Archivo para septiembre 2016

Reseña:”Checking de evidence. The Judge and the Historian”, de Carlo Ginzburg.

septiembre 24, 2016

Por Adriana Pretel Santana

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios)

Universidad de Guanajuato

Carlo Ginzburg [1] en su artículo nos presenta una reflexión general sobre el método científico utilizado por algunos historiadores y su similitud con el trabajo de un juez, ambos tienen que correlacionar testimonios con pruebas materiales con el fin para deducir lo que sucedió. El autor nos incita a plantearnos una interrogante, ante la evidencia ¿historiador o juez? En ese sentido la palabra evidencia, al igual que pista o prueba, son crucial para para ambos oficios. “El historiador, como el abogado, debía ser capaz de elaborar argumentos convincentes mediante la transmisión de la ilusión de realidad, y no mediante la exhibición de pruebas reunidas por él mismo o por otros.”[2]

Su análisis conduce a un argumento en el cual expone que existe un elemento que es necesario rechazar en la corriente positivista: la tendencia a simplificar la relación entre evidencia y realidad. Dado que el historiador se enfrenta a varias dificultades a la hora de procesar una fuente documental:

  1. Un documento puede ser falso.
  2. Un documento puede ser auténtico, pero poco fiable, en tanto la información que ofrece puede contener mentiras o errores.
  3. Un documento puede ser auténtico y confiable.

“En los dos primeros casos, la evidencia se descarta; en el último caso, se acepta, pero sólo como evidencia de otra cosa. En otras palabras, la evidencia no se considera como un documento histórico en sí mismo, sino como un medio transparente: como una ventana abierta que nos ofrece un acceso directo a la realidad.”[3]

Según Ginzburg existe una trampa opuesta para el historiador, es lo que él llama positivismo inverso. Ya que, en lugar de manejar la evidencia como una ventana abierta, la consideran como un muro que imposibilita cualquier acceso a la realidad. “Esta actitud antipositivista extrema considera todos los supuestos de referencia como una ingenuidad teórica. La ingenuidad y la sofisticación teóricas comparten un supuesto común bastante simplista: ambas dan por hecha la relación entre evidencia y realidad.”[4]

Los historiadores, ya se ocupen de fenómenos distantes, recientes o en proceso-jamás se acercan directamente a la realidad. Su trabajo se realiza forzosamente por inferencia. Es necesario un marco de interpretación y el análisis tanto de las características internas del fenómeno como de su dimensión contextual para llevar a cabo una reconstrucción histórica sólida.

El autor realza la necesidad de una historia social para el análisis histórico de los fenómenos que acompañaron siglo XIX, un nuevo contexto “necesitaba nuevas categorías teóricas, nuevos métodos de investigación y nuevos estilos narrativos”.  Una historia social consciente de sugerir una dimensión histórica oculta o cuando menos muy poco visible. Gizburg pone como ejemplo los personajes reconstruidos en escala sobrehumana, como Jacques Bonhomme[5] o la Bruja[6], que se concibieron como proyecciones simbólicas de una multitud que compartía mismas condiciones e intereses. El autor la llama “zona periférica y borrosa que se encuentra entre la historia y la ficción.”

Para su posicionamiento final Carlo Gizburg toma los postulados del historiador Arnaldo Momigliano:

  1. El historiador trabaja sobre la evidencia.
  2. La retórica no es su trabajo.
  3. El historiador tiene que asumir criterios ordinarios del sentido común para juzgar su propia evidencia.
  4. No debe permitirse a sí mismo persuadirse de que sus criterios sobre la verdad son relativos y que lo que hoy es verdad para él, dejará de ser verdad para él mañana.

Al respecto expresa el autor “pero yo sugiero que se haga una distinción entre verdad, como principio regulador, y criterios de verdad. Los papeles respectivos de la verdad y la posibilidad son, en la investigación histórica contemporánea, un problema controvertido y todavía en discusión.”[7]

En ese sentido y para concluir podemos preguntarnos ¿debería ser la historia sólo de hechos, volviendo al historiador casi como un juez o debería ser una historia de ficción? En lo personal creo que debería ser una mezcla de ambos, un punto medio, un justo equilibrio.  Tal vez el verdadero problema es con las pruebas, cuando éstas no están totalmente disponibles o no arrojan los datos necesarios para construir nuestra investigación. Por tanto, los historiadores se ven obligados a adoptar un enfoque más narrativo e imaginativo.

Fuentes consultadas:

Ginzburg, Carlo (1991), “Checking the Evidence: The Judge and the Historian” en Critical Inquiry, vol 18, No. 1, pp. 79-92.

Citas:

[1] (Turín, 1939) Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Pisa. Tomado de http://www.fce.com

[2] Ginzburg, Carlo (1991), “Checking the Evidence: The Judge and the Historian” en Critical Inquiry, vol 18, No. 1, p 15

[3] Ginzburg, Carlo (1991),p 16

[4] Ginzburg, Carlo (1991), p 16

[5] Thierry (1820) “La verdadera historia de Jacques Bonhomme, a partir de documentos autenticos”.

[6] Michelet (1862) “La Bruja”

[7] Ginzburg, Carlo (1991) p. 23

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Lo histórico.

septiembre 18, 2016

Charbel Jesús Hernández Fragoso

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios)

Universidad de Guanajuato

¿Qué es la Historia? ¿Cuál es el objeto de estudio de la Historia? Por lo general estas dos preguntas se responden con acepciones más o menos concretas. La más común es aquella que dice: la Historia es la ciencia o disciplina que estudia las acciones pretéritas del hombre, el pasado.

Sin embargo, hay autores que afirman que la historia no puede acceder o conocer el pasado, por el simple hecho de que este no tiene una presencia física, no es corpóreo, por lo tanto ese pasado es inaccesible e incognoscible. Lo que se tiene entonces, como afirma Enrique Moradiellos, son las reliquias del pasado.[1]

Claro está que el pasado como tal no se le puede apreciar de manera física, pero a partir dichas reliquias o dicho de mejor manera, de los vestigios materiales de los actos humanos en el mundo que determinan la presencia de ese pasado en el presente, se puede y no de manera absoluta, analizar y conocer un pasado. Pero no cualquier pasado, en todo caso, el pasado que aún no ha pasado, pues sigue entre nosotros, lo histórico.

Un conocimiento, un saber o una ciencia –menciona Rodrigo Ahumada- siempre se definen primera y fundamentalmente por su objeto de estudio. Y “lo histórico” es sin duda el objeto de estudio de la Historia.[2] Pero ¿qué es lo histórico? O ¿qué es lo que determina que algo sea histórico? ¿Cualquier pasado puede ser histórico?

Luis González y González hace notar que hay dos concepciones de lo histórico entre el gremio de los historiadores, lo histórico natural y lo histórico humano. El primero tiene que ver con el origen y evolución del universo físico, del sistema solar, de la tierra, etc. El segundo se caracteriza por “La abundancia de rarezas o novedades”.[3] Una gran diferencia entre ambos y la importancia de lo histórico humano es, que mientras la naturaleza no sabe que tiene historia, el humano sí. [4]

No obstante y a pesar de que las fuentes de dónde saca la información para reconstruir el mundo histórico el investigador, son diversas “enormes, indeterminadas, movedizas, anchurosas e inagotables mientras exista la humanidad, “lo histórico está muy lejos de abarcar el conjunto del quehacer humano, pues sólo una mínima parte de éste ha dejado huella, y por ende, permite su conocimiento”, advierte González y González.[5]

Para autores como Henri Marrou, “un personaje, un evento, tal aspecto del pasado humano, solo son históricos en la medida que el historiador los califica como tales, juzgándolos como dignos de memoria porque algún le parecen importantes, activos, fecundos, útiles a conocer”. [6]

Entendido de esa manera, no todo el pasado puede ser histórico, pues tal y como afirma Jean Paul Sartre,  lo histórico “no se caracteriza ni por el cambio ni por la acción llana y simple del pasado, se define por la recuperación intencionada del pasado en el presente”.[7]

Citas y notas.

[1] Moradiellos, Enrique, “¿Qué es la Historia?” en El oficio de Historiador, México, Siglo XXI, 1994, p.7.

[2] Ahumada Durán, Rodrigo, “Problemas y desafíos historiográficos a la epistemología de la historia (segunda parte)”, en Revista Communio, No. 3, Santiago de Chile, Universidad Gabriela Mistral, 2000, p. 94.

[3] González y González, Luis, “Lo histórico”, en El oficio de historiar,  Zamora, Michoacán, México. El Colegio de Michoacán, 2003, p. 159.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] Marrou, Henri, “Comment compendre le métier d´historien”, citado en  Rodrigo Ahumada Durán, “Problemas y desafíos historiográficos a la epistemología de la historia (segunda parte)”, en Revista Communio, No. 3, Santiago de Chile, Universidad Gabriela Mistral, 2000, pp. 97-98.

[7] Sartre, Jean Paul, Materialismo y revolución, Bernardo Guillén, Trad., Buenos Aires, Editorial La pléyade, p.8.

El sujeto: entre vida e historia

septiembre 10, 2016

 

Por Ibisamy Rodríguez Pairol

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios)

Universidad de Guanajuato

La experiencia de vida y las interrogantes del oficio de historiador confluyen en el trabajo de José Luis Romero “La vida y la Historia”. El destacado intelectual argentino se desenvuelve entre mediados del siglo XX. Sus vínculos con estudiosos europeos y latinoamericanos de la filosofía y la historia, unido a sus motivaciones personales le hacen profundizar en la historia antigua y medieval.

Se destacan en esta interacción con José Luis su propio hermano, Francisco Romero, quién como filósofo lo apoya en el terreno historiográfico acercándolo a corrientes y escuelas de pensamiento. Mantuvo también contactos con el dominicano Pedro Enríquez Ureña, logrando un acercamiento a la literatura latinoamericana. Por otro lado la presencia en la década del cuarenta de Claudio Sánchez Albornoz, en la Universidad de Buenos Aires, hace que lleguen a Romero las brisas de los novedosos estudios medievales. (Freijomil, 2012).

Posicionamientos políticos que se mueven entre antiperonismo y socialismo; unidos a una activa militancia cultural con empeños de modernización científica (Romero, XII); definen la conciencia histórica del autor y su vida como sujeto histórico. De ahí que “la vida histórica” se convirtiera para él en una obsesión teórica a descifrar. Poniendo en práctica la indagación en el pensamiento historiográfico, el estudio de la superestructura, así como  la organización social,  tanto de Europa como de Latinoamérica; desde la antigüedad hasta la modernidad, dotando de protagonismo espacial a las ciudades y sus dinámicas.

En toda su construcción teórica y explicativa de la vida y la historia, se halla la constante retrospectiva de la relación matizada pero ininterrumpida de la trilogía pasado-presente -futuro. Romero expone en el texto las formas en que se refleja esta relación constante de la vida en tres planos temporales. Siendo así queda enfrascado en explicarnos la posición del historiador como investigador de la vida en el pasado y la búsqueda de la verdad; siendo a su vez el individuo que como parte de una colectividad, espera en el presente ancioso de recibir respuestas, para de modo quizás más efectivo proyectarse hacia el futuro.

Pero el historiador sabe, y también lo explica Romero, que ante esta situación se impone un reto: mantener la coherencia entre nuestra conciencia de vida (en el presente), y nuestra conciencia histórica; aquella con la que debemos acercarnos e interrogar al pasado histórico. El historiador debe fundir sus experiencias personales con el rigor científico, la búsqueda exhaustiva,  las múltiples lecturas y la inconformidad ante lo superficial. Estos componentes deben quedar forjados durante su formación profesional. Solo así podrá mantener distante a  la siempre acechante subjetividad.

No deben perderse de vista las herramientas y los instrumentos teóricos y metodológicos que nos ayudan a buscar en el pasado respuestas a las interrogantes que se generan en el presente. ¿Para qué conocemos? , ¿Para qué queremos conocer al hombre?, ¿Qué relación hay entre existencia y conocimiento? (Romero, 2008.p.65); son solo algunas de las preguntas que podría responder la Historia. Pero esta última no se haya sola en este empeño, la acompañan otras ciencias y disciplinas con las que es necesario abrir el diálogo.

Sin embargo es nuestra percepción que Romero no muestra un gran interés por explicar los aportes y limitaciones de los paradigmas historiográficos del siglo XX. Se detiene generalmente en ejemplificaciones que lo centran en la escuela metódica o positivista de finales del siglo XIX y,  su batallar por legitimar a la Historia  frente a las escuelas naturalistas. Hace énfasis en esa necesaria transición de la Historia como saber erudito a historia como ciencia objetiva.

Esta lectura abre paso a otras perspectivas de análisis sobre algunos de los tantos problemas teóricos que enfrenta el historiador. Llamando esta vez a la reflexión y el diálogo sobre el sujeto y su devenir entre vida e historia;  a pesar de los pesimismos que se empeñan en rondar nuestra labor.

Bibliografía:

Freijomil, Andrés G. José Luis Romero 1909-1977. Disponible en: https://introduccionalahistoriajvg.wordpress.com/2012/06/25/. Consultado el 11 de agosto de 2016.

Romero, José Luis. (2008) “La historia y la vida”. México, Siglo XXI.

Romero, Luis Alberto. Prólogo a Latinoamérica. Las ciudades y las ideas. Disponible en: http://www.unsam.edu.ar/escuelas/politica/centro_historia_politica/romero/libro.pdf. Consultado el 11 de agosto de 2016.