Sobre la experiencia histórica y las huellas del pasado. Reflexiones en torno a la obra de Frank Ankersmit

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Frank Ankersmit 

Por Víctor Manuel Bañuelos Aquino

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios).

Universidad de Guanajuato

El cómo el historiador es capaz de abordar, de manera experiencial, el pasado que pretende convertir en su objeto de estudio, es una de las cuestiones más trabajadas por epistemólogos y filósofos de la historia, ya que aparentemente la matriz disciplinar de esta ciencia social muestra una dicotomía: por un lado Leopold von Ranke pensaba que la labor del historiador debía ser meramente empírica, es decir, dejando de lado cualquier pretensión de utilizar un método deductivo como el desarrollado por la filosofía de la historia; por el otro lado, y a manera de reacción contra los presupuestos rankeanos surgieron posturas como la del constructivismo, la cual señala que el historiador jamás podría obtener conocimientos experienciales del pasado, al menos de manera empírica, lo más que podría hacer sería experimentar los objetos que el pasado le había legado y a partir de ellos crear una teoría para construir una visión del mismo (de ahí el nombre de constructivismo).

Frank Ankersmit en su ensayo “Huizinga y la experiencia del pasado” –incluido en la obra La experiencia histórica sublime– explica la postura de Huizinga sobre la posibilidad que tiene el historiador para obtener conocimientos experienciales del pasado a partir de los artefactos que éste dejó, como son documentos u obras de arte. Aquí nos centraremos en la cuestión del acercamiento entre el historiador y el autor de los documentos históricos, convirtiéndose de esta manera estos artefactos del pasado en una suerte de nexo entre las subjetividades de las personas que los produjeron y el historiador que los aborda.

Ankersmit nos explica que Huizinga ponía en un lugar privilegiado al conocimiento experiencial, puesto que pensaba que el historiador podía llegar a una suerte de “extasis” –entendido como una amplitud y extensión de los sentidos a la posibilidad de percibir multitudes y latitudes más grandes– debido a que a partir de un “presentimiento” podría llegar a tener experiencias del pasado más vividas, personales y complejas, de manera que derivado de dicho acercamiento con la historia obtendría herramientas metodológicas y explicativas más elaboradas, que le permitirían abordar sus objetos de estudio desde preguntas y perspectivas nunca antes vistas. Este proceso se logra a partir del acercamiento del investigador con los objetos del pasado.

En cuanto a esta postura de Huizinga se puede encontrar una analogía con los siguientes hermeneutas:

  1. Hans-Georg Gadamer: en su obra Warheit und Methode (Verdad y Método), que habla acerca de la confluencia de horizontes, es decir, que existen horizontes de experiencia a partir de los cuales el autor de una obra expresa su inmediatez contextual, su marco de experiencia. Al mismo tiempo los investigadores que analizan dichas obras las interpretan a partir de su experiencia de vid, su propio horizonte. De manera que los documentos del pasado se convierten en un puente entre el pasado y el presente en el que confabulan subjetividades.
  2. Paul Ricoeur: el filósofo galo pensaba que los documentos históricos fungían como un sector de intersubjetividad, ya que en al ser leídos hacían que confabularan la subjetividad del historiador y la del productor de dicho documento.[1]

Cabe mencionar que al igual que Huizinga, los autores antes mencionados le daban un lugar de importancia a la aplicación de preceptos y teorías de la lingüística dentro del campo de la historiografía.

En suma, se aprecia como los artefactos del pasado fungen como una suerte de puente entre el pasado y el presente, ofreciendo al historiador la posibilidad de obtener conocimientos experienciales, al menos desde la teoría desarrollada por los autores mencionados en el presente escrito. Finalmente, valdría la pena preguntarnos ¿Cuáles son esos artefactos del pasado que nos pueden permitir dicha experiencia? Ya que como decía Mircea Eliade, los hechos y construcciones de los hombres no tienen un valor intrínseco dado, sino que estos se los dan a la lejanía histórica y en eventos coyunturales.[2]

Fuentes:

  • Eliade, Mircea (2011). El mito del eterno retorno. Madrid: Editorial Alianza.
  • Gadamer, Hans-Georg (2002). Verdad y método. Salamanca: Editorial Sígueme.
  • Ricoeur, Paul (1990). Historia y verdad. Madrid: Ediciones Encuentro.

Créditos de imagen:

Frank Ankersmit, tomada del sitio https://interlitq.wordpress.com/2014/03/30/in-ghent-belgium-frank-ankersmit-discusses-history-as-the-science-of-the-individual/

Citas y notas:

[1] Paul Ricoeur, “Perspectivas críticas, objetividad y subjetividad en historia”, en Historia y verdad, pp. 23-40.

[2] Mircea Eliade, El mito del eterno retorno, p. 16.

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