico duda en conceder credibilidad a la fotografía si no media un método bien estructurado de análisis. Pero ¿cuál es ese método? En el texto se exploran varios problemas y diversos niveles de examen que permiten ya comenzar a despejar la incógnita pero no lo suficiente como para ser concluyentes y por eso César se suma a Mraz cuando afirma que cada tipo de fotografía requiere un método diferente para trabajarla.

            Lo anterior no impide reconocer desde el principio del escrito –y de hecho, se resalta constantemente- que la fotografía constituye un documento para la investigación histórica sin la cual no será posible entender la historia de los casi dos siglos que han pasado desde su invención.

             A José Elías Guzmán López le toca llevarnos de lo visual a lo auditivo, pues en su texto La historia oral: un recurso metodológico para el estudio de lo regional nos introduce a las particularidades implicadas en el uso de los testimonios orales como fuentes para la historia.

            Dichas particularidades son: 1.- En primera instancia la fuente no es un objeto sino una persona a la que en el argot de los especialistas llaman “fuente viva”, 2.- Una vez entrevistada, la fuente viva, con ayuda del investigador, por supuesto, materializa su testimonio de manera que “se construye una fuente” que puede ser consultada en el futuro por alguien a quien ya no le tocará conocer a la fuente viva porque ésta muy probablemente habrá muerto. 3.- entonces la historia oral cumple con la doble intención de recuperar los testimonios del pasado y materializarlos para servicio de la posteridad.

            Después de hablar sobre los orígenes de esta variante metodológica, que podrían remontarse incluso a Heródoto, Elías señala los cuatro tipos de trabajo historiográfico que pueden desarrollarse con la historia oral: la historia oral temática, la historia de vida, la memoria colectiva y la tradición oral.

            Por otra parte, la historia oral tiene bien definido su procedimiento metodológico, que se contiene en cuatro pasos: la elaboración del proyecto, la realización de la entrevista, la transcripción de la misma, y el análisis y contrastación de la información.

            Si bien, la historia oral no está exenta de crítica, que va desde discusiones respecto a la objetividad de la fuente viva hasta la clara afirmación de que se obtienen resultados antropológicos y no historiográficos, es indudable que esta vertiente de la investigación histórica se encuentra lo suficientemente desarrollada y es tan frecuentada por los historiadores que puede decirse que tiene pleno derecho de piso dentro del gremio.

            El texto de Elías concluye con un listado que hace de algunas tesis de licenciatura que han empleado la metodología en historia oral.

              El texto de José Luis Lara Valdés, El patrimonio cultural, testigo de la historia, entre la teoría y la praxis de la Universidad de Guanajuato, cierra este panorama con el concepto de patrimonio, mismo que resulta más que significativo una vez conocidas los diversos tipos de fuentes historiográficas y sus respectivos métodos de estudio, pues se llega a reconocer a todas ellas como una herencia -si se quiere potencial pero herencia al fin- que nos dejan las generaciones de seres humanos que nos antecedieron; luego entonces la investigación historiográfica se descubre inmersa en un conjunto mayor de acciones que las orientadas por el mero propósito de la obtención de conocimiento del pasado y ahora resulta ser parte de un proceso de rescate, preservación, estudio y difusión de esa herencia cultural legada por quienes nos antecedieron. Esto constituye una razón de peso más para seguir formando historiadores en las universidades.

            Las fuentes con las que los historiadores trabajan, sean documentos de archivo, imágenes alegóricas, fotografías, testimonios orales, y un amplio espectro no abordado aquí como las tradiciones populares, las disposiciones urbanísticas, el arte y la literatura, constituyen parte importante del patrimonio de una nación; por ello es que al historiador, entre otros actores involucrados, compete no sólo el empleo de la información contenido en dicho patrimonio sino también la preocupación por su preservación, pues el patrimonio es una herencia que se hace al ser humano actual para que luego, a su vez, la herede a las generaciones venideras. Vista así la responsabilidad del estudioso del pasado deja de tener una justificación solamente epistemológica para adquirir una dimensión moral.

            Atinadamente José Luis Lara aborda el tema desde al ámbito universitario, porque esta responsabilidad moral no compete únicamente a los individuos separadamente sino también a las instituciones, muchas de ellas consideradas a su vez patrimoniales, como es el caso de la Universidad de Guanajuato, que a través del fomento a los estudios históricos, lingüísticos, sociológicos, filosóficos y jurídicos de nuestra sociedad; a través de la generación de profesionistas preocupados por los bienes patrimoniales de la sociedad en su conjunto, y mediante acciones que permitan impulsar el fomento a las expresiones culturales y artísticas, pueden marcar la diferencia entre el advenimiento de una sociedad corrupta, inconsciente y derrochadora, y una verdaderamente consciente de su propia identidad y más responsable, en términos políticos, de lo que significa administrar los bienes culturales de una nación.

             Como puede apreciarse, en este libro se abordan diversas alternativas tanto de las fuentes que el historiador puede utilizar para sus investigaciones, así como de los métodos que hay que tomar en cuenta necesariamente para lograr su aprovechamiento.

            Ante la variedad de fuentes y métodos a los que el historiador echa mano no ha faltado la crítica revisionista que dice que la historia es una disciplina que no tiene un método propio de trabajo y que tiene que recurrir a los desarrollados por otras disciplinas sociales. Nada más alejado de la realidad, pues como ya se había mencionado, desde tiempos de Ranke, al menos, se reconoce al método crítico como característico de la historia; por otro lado, aún si el historiador importa métodos de otras disciplinas siempre lo hace desde una perspectiva muy particular relativa a la manera en como concibe al tiempo: no solamente como un devenir de acontecimientos susceptibles de ser fechable, sino como lo señala Marc Bloch, una especie de éter en el que los acontecimientos están inmersos y mediante el cual adquieren su inteligibilidad.

            Para concluir, es importante resaltar la comprometida labor que los historiadores formados en la Universidad de Guanajuato están demostrando respecto a su propia disciplina y cómo este compromiso se ve materializado en esta obra en la que nuevamente se establece un vínculo con una sociedad cada vez más demandante respecto a la adquisición de conocimiento de sí misma. En horabuena para la coordinadora del libro y para sus ensayistas, en horabuena para la Universidad.