Ante el determinismo histórico

Por Paulina Lizeth Chávez Santillán

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

Hace poco más de un siglo, en el debate entablado en nombre de la cientificidad de la ciencia histórica fueron definidos elementos fundamentales en relación a la cuestión epistemológica. Uno de los que recibió gran atención fue el establecimiento de la causalidad histórica, de la posibilidad de descubrir las regularidades que guían el devenir, y aproximar con ello el planteamiento de previsiones para el futuro. Consideramos que esto se vio acompañado de las perspectivas o filosofías que sostenían la existencia de un determinado fin en la historia, como la hegeliana o la marxista entabladas en el siglo XIX.

Las categorías de causalidad y finalidad determinadas en la historia, han representado un esfuerzo por hacer frente a la contingencia inherente del devenir como una forma de otorgar cierta certidumbre ante el caos histórico, y que ésta se ha intentado fundamentar en el discurso científico que, en gran medida, apela por la utilidad de la producción del conocimiento. De modo un tanto simplista sería como afirmar que la historia sirve para no cometer en el presente, los errores del pasado, o para prevenir un cierto estado de cosas en el futuro que serían derivadas del descubrimiento de leyes históricas.

Desde que la mediación de la Providencia en el devenir comenzó su declive, cuando los humanistas del Renacimiento profanaron el sentido de la historia al analizar los sucesos más allá de causas sobrenaturales, se debió considerar otra teleología capaz de otorgar sentido al caos histórico.  Es así que la Razón, ocupará ese lugar como fundamento del conocimiento por excelencia y guía del devenir a partir de la Ilustración, aunque anteriormente, hubo que tomar a cuenta el proceso por medio del cual los individuos se relacionan con los objetos de la realidad, partiendo del pensar, de la cogitatio cartesiana, noción que en el pensamiento occidental se fue desarrollando como conciencia.

De tal forma, la Razón se impuso a la Providencia como una estrategia portadora de sentido en la historia, la consumación de una teleología, fuera de leyes divinas, ahora ancladas a la Idea de Progreso, la cual, fundada en la creencia de un continuum, pretendió borrar la irrupción de los acontecimientos. Así, el desenvolvimiento del devenir fue comprendido como una idea de desarrollo continuo y el individuo en conformidad con éste, se autocomprendió como actor de la historia manifiesta dotada de sentido, posibilitando una relación “amistosa” entre el individuo y el transcurrir. Metafóricamente, diríamos que le dotó de un ancla a la cual asirse en el mar de la contingencia, de una certidumbre, por pequeña que fuese, de la dirección de los tiempos.

Tal desarrollo estuvo favorecido por la categoría de continuidad, por la posibilidad de aislar de la realidad las estructuras más firmes que estaban constituidas por regularidades que podían descubrir los elementos geográficos o culturales que operaban y se extendían a grandes periodos históricos. Podemos destacar así el pensamiento de algunos integrantes de la Escuela de Annales como Fernand Braudel y la Longue Durée así como las aportaciones que tuvieron lugar a finales de la década de los setentas con la Nouvelle Histoire, especialmente la historia de las mentalidades.

Esta tradición historiográfica estuvo precisada por una metodología que podríamos caracterizar, en primera instancia, por apelar a una historia integral (sino global) que incluyera las aportaciones que las disciplinas fronterizas brindaban al análisis histórico; por elaborar conjuntos coherentes de documentos para integrar las series, que a través de un tratamiento cuantitativo o cualitativo podrían sacar a las luz las regularidades, las frecuencias o rupturas así como las relaciones de tipo lógico o causal que se podían extraer.

La noción de causalidad es el otro elemento que acompaña este proceso de inteligibilidad y de sentido de la historia, a través del cual podríamos explicar los móviles de los sucesos en términos generales y, dada la repetición o la frecuencia de factores determinantes, plantear leyes del devenir y extenderlas hacía el futuro. Para ello, según Raymond Aron, quien analizó la cuestión del determinismo histórico, habría que operar desde lo macroscópico, de los grandes rasgos que pueden extraerse de “los hechos considerados como propiamente sociales: sistemas económicos, regímenes de propiedad, organización de la cultura, muestran una evolución más coherente. Menos dócil a las iniciativas de las personas (…)”.[1]

Se trata entonces de observar lo general y lo estructural, hasta donde ya no sea posible vislumbrar el acontecimiento ni el accidente que irrumpen en una continuidad prefigurada haciéndola tambalear, dando lugar a lo discontinuo que habría de ser eliminado o no visto para poder establecer aquellas leyes.

Sin embargo, en la discontinuidad se encuentra también la riqueza de los análisis históricos, no sólo porque se trata de interpretar las particularidades, sino también por la emergencia de ciertos sucesos que transforman el devenir tanto como la idea que se había tenido del mismo, poseen un potencial indiscutible de análisis históricos o filosóficos tan necesarios para comprender la realidad circundante presente o pasada.

La Idea de Progreso fundada en la Razón dio muestra de variadas crisis a lo largo del siglo XX, y aquí Auschwitz resulta emblemático por toda la barbarie que pudo conjuntar, por todo lo que provocó el posterior ocultamiento de los crímenes nazis y explícitamente de las víctimas judías, de toda la incomodidad social, ética e histórica que tal acontecimiento logró despertar ante la imposibilidad de explicarlo en el correlato de un devenir fundado en la razón.

En gran medida, las cuestiones políticas, religiosas, las motivaciones personales o la voluntad de poder explícito, juegan importantes papeles en el devenir histórico y consideramos que son irreductibles a leyes generales. Sin  duda, todos aquellos elementos que podríamos considerar estructurales en una sociedad dada configuran un escenario en el que tales o cuales sucesos tienen o podrían tener lugar pero no son determinantes o determinados de una vez y para siempre.

[1] Aron, Raymond, “El determinismo histórico” en Introducción a la filosofía de la historia, Buenos Aires, Losada, 2006, p. 323

 

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