CIENCIA, EPISTEMOLOGÍA E HISTORIA. ¿ES LA HISTORIA UNA CIENCIA?

Epistemología

Por Gerardo Morales Jasso.

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios).

Universidad de Guanajuato.

Si los esquemas de los que partimos confunden parte y forma de lo real, es necesario reflexionar sobre nuestra epistemología. De otra forma podríamos ser engullidos por traiciones similares a las que presenta Magritte en La trahison des images.

Habría que reconocer que no sólo partimos de nuestra percepción individual, sino que se nos ha heredado culturalmente una cosmovisión, así como una forma de entender el mundo y darle sentido que bien podemos abrazar acríticamente o cuestionar en algún grado, entendemos por qué el ataque ilustrado contra la tradición y la ingenuidad de considerar que los esquemas científicos ilustrados, y aún más los contemporáneos, son puros; y más aún cuando nos hemos percatado de que “La propia verdad científica es histórica.” Recientemente, se ha planteado desde las ciencias naturales, sociales y las humanidades que éstas contenían “presupuestos que en muchos casos incorporaban prejuicios o modos de razonamiento a priori que no tenían justificación teórica ni empírica, y que era preciso elucidarlos, analizarlos y remplazarlos por premisas más justificables”.[1]

Pongamos en duda tan sólo los compartimentos estancos del árbol del conocimiento mismo, los cuales, desde el siglo de las luces se han ido especializando aún más, proceso en el cuál sus creadores y científicos han enfatizado la necesidad de autonomía. Como resultado, partiendo de un supuesto universalismo desde cada rama, los conocimientos transmitidos y los modos como se transmiten se fueron afinando también. “Históricamente esto significa que una vez institucionalizada una disciplina sus afirmaciones universalistas son difíciles de desafiar con éxito, independientemente de cuál sea su plausibilidad intelectual presente.”[2] ¡Como que vamos entendiendo el truquillo! Para que una rama pueda criticar el desenvolvimiento de la otra es necesario conocer su metalenguaje y si la forma en que usan su lenguaje es inválido dentro de una lógica profunda para una de las ramas, pero es funcional en la que se está malempleando, no tendría ningún sentido ajustar el metalenguaje ¡Por eso la necesidad de autonomía! Por falta de humildad intelectual, puesto que en la búsqueda del conocimiento la consecución del objetivo es lo primordial y por lo que hemos visto tal autonomía tiende a que una rama no aporte en la otra y que muy poco le aporten las ramas más lejanas que quizá podrían hacerlo. Sí, la autonomía ha potencializado a las ciencias, pero, ojo, no integra las potencias, que al mismo tiempo podría potencializarlas n veces más. A su vez la autonomía junto a la aspiración universalista de la disciplina actúa como camisa de fuerza; pues, como indica Wallerstein, el universalismo no es más que un particularismo disfrazado, un parroquialismo que podríamos traducir en científicos tuertos o “contentos con una sola percepción”.[3]

Y las de arriba no son las única sentencias sugerentes de Wallerstein, menciona que el mismo esquema desarrollista al que sirve la ciencia, a veces como objetivo fundamental, parte de la tesis de que existe un camino modernizante común para todas las naciones, pero que las naciones se hallan en diferentes etapas de ese camino.[4] Con lo que podemos concluir que la ciencia forma parte de la política pública mediante el esquema desarrollista.

Así como la ciencia se ha levantado en una especie de ídolo, críticas desde dentro de las ramas e incluso desde ramas distintas la revelan como no tan incólume como se pretendía en el siglo XIX. Habría que estar al tanto de lo anterior para responder a Rodrigo Ahumada cuando menciona que “toda la disposición intelectiva del historiador (también la disposición humana), juega un rol de gran importancia en el logro de la verdad histórica: situación totalmente diversa a lo que ocurre con la objetividad científica (ciencias particulares), donde todo lo que pertenece a las disposiciones subjetivas del sujeto cognoscente debe desaparecer.”[5] Pues para Ahumada la historia trata de lo individual y contingente, mientras que la ciencia de lo universal; por lo que no puede establecer leyes; con lo que concluye que la historia no es ciencia. Su punto de vista deja a la historia del lado de las certezas que muestra, por ejemplo, la astrología, pues menciona que “El hecho de que la historia no sea una ciencia en el sentido propio o riguroso que tiene ese término, no implica en ningún caso, que el discurso elaborado por el historiador no sea capaz de establecer conclusiones y certezas, que se encuentran en un orden totalmente diverso al del conocimiento común y ordinario.” Para responder a Ahumada retomaremos a Wallerstein, quien hace notar que los sistemas físicos estables y reversibles en el tiempo “sólo representan un segmento particular y limitado de la realidad” y que en física existen sistemas en equilibrio o cercanos a éste, como que están lejos del equilibrio. La física del siglo XX y del XXI se está hallando cada vez más en el terreno de lo individual y contingente; por lo tanto “las leyes que podemos formular solamente enumeran posibilidades, nunca certezas”.[6]

Como podemos ver a través de estos ejemplos y como lo muestra también la epistemología de las ciencias (como los biólogos Humberto Maturana y Francisco Varela mediante El árbol del conocimiento ); no sólo la historia, sino toda ciencia está constituida de verdades operativas y transitorias.  De modo que aunque las objeciones, posmodernas o no, a “la verdad, la objetividad y la historia son difíciles de ignorar […] por otra parte, ponen el dedo en la llaga: hay que reconfigurar urgentemente los modelos decimonónicos de ciencia e historia”.[7]


[1] Immanuel Wallerstein, “Debates en las ciencias sociales, de 1945 hasta el presente”, en Abrir las ciencias sociales, México, siglo XXI, 2004, pp. 61, 63.

[2] Immanuel Wallerstein, ibid., p. 54.

[3] José Alfredo Uribe Salas y María Teresa Cortés Zavala, “Introducción”, en José Alfredo Uribe Salas y María Teresa Cortés Zavala (Coord.), La Historia y su Relación con otras Disciplinas, México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo Facultad de Historia, 2003, p. 14.

[4] Immanuel Wallerstein,  op. cit., p. 44.

[5] Rodrigo Ahumada Durán, “Problemas y desafíos historiográficos a la epistemología de la historia (segunda parte)”, en Comunnio, no. 3, 2000,  p. 105.

[6] Rodrigo Ahumada Durán, ibid., p. 68, passim.

[7] Joyce Appleby, Lynn Hunt, Margaret Jacob, La verdad sobre la historia, Barcelona, Editorial Andrés Bello, 1994, p. 195.

Nota: Esta entrada al blog sólo se ha llevado a cabo en un primer nivel de reflexión, lo que no impide que la discusión salte a otros niveles, lo que implica que la pregunta “¿es la historia una ciencia?” aún queda en el aire, pero se intenta dar un paso sui generis en su respuesta.

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6 comentarios en “CIENCIA, EPISTEMOLOGÍA E HISTORIA. ¿ES LA HISTORIA UNA CIENCIA?”

  1. Solrac Says:

    ¿La Historia o la Historiografía?

  2. Carlos Ernesto Saldaña Says:

    Me parece un debate interesante, pero como mencionas, se necesita esclarecer un poco mas los modelos decimononicos, o en su caso como se menciona en el texto, reconfigurarlos.

    • Cristian Rea Says:

      Es claro que esta reconfiguración podría traer varias consecuencias tanto positivas como negativas, pero que tan aceptable podrían ser estos modelos decimonónicos, ya que de alguna manera un cambio de esta índole podría ser una apuesta bastante arriesgada.

  3. Mariana Perea Says:

    Creo que no sólo se debe reconfigurar los modelos decimonónicos, también debemos cuestionarnos sobre qué tan aceptable sería enfrentarnos a la posibilidad de que en esta re configuración se rompa de forma abrupta nuestra percepción de conocimiento, ¿qué tan fuera de nuestro paradigmas aceptaremos estar?

  4. Miriam Says:

    Pero, solo basta con reconfigurarlos y abstenernos a nuevas posibilidades y ruptura en nuestros paradigmas actuales?


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