EL DIABLO IMAGINADO.

Reseña del libro El Diablo en la Nueva España, de Javier Ayala Calderón, leída en la presentación del mismo el día 11 de abril de 2011 como parte de los eventos de la 53 Feria del Libro y Festival Cultural Universitario de la Universidad de Guanajuato


Por Miguel Ángel Guzmán López


El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres. 

Kark Kraus

Cuando se habla de la historia del imaginario hay dos términos clave que es necesario tomar en cuenta para evitar ser presa de la confusión. El primero de ellos es el vocablo ‘imaginación’ que, derivado del latín imaginatio, hace referencia a la facultad de representarse imágenes, es decir, de evocar objetos que ya han sido vistos o percibidos, o bien, formar imágenes de objetos nunca percibidos y hacer combinaciones nuevas de imágenes.[1] El segundo término es, justamente, ‘imaginario’, del latin imaginarius, que en una primera instancia se inscribe en las lenguas romances como un adjetivo que denota lo irreal o ficticio pero que en tiempos recientes ha comenzado a significar, a modo de sustantivo, ‘el dominio de la imaginación’.[2] Por lo tanto, se puede afirmar que cuando se hace historia del imaginario popular el investigador no está interesado solamente en las representaciones de una realidad vivida o pensada por una comunidad, sino también –y sobre todo- en el ámbito que dichas representaciones constituyen como formas institucionalizadas por medio de las cuales la sociedad humana percibe al universo y a sí misma.

Ambos términos, imaginación e imaginario, más que excluirse mutuamente se complementan, pues un estudio del imaginario está siempre relacionado con las nociones de imaginar como un acto del pensamiento, de representar materialmente esas ideas, y de la institución de una idea de mundo mediante la asunción, consciente o no, de esa idea de mundo a manera de una convención social.

Quien piensa que la historia del imaginario es poco fiable porque trabaja con representaciones que en una primera instancia son de orden mental olvida que tales figuraciones no se quedan siempre en la mente del individuo, sino que éste las expresa, las comparte y las discute al grado de ocurrir lo que Dilthey calificaba como la objetivización de la subjetividad, es decir, la exteriorización material de un pensamiento a través de manifestaciones que irían desde lo gestual hasta lo verbal e iconográfico. Para Dilthey el conocimiento de un interior a partir de signos dados sensiblemente desde fuera puede llamarse comprender.[3] La historia del imaginario bien puede encontrar sus bases en la hermenéutica Ditheyiana porque parte precisamente de la exteriorización de un pensamiento, porque sabe que detrás de una manifestación externa se encuentra una forma de pensar; pero al mismo tiempo este tipo de historia trasciende este campo y se proyecta hacia los estudios de índole cultural porque las exteriorizaciones de una idea no son sólo las de un individuo sino las de una sociedad entera, y es esto lo que le da su relevancia como una investigación sociohistórica.

Así, cuando Javier Ayala Calderón nos presenta un libro de historia seductoramente titulado El diablo en la Nueva España[4] no significa que encontraremos en él la historia del Diablo sino la historia de la idea que la sociedad novohispana tuvo de él a partir de toda una serie de conceptos teológicos e ideas relacionadas que desde siglos antes venían heredándose como una tradición y que al mismo tiempo fueron adaptándose a cada circunstancia presente.

Este es el tercer libro de un historiador de los pocos en Guanajuato que se dedican a estudiar el imaginario popular. Previamente a este, Javier ha publicado Yuriria en el siglo XVI y Un lugar entre los santos. En el primero de ellos propone un vínculo interesante entre el simbolismo de la orden agustina en Yuriria y la organización urbanística de ese lugar; en el segundo se adentra en el estudio del imaginario de la orden de los monjes Franciscanos tomando como eje la idea de la santidad. En El diablo en la Nueva España Javier repite la agradable oportunidad de leer a un historiador que es ameno sin perder para ello un ápice de rigor metodológico, y aunque esta combinación, rara avis en el mundo historiográfico, pudiera antojarse un asunto atribuible al mismísimo demonio, lo mejor es reconocer que en Javier habita un talento pedagógico que no tiene nada que ver con las artes oscuras sino con horas de arduo trabajo y un encarnizado acoso crítico del objeto de estudio.

Para abordar las concepciones diabólicas novohispanas el libro inicia su itinerario a principios del siglo XIV a. C. momento en el que pueden encontrarse las primeras referencias históricas del pueblo hebreo y de su concepción religiosa que era ya de corte monoteísta y en la cual la idea de un ser maligno distinto al propio Dios como origen de todo mal aún no existía y que no aparecerá sino algunos siglos después. Podemos entender esta decisión justamente en el hecho de a pesar de que el interés específico de Javier se centra en la Nueva España, no es posible comprender cabalmente a la figura diabólica sin la tradición que le condujo hasta ese punto en particular de la historia, y en el cual se renueva en virtud de la contingencia que caracteriza al devenir histórico.

A partir de ahí, el libro continúa abordando una extensa serie de relaciones que particularmente tuvieron los españoles con respecto a las civilizaciones mesoamericanas y luego al orden novohispano que, influidas por esta tensión entre tradición y adaptación a la circunstancia presente, terminan por traducirse en un ejercicio del poder en el que el imaginario tiene posiblemente la más directa de sus consecuencias sociales. Este es un punto que hay que enfatizar: el imaginario de una sociedad, es decir el ámbito de la imaginación del orden de mundo que un pueblo se hace, tiene consecuencias de carácter social que van más allá de la mera representación y que entonces se traducen en acciones individuales y colectivas, en prácticas recurrentes y finalmente institucionalizadas, que regulan la vida de toda sociedad. Aquí radica la mayor justificación de un estudio histórico del imaginario: que ayuda a explicar acciones o hechos –que bajo la mirada del historiador se convierten en hechos históricos– que encuentran su origen, su explicación y entendimiento en el ámbito de lo imaginado.

Así, lo que en primera instancia parecía un objeto de estudio inmaterial y huidizo, se revela como una realidad indudablemente palpable, muchas veces mediada por relaciones de poder que encontraban en el imaginario su justificación ¿O no era la conquista de los pueblos mesoamericanos impulsada en parte por la idea de ‘liberar’ al indígena de un orden demoníaco que parodiaba al orden divino? ¿No era justificable la sujeción de las mujeres y los negros por sus ‘naturales’ vínculos con el Diablo?

Estas preguntas no tienen la finalidad de dirigir esta reseña hacia una crítica política del pasado, ingenuamente orientada por los preceptos del presente, sino que se usan aquí para poner de relieve, de una manera chocante, las fuertes repercusiones que el ámbito de lo imaginado tiene sobre el mundo de la acción, y que entonces propuestas como la que hace Javier Ayala, de estudiar las representaciones del Diablo, lejos de significar una cuestión metafísica, constituyen un serio estudio de la realidad y de su acción en el ser humano.

En este punto es importante señalar que Javier incluye en su libro bastantes ejemplos, que han quedado documentados en los archivos inquisitoriales, de la supuesta relación diabólica basada en las cuestiones de estatus social, de género y raciales. En estos casos es interesante notar cómo en una situación de confrontación de las personas con los mecanismos del poder, tanto la parte acusada como la acusadora asumen los contenidos del imaginario de una manera en la que, al tiempo que se denota la vigencia de la creencia en lo dicho, se hace un uso ‘conveniente’ de tales contenidos.

De esta forma el libro de Javier revela historias de mujeres que se decían azotadas o seducidas brutalmente por el maligno, a quienes supuestamente se les aparecía bajo la forma de un negro; o viajeros que se lo encontraban en una caverna, entronizado y listo para establecer un pacto con los infelices mortales que habían sufrido la suerte de encontrarlo. Otras veces, la mejor forma que se encontraba para justificar un embarazo no deseado u ocultar un crimen era decirse atosigado por el Diablo.

De entre todas estas historias destacan personajes como la queretana Josefa Ramos, alias La Chuparratones

“…una joven que en el transcurso de los últimos años había ganado notoriedad local debido a un escándalo en el que dejó impotente a su ex amante y desquició con sus brebajes a la pequeña hermana de la esposa de aquel para vengar que la hubiera dejado para casarse con otra. Con enorme sagacidad y sangre fría, sabedora de que la habían visto aproximarse a su víctima para envenenarla, Josefa trató de cubrirse las espaldas denunciándose a sí misma ante el Santo Oficio y diciendo que el culpable de la locura de aquella niña no era ella sino el Demonio, el cual había tomado su forma para acercársele. A pesar de que el juez eclesiástico de Querétaro aceptaba que Josefa era causante de aquellos delitos, y que en algún momento la hizo utilizar sus ungüentos para sanar a las dos víctimas, nunca pudo obligarla a hacerlo por completo por no corresponder a su jurisdicción. Como resultado de ello, para 1691 Josefa seguía libre y su fama de hechicera provocaba un temor cada vez más grande entre la gente…”[5]

No es posible contener en una reseña como ésta la riqueza del contenido simbólico y social que Javier Ayala presenta en los ejemplos de su libro y su igualmente rico análisis. Ya tendrá el lector la oportunidad de verificar personalmente el atractivo y la calidad del trabajo de este historiador. Mejor resulta subrayar que, dentro de sus conclusiones, Javier señala que en el tiempo en el que Nueva España existió no hubo una figura del Diablo que pudiera considerarse única, dado que las variables consideraciones del maligno dependían de factores como la forma en cómo los diversos grupos sociales novohispanos asumían una tradición que les llegaba de Europa -misma que de entrada ya contenía una vertiente culta y otra popular de las relaciones demoníacas con los mortales-; o factores que tenían que ver con las descripciones legadas por diversos estudiosos a través de sus textos, en los que el Diablo podía aparecer bajo muy diversas formas animales y humanas. Javier, sin embargo, menciona que en las fuentes escritas predomina el antropomorfismo en las apariciones diabólicas, y muy concretamente predominan los tipos raciales negro y mulato.

¿Por qué el indígena no aparecía como tipo racial en el que pudiera manifestarse el Diablo? Esa es una pregunta con la que pretendo incentivar la curiosidad de quien conozca esta reseña, por si aún hubiera algún espíritu insensible que aún con todo lo dicho no se haya visto conmovido lo suficiente para merodear al menos por las páginas de este excelente y ampliamente recomendable estudio al que califico como una bocanada de aire fresco.

Felicidades a Javier Ayala por su libro El Diablo en la Nueva España.


[1] Belinski, Jorge (2007) Lo imaginario, un estudio. Buenos Aires; Nueva Visión. P. 13.

[2] Idem.

[3] Dilthey, Wilhelm (2000) Dos escritos sobre hermenéutica. Madrid; Itsmo, p. 25.

[4] Ayala Calderón, Javier (2010) El diablo en la Nueva España. Visiones y representaciones del Diablo en documentos novohispanos de los siglos XVI y XVII. Guanajuato, Universidad de Guanajuato.

[5] Ibidem, p. 245.

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6 comentarios en “EL DIABLO IMAGINADO.”

  1. Altagracia Rocha Martínez Says:

    La Historia Cultural últimamente ha estado haciendo de las suyas. El profesor Javier Ayala es uno de sus claros exponentes dentro de nuestras aulas; su rigurosidad metodológica y el manejo ambivalente de las fuentes -una lectura aparente y otra entre líneas de los documentos- nos hace creer en la posibilidad de reconstruir ese imaginario pasado que muchas veces escapa a nuestra capacidad de investigación por más de una circusntancia: el sentimiento de familiaridad con el pasado que nos impide ver más allá de nuestro propio presente; el dichoso problema de las fuentes, que tiene que ver más con la lectura que de ella se haga que con lo que por sí misma nos pueda proporcionar; o la creencia de que el imaginario sólo son las ideas de una comunidad cuando, como dice el maestro Miguel Ángel, estas llegan a institucionalizarse y dominar la actividad cotidiana de las personas.
    No he tenido aún el gusto de leer este libro, pero según la reseña, en él la investigación histórica da explicación a algunos aspectos sociales, políticos e incluso psicológicos del colectivo novohispano. Ésta es una historia académica, que si bien no busca imponerse a las versiones oficialistas, ofrece nuevas miradas a un pasado ya muchas veces revisado, pero no por ello comprendido.

  2. Sergio Andrès Tapia Bucio Says:

    No he tenido la oportunidad de leer este libro, pero esta reseña lo hace bastante interesante. La historia del imaginario es sin duda una de las grandes temáticas aún no abordadas por muchos historiadores; creo que el profesor Ayala la maneja muy bien, ya que no sólo es saber qué o quién es el objeto imaginario, va más allá, se trata de entender el porque de ese objeto, qué representación colectiva tiene, además de un estudio màs profundo en la mente y los escritos de cada una de las personas que lo imaginaron. Una excelente reseña, ojala pueda leer el libro pronto.


  3. No he leido el libro del Profesor ayala Pero claro que lo leeremos…
    quisiera saber si en el Mèxico Prehispanico se tenia un concepto de algo equivalente al Diablo europeo, o no lo habia. Sabemos del Famoso Nahualt que tenia el poder de convertirse en cualquier clase de animal, ¿pero es prehispanico o fue introducido o influido de cierta manera por la idea que tenian los europeos del diablo?.
    Segùn mi entender los pueblos mesoamericanos no tenian la nocion del mal como lo tenian los europeos, que asociaban la oscuridad y la muerte inmediatamente con el mal y el maligno, mientras que el hombre mesoamericano veia esto como complemento no necesariamente malo, esto es para que exista luz debe existir oscuridad, para que exista vida debe existir la muerte..
    ¿que libros tienen informacion de este tema?..
    Incluso sus dioses se complementan entre si huizilopoctli- tezcatlipoca por poner un ejemplo…

  4. Marco Antonio Hernández González Says:

    La labor del historiador al hablar del pasado es difícil, pero lo es más, al tratar de dar a conocer como era el imaginario colectivo, en este caso, la percepción que se tenía sobre el diablo. Creo que el historiador debe de tener un conocimiento amplio sobre el tema que va a dar a conocer, además, es importante saber manejar las fuentes, pero sobre todo manejar la subjetividad sin que afecte a la objetividad. No he leído el libro, pero por la reseña me parece que el profesor Ayala hace un excelente trabajo. Felicitaciones.

  5. Pako Says:

    Al abordar cualquier tema relacionado o ligado a la labor del historiador debemos de manejarlo de la manera más delicada posible, para no caer en malas interpretaciones ni en subjetividades. En este caso en el cual el doctor Javier Ayala habla del tema del diablo en el México de la Nueva España,se ve perfectamente la laboriosa acción de un historiador, el cual debe analizar de igual manera, un tema relacionado con la imaginación de los individuos que conforman una sociedad, como los sucesos tangibles que se puedan desarrollar dentro de ésta, de una manera meticulosa como la que el doctor realizó en este libro.

  6. Gerardo Spearman Morales Says:

    Ya que mencionó que el Dr. Ayala estudia el imaginario popular vendría bien expresar algo relevante para el tema, y que he visto como una oportunidad para quién esas temáticas tratase.
    El libro Historia Nocturna de Carlo Ginzburg (http://www.mediafire.com/view/?w5vygasf9c9avae) es un libro que analiza el aquelarre en diversas áreas geográficas. Él encuentra en lo que hoy es Rusia, Italia, Alemania, tan sólo por poner lo que recuerdo, fenómenos extraños pero similares entre ellos y bastante separados temporalmente: se trata de los benandantes, de los licántropos, de quienes nacen con la camisa y se dedican a combatir brujas, curar, luchar por la cosecha, por la fertilidad.
    Lo interesante, es que vi hace poco una entrevista de un antropólogo que hace a indígenas en Veracruz y justo estaba pasando en la entrevista sobre un niño que había nacido con la camisa y que excepto por mostrar más trasfondo católico, tenía las características que exhibía Ginzburg en áreas geográficas euroasiáticas. Y la entrevista me hizo suponer que esa creencia popular era más que hispánica, prehispánica.
    De hecho, el diccionario de la medicina tradicional mexicana también lo menciona (http://www.medicinatradicionalmexicana.unam.mx/termino.php?l=1&t=nacer%20en%20zurr%C3%B3n)
    De existir en el virreinato este fenómeno de quienes “nacieron con el don”, “con la marca” o “la camisa”, hacer un seguimiento a tal problema que ha trabajado Ginzburg, en un área cultural tan diferente y lejana sería un aporte muy enriquecedor sobre los imaginarios populares.


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