La objetividad comprensiva en la historia

Publicado mayo 28, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Aportaciones

Por Jenny Zapata de la Cruz

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Raymond Aron en su obra: Introducción a la filosofía de la historia[1],   en “Los Limites del conocimiento objetivo del pasado” analiza el cómo y el por qué en la ciencia de la historia en su naturaleza y en la práctica es comprensiva, sin que esto evite alcanzar la objetividad y por ende es un camino distinto de llegar a la verdad.  Por tanto, la discusión que emprende en la década de los 40 (del siglo XX) con este trabajo es para evidenciar el hecho de la objetividad-verdad en las ciencias sociales y en particular en la ciencia de la historia; para ello toma el rumbo comparativo de los abordajes teóricos de la causalidad de la sociología y la comprensión histórica. Nos advierte que en ambos enfoques se excluyan entre sí, aboga Aron (2006) que se esforzará “[…] por sacar a luz la independencia y la solidaridad de los métodos, en el orden teórico y en el orden práctico al mismo tiempo” (Aron, 2006: 380).

Entonces, propone que el sociólogo utiliza el método comparativo que conduce a la causalidad de los hechos sociales y este le permite establecer leyes generales del comportamiento social y crear modelos como  los tipos ideales que le conducen al determinismo social; el  modelo –de tipos de Weber- ayuda al sociólogo a encontrar las regularidades globales en algún acontecer social; eso que ve en Weber como las casualidades racionales de un patrón respectivo de un hecho social,  los contiene en los tipos ideales, deja claro que no es un individuo sino el tipo representa  a un grupo social; explica –que el tipo-; en esta construcción sociológica –del tipo y las leyes globales- de ninguna manera “se rompe con las evidencias cotidianas. Se fija el desnivel entre el tipo ideal y el concreto sin llegar a escoger entre los esquemas, puesto que se acepta de ante mano que la realidad no le corresponde exactamente” (Aron, 2006: 386).

Por lo tanto en la historia o el historiador no construye tipos ideales que pueda aplicar a hechos ya ocurridos, no existe la escala general casual según Aron que imponga leyes para comprender el devenir histórico ni los actos pasados de un individuo, argumenta que el historiador trabaja con acciones ocurridas, univocas; para Aron la historia es una ciencia que encuentra la verdad en la pluralidad, en lo singular del hecho histórico, en la acción individual acontecida.

El documento es la fuente que permite acceder al pasado y a través del documento ocurre la comprensión, por tanto es la vía conducente de la verdad y al mismo tiempo es el límite del historiador porque “las cosas pasaron como pasaron, los hombres fueron como fueron y el espíritu se da por satisfecho con una contemplación o participación tan indiferente a la incertidumbre de lo que será como a la fatalidad de lo que fue” (Aron, 2006:387).  De las cosas que pasaron y que así son y seguirán siendo, es allí, -interpretando a Aron- donde radica el determinismo y el límite del acontecer histórico pero no de la acción de la investigación histórica, el historiador desde el presente interpreta y supone de diversas maneras el hecho histórico y comprende la fuente hasta construir la narración, el lenguaje histórico que le permite alcanzar el nivel de verdad.

Aron invita a que utilicemos en la medida de lo posible las casualidades, los tipos ideales sociológicos para la práctica histórica, nos servirán para contextualizar al individuo en lo general en su devenir histórico. Es posible que al pensar en las causalidades en la historia y quizá en tipos ideales, se deba construir con hechos económicos, acciones políticas, instituciones y con individuos que hayan marcado un ritmo distinto en la historia de un país o una región, podría decirse que en la historia política o la historia económica hay estructuras causales y totales que podrían explicarse y comprenderse a su vez.

Sin embargo, los acontecimientos históricos con la propuesta de las causalidades y lo que implica la construcción de leyes, patrones, constancias de un hecho social, metería al historiador en la tarea de explicar los determinismos acontecimientos ocurridos si es que existe está posibilidad práctica; esto orilla a preguntarnos ¿es objetivo de la historia plantear causas, leyes de comportamientos para comprender un acontecer particular? Para concluir Aron en este apartado no deja claro cómo podemos resolver en la práctica el determinismo histórico cuando se emplea el modelo de lo causal-leyes y tipos ideales, quizás es una tarea que podamos analizar en el siglo XXI y que se ha despreciado durante el siglo XX.

Referencias.:

Aron, Raymond (2006) “Los Limites del conocimiento objetivo del pasado”, Introducción a la filosofía de la historia, Editorial Losada, Buenos Aires, Argentina

Weber, Max, (1979), El político y el científico, introducción de Raymond Aron, El Libro de Bolsillo, Editorial Alianza, Madrid

 

[1] Esta primera parte pertenece a la sección IV, intitulada “Historia y Verdad” y la traducción corrió por parte de la editorial Losada en 1946. (Editorial Losada, 2006, Buenos Aires, Argentina).

 

Ante el determinismo histórico

Publicado mayo 24, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Aportaciones

Tags:

Por Paulina Lizeth Chávez Santillán

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Hace poco más de un siglo, en el debate entablado en nombre de la cientificidad de la ciencia histórica fueron definidos elementos fundamentales en relación a la cuestión epistemológica. Uno de los que recibió gran atención fue el establecimiento de la causalidad histórica, de la posibilidad de descubrir las regularidades que guían el devenir, y aproximar con ello el planteamiento de previsiones para el futuro. Consideramos que esto se vio acompañado de las perspectivas o filosofías que sostenían la existencia de un determinado fin en la historia, como la hegeliana o la marxista entabladas en el siglo XIX.

Las categorías de causalidad y finalidad determinadas en la historia, han representado un esfuerzo por hacer frente a la contingencia inherente del devenir como una forma de otorgar cierta certidumbre ante el caos histórico, y que ésta se ha intentado fundamentar en el discurso científico que, en gran medida, apela por la utilidad de la producción del conocimiento. De modo un tanto simplista sería como afirmar que la historia sirve para no cometer en el presente, los errores del pasado, o para prevenir un cierto estado de cosas en el futuro que serían derivadas del descubrimiento de leyes históricas.

Desde que la mediación de la Providencia en el devenir comenzó su declive, cuando los humanistas del Renacimiento profanaron el sentido de la historia al analizar los sucesos más allá de causas sobrenaturales, se debió considerar otra teleología capaz de otorgar sentido al caos histórico.  Es así que la Razón, ocupará ese lugar como fundamento del conocimiento por excelencia y guía del devenir a partir de la Ilustración, aunque anteriormente, hubo que tomar a cuenta el proceso por medio del cual los individuos se relacionan con los objetos de la realidad, partiendo del pensar, de la cogitatio cartesiana, noción que en el pensamiento occidental se fue desarrollando como conciencia.

De tal forma, la Razón se impuso a la Providencia como una estrategia portadora de sentido en la historia, la consumación de una teleología, fuera de leyes divinas, ahora ancladas a la Idea de Progreso, la cual, fundada en la creencia de un continuum, pretendió borrar la irrupción de los acontecimientos. Así, el desenvolvimiento del devenir fue comprendido como una idea de desarrollo continuo y el individuo en conformidad con éste, se autocomprendió como actor de la historia manifiesta dotada de sentido, posibilitando una relación “amistosa” entre el individuo y el transcurrir. Metafóricamente, diríamos que le dotó de un ancla a la cual asirse en el mar de la contingencia, de una certidumbre, por pequeña que fuese, de la dirección de los tiempos.

Tal desarrollo estuvo favorecido por la categoría de continuidad, por la posibilidad de aislar de la realidad las estructuras más firmes que estaban constituidas por regularidades que podían descubrir los elementos geográficos o culturales que operaban y se extendían a grandes periodos históricos. Podemos destacar así el pensamiento de algunos integrantes de la Escuela de Annales como Fernand Braudel y la Longue Durée así como las aportaciones que tuvieron lugar a finales de la década de los setentas con la Nouvelle Histoire, especialmente la historia de las mentalidades.

Esta tradición historiográfica estuvo precisada por una metodología que podríamos caracterizar, en primera instancia, por apelar a una historia integral (sino global) que incluyera las aportaciones que las disciplinas fronterizas brindaban al análisis histórico; por elaborar conjuntos coherentes de documentos para integrar las series, que a través de un tratamiento cuantitativo o cualitativo podrían sacar a las luz las regularidades, las frecuencias o rupturas así como las relaciones de tipo lógico o causal que se podían extraer.

La noción de causalidad es el otro elemento que acompaña este proceso de inteligibilidad y de sentido de la historia, a través del cual podríamos explicar los móviles de los sucesos en términos generales y, dada la repetición o la frecuencia de factores determinantes, plantear leyes del devenir y extenderlas hacía el futuro. Para ello, según Raymond Aron, quien analizó la cuestión del determinismo histórico, habría que operar desde lo macroscópico, de los grandes rasgos que pueden extraerse de “los hechos considerados como propiamente sociales: sistemas económicos, regímenes de propiedad, organización de la cultura, muestran una evolución más coherente. Menos dócil a las iniciativas de las personas (…)”.[1]

Se trata entonces de observar lo general y lo estructural, hasta donde ya no sea posible vislumbrar el acontecimiento ni el accidente que irrumpen en una continuidad prefigurada haciéndola tambalear, dando lugar a lo discontinuo que habría de ser eliminado o no visto para poder establecer aquellas leyes.

Sin embargo, en la discontinuidad se encuentra también la riqueza de los análisis históricos, no sólo porque se trata de interpretar las particularidades, sino también por la emergencia de ciertos sucesos que transforman el devenir tanto como la idea que se había tenido del mismo, poseen un potencial indiscutible de análisis históricos o filosóficos tan necesarios para comprender la realidad circundante presente o pasada.

La Idea de Progreso fundada en la Razón dio muestra de variadas crisis a lo largo del siglo XX, y aquí Auschwitz resulta emblemático por toda la barbarie que pudo conjuntar, por todo lo que provocó el posterior ocultamiento de los crímenes nazis y explícitamente de las víctimas judías, de toda la incomodidad social, ética e histórica que tal acontecimiento logró despertar ante la imposibilidad de explicarlo en el correlato de un devenir fundado en la razón.

En gran medida, las cuestiones políticas, religiosas, las motivaciones personales o la voluntad de poder explícito, juegan importantes papeles en el devenir histórico y consideramos que son irreductibles a leyes generales. Sin  duda, todos aquellos elementos que podríamos considerar estructurales en una sociedad dada configuran un escenario en el que tales o cuales sucesos tienen o podrían tener lugar pero no son determinantes o determinados de una vez y para siempre.

[1] Aron, Raymond, “El determinismo histórico” en Introducción a la filosofía de la historia, Buenos Aires, Losada, 2006, p. 323

 

La Historia ¿una disciplina auxiliar? Su campo de trabajo en la Filosofía

Publicado mayo 16, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Aportaciones

Por Larisa González Martínez

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Cuando se habla de Historia es imposible no pensar en todas las disciplinas que siempre se han considerado sus auxiliares, como la arqueología, la paleografía, la numismática, la heráldica, la diplomática y otras.  Gracias al trabajo realizado por estas áreas del conocimiento el historiador tiene la posibilidad de resolver una gran cantidad de problemáticas que trae consigo el tratamiento, estudio y análisis de las fuentes para la construcción del discurso histórico (Torres Fauaz, 2011, p. 126).

Sin embargo, ¿podría la Historia ser ella misma una disciplina auxiliar?, en caso afirmativo ¿de qué forma podría desempeñar este papel?  El historiador francés Henri-Irénée Marrou (1904-1977) proporcionó en su momento una interesante respuesta a estas preguntas, que va muy de la mano con el añejo problema de la utilidad de la Historia.

Así, para Marrou la Historia posee varios usos entre los que destacan la comprensión de la propia situación histórica, el encuentro con el Otro (1999, pp. 199-200), el enriquecimiento interior “mediante la captación de los valores culturales recuperados del pasado” (1999, p. 203) y un importante papel como auxiliar del pensamiento en el vasto y relevante campo de acción de la Filosofía (1999, p. 210).

Con relación a este último aspecto Marrou menciona que la Historia ayuda a los filósofos ampliando sus horizontes de reflexión, auxiliando en la toma de conciencia de la complejidad y las implicaciones de los problemas que éstos abordan, proponiendo soluciones u objeciones para estas mismas problemáticas que tal vez el pensador no había visualizado, además de que le permite salir de una “inevitable estrechez de miras” provocada por el aislamiento, después de lo cual incorpora al filósofo “a la más vasta sociedad de los espíritus por medio de un diálogo siempre enriquecedor” (1999, p. 210).

En medio de este diálogo y con la ayuda de la Historia, el filósofo puede tomar cada una de las doctrinas que se le presentan para su estudio (y lo que en ellas hay de verdadero) dentro de su historicidad concreta.  Es decir, con el apoyo de la Historia es posible valorar y reflexionar cada sistema de pensamiento con pleno conocimiento y conciencia de la civilización, la cultura y las coyunturas políticas y sociales que le correspondieron en su espacio y su momento (Marrou, 1999, p. 211).

Pese a este fascinante panorama, Henri-Irénée Marrou advierte sobre la posible desconfianza que podría presentar el filósofo con relación al papel de la Historia en su área del conocimiento, por el riesgo de relativismo que su participación conlleva (1999, pp. 212-214).  No obstante, para este historiador francés la solución al problema está en el ejercicio correcto del oficio (Marrou, 1999, p. 215) y en la valoración de la Historia como una herramienta para el enriquecimiento y el redescubrimiento, más que como una escuela para el relativismo (Marrou, 1999, p. 218).

Bibliografía:

Marrou, H. I.  (1999).  El conocimiento histórico.  España: Gersa.

Torres Fauaz, A. (2011). La historiografía y la teoría social. Una discusión desde la historia de lo premoderno. Reflexiones, 90(2), pp. 125-135.  Recuperado el 1 de mayo de 2016 de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=72922586009

Sobre Enrique Florescano y las funciones del historiador

Publicado mayo 13, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Aportaciones

Por Víctor Manuel Bañuelos

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios)

Universidad de Guanajuato

¿Cuáles son las funciones del historiador? Esta y otras preguntas, que han dado mucho de qué hablar a epistemólogos de las ciencias sociales y a historiadores, nos responde Enrique Florescano en su ensayo “La función social del historiador”, en el cual identifica nueve posibles funciones que desarrolla el historiador, dentro de las cuales se pueden destacar dos porque hablan de las perspectivas a futuro de la ciencia histórica: por un lado, siguiendo a la filósofa húngara Agnes Heller, expresa que a pesar de que la visión romántica reza que la historia es una “maestra de vida”, la realidad es mucho más complicada, puesto que no es la historia la que enseña a la humanidad sino las mismas personas, tomando como base a la historia, las que se instruyen así mismas; por el otro lado, vemos el engorroso proceso por el cual se han complejizado tanto las metodologías como las teorías de la historia, una labor constante para muchas generaciones de historiadores, los cuales buscan desarrollar marcos explicativos para una enorme gama de fenómenos sociales que van desde la economía hasta la política.

A todo esto ¿qué más se puede decir? El texto denota el bagaje intelectual del autor tanto en la creación de historiografía como en el desarrollo de herramientas para la filosofía de la historia. La experiencia de Florescano en el ámbito de la historiografía mexicana es amplia y destacada en diversos campos que van desde la historia económica, en la cual comenzó haciendo extensas listas de precios durante el período virreinal, hasta la historia cultural y de las religiones, tras dar una vuelta de 360 grados al comenzar a abordar principalmente la temática de la mitología prehispánica, centrándose en los ritos concernientes al origen del maíz, haciendo de esta manera un ejercicio más parecido al del historiador de las religiones comparadas.

Este acercamiento del autor con el estudio de las prácticas religiosas nos hace ver un aspecto de la historia que no deja pasar por alto, la cercanía entre esta y la mitología, al menos en cuanto a la función legitimadora y explicativa de una perspectiva presente o una institución. Esta función que homologa a la historia y los mitos no solo ha sido trabajada por Florescano, ya que otros estudiosos de las religiones lo han abordado desde fechas tan tempranas como el siglo IV a.C., como se aprecia con el caso de Evémero de Mesene quién decía que los dioses eran solo un recuerdo de reyes del pasado remoto,  hasta Georges Dumézil y sus discípulos, quienes encuentran que ciertos dioses y aventuras narradas en ciclos heroicos no son más que relatos que legitiman y explican la existencia de ciertas instituciones sociales, como era la repartición de funciones en las culturas antiguas de Europa y la India.

En suma, se puede hacer un extenso proceso reflexivo sobre las funciones del historiador con respecto a su sociedad y la manera en que se han realizado paralelamente dos procesos: primero, uno por el cual la historia ayuda a diversas agrupaciones humanas a obtener identidad y perspectivas de su pasado; y segundo, la manera en que la historia se ha ido complejizando con el paso de las décadas, puliendo y afinando cada vez más sus metodologías y teorías, con la finalidad de crear conocimientos a partir de un ejercicio de explicación razonada.

Finalmente, en la presente reflexión se incluyeron aspectos sobre la teoría interpretativa del mito a la par con la filosofía de la historia, porque para quien estas líneas escribe, existe un amplio vacío en cuanto a este tipo de acercamientos teóricos, al menos en la academia mexicana reciente y valdría la pena desarrollar más trabajos partiendo de esta clase de premisas.

Véase también:

  • Burkert, Walter (2011). El origen salvaje. Barcelona: Acantilado.
  • Dumézil, Georges (1996). Mito y epopeya III. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.
  • Eliade, Mircea (2011). El mito del eterno retorno. Madrid: Alianza editorial.
  • Florescano, Enrique (2012). Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica. Ciudad de México: Editorial Taurus.
  • Sergent, Bernard (1986). La homosexualidad en la mitología griega. Barcelona: Editorial Alta Fulla.

“Tú tienes tu historia y yo la mía”: sobre la verdad y la objetividad en Chris Lorenz

Publicado mayo 11, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Aportaciones, Uncategorized

Tags: ,

Por Felipe Mera Reyes

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

En el texto “Tú tienes tu historia y yo la mía”: algunas reflexiones sobre la verdad y la objetividad en la historia Chris Lorenz realiza una defensa de la historia como respuesta a algunos recurrentes argumentos posmodernos, que en la his

toriografía reciente han causado cierta incredulidad hacía la posibilidad de elaborar relatos verdaderos en Historia, y sobre todo han cuestionado la capacidad objetiva de la labor de los historiadores.

Al preguntarnos con el autor ¿existen las historias verdaderas? Indudablemente la primer respuesta es sí, claro que existe la posibilidad de verdad en la investigación histórica; sin embargo, la cuestión va más allá de una respuesta afirmativa o negativa, de acuerdo con nuestra postura en el debate, el problema radica en la interpretación de lo “verdadero” que usemos cuando preguntamos por dicha posibilidad en nuestra labor. Desde luego que no es necesario recurrir al argumento relativista que propone que lo verdadero únicamente es cuestión de la perspectiva desde la cual se juzga algo, ya que debemos considerar que es posible arribar a la construcción de lo verdadero no solamente a través de un camino, sino de varios. Nos dice Chris Lorenz:

“El hecho del que el conocimiento se produzca en situaciones específicas no implica que la validez de las pretensiones de conocimiento sea relativa [siempre]  a esas situaciones” (Lorenz, 2015, p. 199).

El relativismo en Historia es una forma insostenible de reduccionismo de la teoría del conocimiento a, en el mejor de los casos, una sociología del conocimiento. El trayecto de la historia como ciencia, transita por un camino especial, distinto al que por ejemplo cruzan las ciencias naturales, donde la comprobación empírica parece ser el argumento más obvio e inmediato para legitimar la posibilidad de verdad de ellas, pero no es el único camino. La realidad, nos dice Lorenz, no dicta ni determina como debe ser representada lingüísticamente, por tanto son posibles las representaciones verdaderas múltiples.

Por principio es necesario mantenernos alejados de consideraciones sobre la verdad  como un ente existente autónomamente, completamente separado de nuestra realidad, al que se conoce fielmente de acuerdo con los esfuerzos de cada ciencia. Ninguna verdad puede abarcarse completamente, al menos ninguna ciencia o disciplina lo ha logrado demostrar hasta ahora.

Por otra parte también es recurrente la noción de que la historia, a juzgar de los argumentos posmodernos, al no poder elaborar relatos verdaderos, entonces construye “ficciones” y “metáforas” de lo real, de esta manera los textos de la historia son vistos como meras representaciones imaginarias de un pasado imposible de conocer en ningún sentido, el trabajo crítico con las fuentes es olvidado y la subjetividad (desde un punto de vista negativo) es la fuente primordial desde la cual los historiadores interpretan.

Ante esto Chris Lorenz responde que durante el proceso de representación lingüística de cualquier hecho, siempre se agregan nuevos elementos, no obstante dicha característica no podría invalidar la pretensión de verdad de la historia puesto que sucede en todas las áreas posibles de conocimiento. Todo lenguaje, incluido el descriptivo que las ciencias naturales usan, tiene una dimensión metafórica. Es cuestionable pensar que la verdad básicamente significa una correspondencia entre la realidad y su representación. Si los posmodernistas declaran la existencia omnipresente de la ficción, entonces no es posible hablar de verdad en sí, en ningún caso, ya que sólo podemos entender lo ficticio en oposición a lo verdadero.  Los posmodernistas entonces deben ser escépticos, nos dice Lorenz, incluso de lo que entienden por verdadero y falso. Nociones como ficción, mito e ideología solo tiene sentido frente a nociones contrarios como hecho, ciencia y verdad.

Otra cuestión relativa al debate posmoderno y la historia es la que concierne al “objetivismo versus relativismo”, por una parte tenemos que la Historia se guía sólo por la búsqueda de la verdad, y por otra que la Historia se condiciona (siempre) por influencias culturales, políticas e ideológicas, como un discurso al servicio de la transmisión de determinado “poder”. El posmodernismo no ha logrado superar esta oposición, que para los historiadores aparece cada vez menos conflictiva, ya que arroja mucho más utilidad poseer la conciencia de dónde está ubicado el historiador como individuo y desde donde estaban ubicadas las fuentes a partir de las cuales se aproxima éste a una realidad pasada. Lorenz declara que el posmodernismo posee argumentos que han sido exageradamente deformados, de ahí que sean insostenibles. En otras palabras, acepta parte que la crítica posmoderna no es errada del todo, pero si exagerada.

Para este autor, objetividad es el “resultado colectivo de respetar la reglas metodológicas de la disciplina, imparcialidad, desapego, critica mutua y ecuanimidad. Estas condiciones de la objetividad son sociales e individuales al mismo tiempo” (Lorenz, 2015, p. 203). No es lo mismo objetividad que neutralidad, entonces se puede ser objetivo sin ser neutral, es decir tomando una posición ideológica, ya que la identidad y la práctica histórica siempre están relacionadas, y en substancia la objetividad se obtiene de seguir con rigurosidad el método científico.

Finalmente Chris Lorenz nos invita a no olvidar tres cosas que ayudan a superar lugares comunes en el debate entre la posmodernidad y la historia:

1.- Las representaciones históricas siempre suponen construcciones de identidad, ligadas indisolublemente a elementos ideológicos y culturales

2.- Siempre es posible desarrollar varias representaciones de la misma historia desde diferentes perspectivas, entonces siempre es posible realizar elecciones sobre lo que consideramos “verdadero”

3.- Las elecciones de los historiadores se relacionan con sus propios ideales políticos y con su política de identidad. No obstante, las elecciones no son arbitrarias, ya que para ello existen las consideraciones empíricas, es decir, la evidencia, que puede demostrar lo errado o acertado que es posible estar. La historia legitimadora e instrumental se diferencia de la historia científica precisamente cuando en la primera, la evidencia y el método se supedita a los intereses particulares y no universales de la verdad (Lorenz, 2015, p. 2015)

Bibliografia:

Lorenz, Chris. “Tú tienes tu historia y yo la mía: algunas reflexiones sobre la verdad y la objetividad en la historia” en: Entre filosofía e historia, volumen 1: exploraciones en filosofía de la historia, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2015

Evidencia, inferencia e imaginación: un acercamiento a los límites de la interpretación histórica.

Publicado abril 24, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Uncategorized

Por Valeria Alejandra Olivares Olivares

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Uno de los problemas más recurrentes de la epistemología de la historia, es aquel que pone el foco en el rol del sujeto historiador. Desde su dimensión de ‘observador’ del pasado, miembro de una comunidad académica, con prácticas definidas y autor del ‘texto histórico’ (De Certeau: 1993, 82-101), la mayoría de estos planteamientos coinciden en que el historiador tiene un papel central en la construcción de explicaciones históricas. Planteamientos disidentes que niegan al historiador relevancia en el proceso investigativo (Goldstein: 1962) igualmente se preocupan por abordar sus implicaciones. Otros, como Raymon Aron (1958) consideran que el historiador ‘no recoge los hechos, sino que los reconstruye en unidades históricas’ (Aron: 1958, 27-33), cuestión que torna al sujeto historiador en el ‘filtro’ de la historia.

Precisamente por este rol central del historiador, es que la interpretación histórica y sus límites se ven mediadas por su labor. Siguiendo el planteamiento de Aron, esta interpretación histórica requiere al menos de dos elementos que constituyen el proceso de reflexión sobre el pasado: las evidencias y las inferencias. Apegado a una postura que reconoce la posibilidad y necesidad de que la historia sea una ciencia, para el autor el concepto de evidencia hace alusión a la acumulación de datos disponibles al investigador antes de ‘correr el riesgo’ de hacer inferencias, es decir, aquellas operaciones que dan lugar a proposiciones más o menos generales que no se incluyen en los hechos, que no obstante podrían legítimamente ser deducidas, inferidas o extraídas de ellos (Aron: 1958, 11).

En este sentido, el autor propone una mirada compleja de aquellos datos que pueden ser encontrados en los ‘vestigios’ del pasado, precisamente porque aquello que en su momento puede ser considerado como evidencia, en un futuro puede adquirir el grado de inferencia (Aron: 1958, 11). Un ejemplo de esta situación, son todas aquellas observaciones de segundo orden que toman como dato y evidencia aquellas inferencias ya realizadas por otros historiadores (Betancourt: 2015, 16).

Los límites de la interpretación histórica estarían demarcados por el trabajo mismo del investigador. Para Aron, esta interpretación es concebida como un momento de síntesis, en que datos convertidos en evidencias y las inferencias construidas hipotéticamente de ellas, se encuentran para dar explicación a los hechos y acontecimientos históricos (Aron: 1958, 13). En el caso del historiador, cuestiones como la objetividad/subjetividad, la distancia de este con su objeto de estudio –la realidad pasada– (Aron: 1958, 12) y la definición de sus objetivos y preguntas de investigación, serían los pasos centrales de esta trayectoria desde las evidencia e inferencias a la construcción de la explicación histórica.

Desde esta propuesta, es posible entender que el tránsito de la construcción de la explicación está mediado por la interpretación del historiador. Para complementar la reflexión del autor, se considera pertinente abordar la noción de imaginación histórica. Si bien esta noción no fue abordada de manera explícita por Aron, su lectura nos remite a este concepto por el protagonismo que se le otorga al rol del historiador como sujeto cognoscente y ‘constructor’ de los problemas históricos.

Autores como Lucien Febvre han propuesto que la historia debe hacerse con documentos, cuando los hay (Citado en Le Goff: 2005, 106); si no, cualquier vestigio del pasado que estudiemos puede entregar información relevante para reconstituirlo y así llevarnos a imaginar de manera tentativa qué puede decirnos un artefacto o ruina sobre el pasado de esos sujetos. Hayden White ha propuesto que la imaginación histórica más que relacionarse con el proceso cognitivo de tratamiento de las fuentes, está intrínsecamente contenida en la escritura de la historia al ser parte constitutiva del desarrollo de la trama (White: 1992, 13-21). Peter Burke ha ido más lejos al plantear que sin imaginación no se puede escribir historia,[1] precisamente porque para él esta sería una condición propia del tratamiento de fuentes, el desarrollo de la investigación y su escritura, así como del proceso de inteligibilidad que el historiador realiza entre ese pasado no experimentable y sus contemporáneos. En otras palabras, pensar ese pasado y hacerlo comprensible en nuestro presente (Burke: Revista de Letras, 2013).

Desde este acercamiento, es posible resaltar que tanto las inferencias como las evidencias juegan un rol central en la construcción de las interpretaciones llevadas a cabo por el historiador. Sumado a esto, la imaginación sería otro elemento que de manera menos tangible, se encuentra presente en los procesos cognitivos e investigativos que el historiador lleva a cabo para comprender el pasado. La cuestión es, no perder de vista que el historiador debe respetar los límites que las propias fuentes entregan y no pensar que toda la explicación histórica puede ser realizada por él. Como el mismo Aron lo propone, no perder de vista que los hechos y acontecimientos históricos son en esencia hechos sociales y humanos, que el historiador intenta explicar a partir del por qué y cómo, situándolos en un espacio y tiempo definidos, en otras palabras, hacer inteligible lo que en apariencia no tiene cohesión.

 

Referencias

  • Aron, Raymond. 1958. “Evidence and Inference in History” en Daedalus, Vol. 87. N° 4: 11-39.
  • Betancourt, Fernando. Historia y cognición. Una propuesta de epistemología desde la teoría de sistemas. México: UNAM/Universidad Iberoamericana.
  • Burke, Peter. 2013. “Sin imaginación no se puede escribir historia”. Revista de Letras. 6 de febrero. En: http://revistadeletras.net/peter-burke-sin-imaginacion-no-se-puede-escribir-historia/
  • De Certeau, Michel. 1993. La escritura de la historia. Capítulo: “La operación historiográfica”. México: U. Ibero
  • Goldstein, Leon J. 1962. “Evidence and events in History” en Philosophy of Science. 29. N° 2: 175-194.
  • Le Goff, Jacques. 2005. “La historia como ciencia: el oficio del historiador”. Pensar la historia: modernidad, presente y progreso. México: Paidós.
  • White, Hayden. 1992. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. México: Fondo de Cultura Económica.

[1] http://revistadeletras.net/peter-burke-sin-imaginacion-no-se-puede-escribir-historia/

La evidencia como pensamiento del hecho histórico y la fuente como tratamiento del acontecimiento en la historia.

Publicado abril 24, 2016 por Miguel Angel Guzmán López
Categorías: Uncategorized

 

Por Juan Camilo Riobó Rodríguez

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

En la práctica histórica, se asocia la fuente como el documento inductor de los eventos pasados a través del ejercicio interpretativo del historiador. En los cuales el hecho histórico toma forma inteligible en su enunciado de representación, cuando la acción es figurada por la cognición del sujeto histórico y su referente en el análisis del investigador. Este es un proceso de denominación en que el evento es cargado de sentido, cuyo tratamiento sugiere la construcción de hipótesis para validar las fuentes en función de lo real y verosímil.[1]

Este ejercicio implica que el historiador establezca una estructura de interpretación sobre el acontecimiento, abordando la evidencia en su dimensión de vestigio y documento configurador del pasado. En esta idea de conceptualizar los métodos y los objetos en la disciplina histórica, el artículo de Leon J. Goldstein,[2] “Evidence and Events in History”, es un revelador del sentido cognitivo del historiador al abordar los materiales del pasado, desde el pensamiento epistemológico y la supuesta irrelevancia de lo subjetivo en la explicación histórica. Goldstein señala que antes del encuentro con las fuentes para la construcción del hecho, el historiador realiza una lectura cognitiva de las evidencias y pruebas del pasado. Es un proceso en el que a través de hipótesis, la evidencia va tomando prevalencia en las distenciones lógicas que posibilitan la clasificación y el tratamiento de las fuentes.[3]

Para este filósofo de la historia, la evidencia es un compendio metodológico ligado al pensamiento del historiador, donde el investigador y los sujetos históricos son irrelevantes al hecho y no interfieren en la escritura histórica, pues su tarea es la de generar hipótesis y clasificar objetos.[4] Esto hace pensar en una ley genérica en la disciplina para abordar los eventos en un univoco proyecto procedimental de interpretación, idea que es rebatida por Goldstein al mencionar que esta operación analítica de las evidencias, obedece a la anomia teórica de los vestigios racionalizados por el historiador, es decir, que la existencia de las evidencias es natural y no depende de un cuerpo particular de leyes.[5] En síntesis, la propuesta de este autor es entender la evidencia como una reflexión epistemológica producida por el escritor histórico, negando la subjetividad del autor por la ausencia del determinismo metodológico y la preponderancia de los documentos como hechos históricos naturales.

La tesis de Goldstein es sobresaliente a nivel teórico en la categorización de los vestigios, base hipotética que contribuye a organizar y estructurar las evidencias recolectadas por parte de los historiadores. Con respecto a la subjetividad y su irrelevancia en los eventos del pasado, su argumento puede cuestionarse por ignorar los significantes de la experiencia histórica, descuidando la interpretación de los documentos en el presente, con la multiplicidad de los contextos y los horizontes del historiador. En concreto,  la dificultad de concebir una historia sin la significación de los sujetos es difícil de entender, allende de una disciplina configurada por las relaciones colectivas e individuales en la sociedad.

 

Si las evidencias solo hacen parte de un repositorio único de la realidad, la cuestión deja al margen la perspectiva epistemológica del historiador y su contacto con el pasado, limitando el oficio de interpretación de los documentos. Por ejemplo, los objetos y artefactos, tienen un código de sentido que es significado por el historiador a través de sus herramientas teórico analíticas, esto hace que floreros, monedas, espadas, epistolarios, cordeles, entre otros, sean elementos abordados en la investigación histórica. Evidencias configuradoras de hipótesis que explican los acontecimientos en vestigios, como huellas subjetivas que son tratadas por el lente del historiador.

Finalmente, la evidencia no puede ser reducida a un simple dispositivo de interpretación, es una compleja operación cognitiva en el que el objeto debe ser arropado conceptualmente y metodológicamente por el historiador. Con las baterías puestas en teorizar los materiales del pasado en las hipótesis que se infieren de las fuentes y, en la concepción histórica de los acontecimientos desde el sujeto investigador e histórico.

[1] Aron, Raymond, Introducción a la filosofía de la historia, Buenos Aires, Losada, 2006, pp. 367 – 373.

[2] Goldstein, Leon J, Evidence and Events in History, Press Philosophy of Science Association, University of Chicago, Philosophy of Science, Vol. 29, No. 2 (Apr., 1962), pp. 175-194.

[3], Aron, Raymond, Evidence and Inference in History, On Evidence and Inference, Published by:  on behalf of MIT Press American Academy of Arts & Sciences Stable (1958), pp. 11-39.

[4] Goldstein, Evidence and Events in History, 191 – 193.

[5] Goldstein, Evidence and Events in History, pp. 190 – 191.