La cientificidad de la historia: un asunto indelegable.

Por Paulina Lizeth Chávez Santillán

Doctorado en Historia

Universidad de Guanajuato

El debate sobre la cientificidad de la historia tiene presencia hasta el día de hoy. Esta cuestión tuvo uno de sus más álgidos momentos hacia finales del siglo XIX, cuando los herederos de la escuela metódica Langlois y Seignobos colocaron, y a la vez, pretendieron resolver el problema bajo la consigna de que la historia se hace  exclusivamente con documentos.

Aquellos que se dedican al oficio de historiador podrían coincidir en que el énfasis en el documento apenas inaugura la problemática, dado que sobradamente se ha demostrado que la historia se hace con mucho más que documentos: a través del arte, de la vida material, de la fiesta, de la técnica, de cualquier tipo de conocimiento. Cabe mencionar que el signo de esta apertura fue notable en la escuela de Annales con Lucien Febvre y Marc Bloch.

Más allá del documento escrito, incluso, importantes historiadores alemanes que podríamos considerar contemporáneos como Koselleck y Rüsen proponen categorías extralingüísticas[1] o pre-narrativas[2], respectivamente, que deben ser pensadas por su influencia en la producción del conocimiento histórico.

Hasta aquí pretendemos hacer notar que los materiales que se consideran en la investigación histórica han ensanchado, problematizado y enriquecido el campo de trabajo de diversas maneras, siguiendo diferentes enfoques, escuelas, pero con un carácter marcadamente crítico, lo cual es muy notorio en el debate con el posmodernismo.

El camino trazado para posibilitar el escenario descrito es largo y ha considerado diversas concepciones e instrumentos para el desarrollo de la historia. De ello se encargó el historiador francés Jacques LeGoff en el ensayo “La historia como ciencia: el oficio de historiador”[3], donde describe y selecciona los momentos más destacados de la historia occidental que favorecieron dicho desarrollo.

Inicia por considerar las aportaciones de los historiadores grecorromanos, que tuvieron predilección por hacer historia contemporánea, pues establecieron la verdad en el testimonio vivido o recopilado, y aquí Tucídides es emblemático pues advierte sobre la necesidad de crítica aplicable a lo que se dice sobre los sucesos, pues toma en consideraciones las pasiones de las que pueden ser objeto dichos testimonios. Para Polibio, además, importaba el establecimiento de las circunstancias concomitantes que determinan los eventos por lo que planteó el establecimiento de causas y consecuencias, esbozando las generalidades en historia.

Los historiadores cristianos otorgan un sentido al devenir histórico a través de la Providencia, realizaron cálculos temporales y definieron distintas periodizaciones, incluso con cierta vigencia en la actualidad, como aquella que dividió el tiempo antes y después de cristo a cargo del monje romano Dionisio el pequeño.

La labor de los humanistas del Renacimiento posibilitó una crítica filológica de los documentos, además de una profanación del sentido de la historia al analizar los sucesos más allá de causas sobrenaturales, lo cual se impulsó en el contexto de la Reforma Protestante. El puente aquí trazado estuvo dado por la creciente erudición que preparó el escenario en el que se desarrollaría con mayor énfasis a partir del siglo XVII, aunque desde la perspectiva de una historia religiosa, pues son los jesuitas y benedictinos especialistas en hagiografía quienes otorgan una preeminencia al estudio y crítica de los documentos colocando el establecimiento de la verdad en la concordancia existente entre dos o más fuentes.

LeGoff hace notar que a partir del siglo XVIII, se crean las primeras instituciones dedicadas al estudio de la historia, un ambiente que estuvo favorecido por el racionalismo filosófico que posicionó a la historia como un tipo importante de conocimiento. Obra continuada en el siglo XIX en que quedó definido el método a través de la crítica de los documentos, se fundaron archivos en Francia y Alemania y proliferaron revistas históricas nacionales.

El debate sobre la cientificidad de la historia condujo a la teorización, a una autoreflexión de la práctica de los historiadores que ha tenido como objeto principal proveer de un carácter formal y objetivo a la disciplina. Aún a lo largo del siglo XX, especialmente con los desarrollos de las ciencias del lenguaje (sin duda han problematizado toda la producción de conocimiento, aún el de las ciencias consideradas exactas), que de una u otra forma, han vuelto a emparentar la historia con la literatura, no se han dejado de presentar concepciones y propuestas que buscan delimitar la importancia y seriedad de la historia aún más allá de su estatuto científico.

[1] Reinhart Koselleck, Historia de conceptos. Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social. Madrid, Editorial Trotta, 2012.

[2] Jörn Rüsen, Tiempo en ruptura. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2014.

[3] LeGoff, Jaques, Pensar la Historia: modernidad, presente y progreso. México, Paidós, 2005.

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