LA IMPORTANCIA DE LA PODA DEL ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO ILUSTRADO.

Por Gerardo Morales Jasso

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios).

Universidad de Guanajuato.

Se necesita tener una mirada muy fina para encontrar en la Enciclopedia una colaboración fundamental con el saber de hoy; de otra forma pasará inadvertida y parecerá desilusionante a quien la consulte “con la intención de encontrar las raíces ideológicas de la modernidad”. Robert Darnton lo logró y lo que encontró habría de tener incidencia en nuestra propia epistemología pues los enciclopedistas no sólo retomaron las tendencias previas de hacer diagramas o mapas del conocimiento, sino que lo hicieron selectivamente. Diderot y D’Alembert se basaron en Ephraim Chambers quien, como Bacon, “representó las divisiones del conocimiento como ramas de un árbol, relacionadas con las tres principales facultades de la mente: la memoria, la fuente del conocimiento histórico; la imaginación, la fuente de la poesía; y la razón, la fuente de la filosofía. Sin embargo, estas facultades desaparecieron cuando representó el árbol en un diagrama.” Pero tuvieron que remitirse a Bacon, quien sugería “que las artes y las ciencias surgían de las facultades de la mente.” De este modo abandonaron buena parte del esquema de su fuente inmediata con el fin de basar el conocimiento en la epistemología. No obstante, tampoco siguieron a pie juntillas a Bacon, pues redujeron la importancia de la historia eclesiástica, mientras que la historia natural según muestra Darnton, tuvo la parte más amplia y original en la Enciclopedia. De hecho sometieron la religión a la filosofía al mostrar a la filosofía  como el tronco principal, así que la descristianizaron.[1]

En su Discurso preliminar (un manifiesto importante de la Ilustración), d’Alembert lamentó la Edad de Oscurantismo y celebró el Renacimiento, para luego concentrarse “en los más importantes grandes hombres: Bacon, Descartes, Newton y Locke.” En este esquema Bacon aparece como el progenitor de la filosofía, pero también como quien “no pudo romper completamente con la escolástica”, de modo que Descartes fue quien realizó esta tarea y liberó a la filosofía de los grilletes que la atrapaban “desde la época de Santo Tomás de Aquino, si no de Aristóteles”. Sin embargo, “D’Alembert aclamó al Descartes que dudaba, y no al Descartes metafísico.”[2]

Darnton no considera el Discours préliminaire un modelo de claridad, pues como Bacon, d’Alembert “se propuso producir un mapppemonde circunnavegando el mundo del conocimiento, pero se salió de curso, cayó en contradicciones, e incurrió en inconsistencias cuando trató de encontrar un camino en todo lo que se había acumulado desde la época de Bacon […]. D’Alembert realizó un viraje audaz de tipo lockeano. Explicó que todo el conocimiento se derivaba de las sensaciones y la reflexión.” Con lo que La Enciclopedia resultó una poda del “árbol de Bacon a la manera de Locke” en la que “alinearon la morfología con la epistemología”.[3]

Esta difícil tarea generó argumentos problemáticos e incompatibilidades, por ejemplo en el Discours préliminaire, d’Alembert “inconscientemente utilizaba idiomas distintos.” Este filósofo “escribió a la vez en lenguaje escolástico, cartesiano y lockiano [sic], que se codeaban en el discurso filosófico. Fácilmente pasaba de un idioma a otro cuando se descuidaba o necesitaba conciliar algún punto difícil.” Al intentar demostrar la cohesión de las artes y las ciencias realizó sus argumentos tanto epistemológica como morfológicamente.[4]

De esta forma, estos philosophes rehicieron las fronteras del mundo del conocimiento, alzándose contra las categorías preestablecidas y estableciendo nuevas. Con lo que entraron a un terreno tabú. Por esta labor “llegaron a ser reconocidos o denigrados”. Como “los apóstoles seculares de la civilización” se opusieron a “los campeones de la tradición y la ortodoxia religiosa”. Por eso, y por desterrar a la teología como reina de las ciencias, en su tiempo fueron humillados e ignorados. En ese contexto d’Alembert elogió “al hombre de letras por ser un luchador solitario en la batalla por la civilización, y luego promulgó la declaración de independencia de las gens de lettres como grupo social.” Para ellos, la civilización había sido obra de los hombres de letras y desde entonces con más razón debería serlo, por eso d’Alembert consideró que los hombres de letras “merecían el aplauso de la humanidad” pues “habían luchado por la causa de la Ilustración desde el Renacimiento y especialmente desde el reinado de Luis XIV”.[5]

Al trazar el árbol genealógico de todas las ciencias y las artes con el fin de mostrar el origen del conocimiento y las conexiones que cada rama tiene con las otras en su tronco común, los  philosophes colaboraron con la secularización de la educación; lo cual se hizo aún más patente con “el surgimiento de las modernas disciplinas académicas durante el siglo XIX”. Pero no hay que olvidar que “el compromiso clave se realizó en la década de 1750, cuando los enciclopedistas reconocieron que el conocimiento significaba poder” por lo que deslindaron el mundo del conocimiento.[6] De forma tal que, y eso es lo significativo epistemológicamente, la conquista que se hace del conocimiento hasta el día de hoy no se hace totalmente fuera de esos esquemas.

En el esquema ilustrado todo conocimiento se basó en memoria, imaginación y razón; dotándolas de cierta independencia. De la memoria se desarrolló la historia, que se dividió en eclesiástica, civil y natural, considerándose entre esta última la división entre la de la naturaleza uniforme y la irregular. De la primera formaron parte la historia celestial, la de los meteoros, la de la tierra y del mar, la de los minerales, la de los animales y vegetales, así como la de los elementos. De la segunda formaban parte las maravillas encontradas en cielo, mar y tierra; así como lo monstruoso entre lo animal, lo vegetal y lo mineral. Otra rama de la historia natural fue la de las artes y manofacturas y sus usos, formando parte de esto la joyería, la orfebrería, la creación de armas, la escultura, la arquitectura, la labor del curtidor y las extracciones de productos. De la imaginación se desprendió la poesía, la narrativa, la música, la escultura, la pintura, el grabado, el teatro, entre otras obras de arte. De modo que encontramos varias cosas en ambas ramas.

De la razón se desprendió la filosofía, de la cual se desprendía la ontología, el conocimiento del hombre y el conocimiento de la naturaleza; del conocimiento del hombre se desprendían la teología, la lógica y la ética, cada una con sus subramas; y del conocimiento de la naturaleza se desprendieron las matemáticas, la física y la química que tuvieron, a su vez, sus diversas subramas. Estas subdivisiones no son totalmente como ahora las vemos: la medicina formaba parte de la física mediante la zoología, la pirotecnia, la tintorería  se consideraban parte de la química, así como la magia natural; diferente de la magia negra y la adivinación, consideradas parte de la teología. Dentro de la higiene, rama de la medicina, podemos encontrar la cosmetología y el atletismo; y así podemos encontrar otras rarezas.[7] Al ritmo de Occidente, el árbol del conocimiento tuvo su devenir, por lo que también continuó mutando.


[1] Robert Darnton, “Los filósofos podan el árbol del conocimiento: La estrategia epistemológica de la enciclopedia”, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, México, Fondo de Cultura Económica, 1987 [2006], pp. 192, 198, 199-202.

[2] Robert Darnton, ibid., pp. 207, 208.

[3] Robert Darnton, ibid., pp. 203, 206.

[4] Robert Darnton, ibid., pp. 205-206.

[5] Robert Darnton, ibid., pp. 194, 207, 209-210.

[6] Robert Darnton, ibid., pp. 197, 211.

[7] Robert Darnton, ibid., pp 212, 213.

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