LA (MACRO)TRADICIÓN EPISTEMOLÓGICA DE LA QUE PARTIMOS

 

Por Gerardo Morales Jasso

Maestría en Historia (Estudios Históricos Interdisciplinarios)

Universidad de Guanajuato

A pesar de que las ciencias son “formaciones socioculturales” que “son esencialmente una actividad humana constructiva que produce un tipo particular de conocimiento de las siguientes características: crítico racional, organizado, sistematizado, transmitido y desarrollado históricamente”;  generalmente se presupone que los principios científicos “no son ilusos, ficticios y arbitrarios”.[1] ¿Y qué podría dar cuenta de si es realmente ilusa y arbitraria o no? Lo que es y han sido las ideas es una de las especialidades de la historia, por lo que esta podría ser la que da cuenta de lo anteriormente planteado.

Habría que partir, entonces, de que la ciencia antes que un reflejo en continúa mejora de la realidad, es el pensar de una parte de la sociedad occidental; la cual se enfrento a la realidad en la que vivía bajo diversas categorías, algunas de las cuales fijó con mayor empeño y otras dejó más móviles. En occidente las fronteras se ven como peligrosas (a algunos también les llama la atención), especialmente toda aquella cosa que no queda dentro de las categorías con las que se piensa el mundo, pues si las fronteras “quedan desprotegidas, pueden ser violadas, nuestras categorías pueden destruirse y nuestro mundo disolverse en el caos”.[2]

De modo que como seres individuales, cuando nos enfrentamos ante nuevas experiencias o nuevas categorías (como un pez con alas y un animal ovovivíparo, que rompen con ciertos esquemas con los que se piensan las especies) se puede buscar que el mundo entre en nuestros esquemas de raciocinio y experiencia; pero cuando no sucede así quedan dos salidas: mitificar el mundo a partir de nuestras categorías o investigar el mundo y modificar nuestras categorías.

Por ejemplo ¿cuántos colores tiene el arcoiris? Y ¿cómo hacen los gallos? La respuesta que quizá dio el lector fue, respectivamente, siete colores y kikiriki. Sin embargo, en los idiomas kimrico, francés, chona y bassa habrían respondido con otro número (véase la imagen adjunta). Además, la física asevera que la luz blanca se descompone en un espectro continuo del que percibimos una cinta luminosa coloreada; de modo que en realidad tales colores, en su especificidad, son convenciones culturales y no tienen una existencia por sí sola, de modo que el arcoíris no tiene siete colores. En cuanto al canto del gallo, la semejanza al sonido que escuchamos es sólo eso, una semejanza; pues un gallo cantará según donde se le escuche de forma distinta. Por ejemplo cocoricó o coquericó en francés, quiqcquiriquí en italiano, cucrucú en rumano, kikerikí en alemán, kukelukú en holandés y kokekokkó en japonés. Aunque pareciera que este animal se amoldara al genio propio de cada cultura, más bien, es la cultura la que actúa como lentes, guantes, audífonos y cualquier aparato extracorporal que se interpone entre nuestros sentidos y la realidad externa a nuestro cuerpo, con lo que nos hace movernos no ya en La Realidad, sino en una “realidad percibida”. Cada cultura reproduce miméticamente los sonidos que imita, pero de acuerdo a su idioma, pues cada lengua, puede “desglosar de modo diferente el mismo continuum del mundo tomado en consideración”.[3]

Tras estos ejemplos, podemos afirmar que en la vida, al enfrentarnos “a un conjunto inconcebible de categorías”, nos exponemos “a la arbitrariedad de la manera como clasificamos las cosas” pues si “ordenamos el mundo de acuerdo con las categorías que damos por supuesto es, sencillamente porque están dadas”. De modo que el espacio epistemológico “es anterior al pensamiento, y por ello tienen un extraordinario poder de permanencia”. Pero “Cuando nos enfrentamos a una manera extraña de organizar la experiencia, percibimos, sin embargo, la fragilidad de nuestras categorías, y todo amenaza con caer en el caos. Las cosas se mantienen unidas sólo porque pueden acomodarse en un esquema clasificatorio que no es cuestionado. […] Clasificar, por consiguiente, es ejercer el poder.”[4] ¿Y cuándo en occidente se ejerció el poder y se clasificó el conocimiento de la realidad? Si bien, ha habido diversos momentos, nos concentraremos en uno: en el del enciclopedismo.

“El debate acerca del “método” y la “disposición” correcta en el ordenamiento del conocimiento conmocionó a toda la república de las letras en el siglo diez y seis”, de modo que se criticó el conocimiento escolástico y su disposición. Del siglo XVI se generalizó la tendencia de

“comprimir el conocimiento en esquemas, generalmente diagramas tipográficos, que ilustraban las ramas y las bifurcaciones de las disciplinas de acuerdo con los principios de la lógica ramista. Así el impulso de hacer diagramas (una tendencia a hacer mapas, a trazar y espacializar las diversas partes del conocimiento) fundamenta la tendencia del enciclopedismo.”[5]

De modo que además de recabar el conocimiento disponible para ese entonces, los enciclopedistas lo clasificaron y “Como Bacon, Diderot y d’Alembert empezaron con la historia, la rama del conocimiento derivado de la memoria; […] la dividieron en cuatro su ramas: eclesiástica, civil, literaria y natural”, pero las proporciones de sus esquemas diferían completamente de las de el esquema medieval. Para ellos la historia eclesiástica sería una rama menor, de modo que el lugar de la historia natural en los árboles del conocimiento medieval e ilustrado es “exactamente el inverso”, ocupando “una gran área en el árbol enciclopédico”.[6]

Si bien el árbol del conocimiento se ha compartimentado aún más; actualmente es de ese árbol del cual, en general, partimos y no de la epistemología de los helenos, o de los medievales, o de los orientales. Incluso, actualmente se le hacen críticas implícitas a este árbol desde la transdisciplinariedad y la unidisciplinariedad. De hecho, la llamada Escuela de los Annales lo llegó a hacer interdisciplinariamente.

Si colocamos a la ciencia contemporánea como heredera de tal clasificación, tendríamos la obligación no sólo de pensar científicamente, sino de pensar el mundo con categorías distintas a las nuestras. Por ejemplo, podemos decir que la ciencia llamada física estudia la realidad física no solo como parte de lo real, sino también como forma de lo real; pues es “parte” al tener existencia, y “forma” ya que parte de un determinado esquema de fragmentación del conocimiento heredado de la Ilustración. ¡Ya podemos contemplar lo arbitrario que hay en ella!

Es posible que hasta ese punto tan profundo del conocimiento podamos encontrar el realismo ingenuo que criticó José Luis Romero, quizá como el criticaba, hemos elevado el cientificismo a una superstición generalizada.[7] He allí otra razón de la necesidad de tener conciencia histórica.


[1] Enrique Moradiellos, “¿Qué es la historia?”, en El oficio de historiador, México, Siglo XXI, 1994, pp. 1 y 5.

[2] Robert Darnton, “Los filósofos podan el árbol del conocimiento: La estrategia epistemológica de la enciclopedia”, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, México, Fondo de Cultura Económica, 1987 [2006], p. 193.

[3] Joseph Courtés, “Cuestiones previas y perspectivas”, Análisis semiótico del discurso. Del enunciado a la enunciación, Madrid, Gredos, 1997, pp. 30-31, 65.

[4] Robert Darnton, ob. cit., p. 193.

[5] Robert Darnton, ibid., p. 194.

[6] Robert Darnton, ibid., p. 199.

[7] José Luis Romero, “La historia y la vida”, en La vida histórica, México, siglo XXI, 2008, p. 33.

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3 comentarios en “LA (MACRO)TRADICIÓN EPISTEMOLÓGICA DE LA QUE PARTIMOS”

  1. Alejandro Meza Says:

    Al leer el texto me salta a la mente -digamos a la memoría, para hacer alusión al árbol del conocimiento- la reflexión que hace Michel Foucault, en el prefacio de su libro “Las palabras y las cosas”, sobre un cuento de Borges. El escritor argentino nos ofrece una extraña clasificación de una “cierta enciclopedia china” en donde “los animales se dividen en a) pertenencientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones e) sirenas, […] h) incluidos en esta clasificación, […] j) innumerables, […] l) etcétera, m) que acaban de romper un jarron […]” (1). Para el filósofo francés, la monstruosidad que circula en el texto sólo puede yuxtaponerse en el no-lugar del lenguaje (2). Más tarde Foucault nos advierte: “[…] existe en toda cultura, entre el uso de lo que pudieramos llamar los códigos ordenadores y las reflexiones sobre orden, una experiencia desnuda del orden y sin modos de ser”(6).
    No sabemos -o pretendemos no saber- hasta que punto el orden de nuestras sociedades es una arbitrariedad en función del control, en función de las instituciones del poder. Así, la experiencia “sin modos de ser” entrará en nuestra clasificación irremediablemente, ya sea como el otro, el loco, el raro (9).
    La ciencia, estandarte irreductible de la modernidad, no escapa a esta regla de construcción mediante convencionalismos, de ahí que para el filósofo francés -y para otros pensadores- las ciencias de lo humano, el humano como sujeto de estudio, corren la misma suerte de la modernidad, una vez que ésta se tambalea ante la noción de sus propios límites y la imposibilidad de sus extensas ambiciones.


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