La Independencia de México desde una perspectiva compleja.

 M. F. Miguel Ángel Guzmán López.

Nota: Este es un comentario a la conferencia Las complejidades de la independencia de México, del Doctor en Historia Marco Antonio Landavazo, presentada el 30 de agosto de 2007 en las instalaciones del Colegio de Historiadores de Guanajuato A.C., como actividad del programa de actividades del Seminario de Independencias de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato. Posteriormente fue publicada en el Boletín del Archivo General del Estado de Guanajuato. Gobierno del Estado de Guanajuato. Dirección del Archivo General. Julio-Noviembre de 2007 (ISSN 1870-1752). 

            Hablar de complejidad es hablar del esfuerzo de dar cuenta de una realidad de manera irreductible a una sola de sus caras. Cuando se aplica este enfoque –desarrollado por las ciencias exactas, e introducido a la teoría social por Edgar Morín[1]– se pretende abordar a los fenómenos del mundo describiéndolos en la totalidad de las diversas relaciones, de diversa índole, que lo componen.

            En esta tesitura, el trabajo del Dr. Landavazo presenta una reflexión acerca de lo que, como él mismo lo señala, se ha convenido en llamar “la independencia de México”, para poner sobre la mesa las complejidades que guarda dicho proceso, estableciendo un contraste con las interpretaciones románticas derivadas de la modernidad decimonónica y del discurso revolucionario de principios del siglo XX, que se caracterizan por señalar que la Independencia constituye una ruptura total respecto a la época virreinal y que ésta fue propiciada completamente por el pueblo llano en busca de emancipación.

            De esta forma, Landavazo llama la atención sobre dos ejes desde los cuales puede apreciarse cómo esas interpretaciones románticas reducen a parcialidades la complejidad de un proceso histórico tan importante para la historia mexicana.

            El primer eje considera, por un lado, los sentimientos e intereses locales de quienes vivieron la guerra de independencia desde su comunidad y región, y por otro, las políticas de alto alcance -como las Reformas Borbónicas- que pueden ser consideradas causas del movimiento insurgente. El descontento social que se vivía en determinadas zonas de la Nueva España y que generaron levantamientos armados, más o menos exitosos, constituyeron expresiones locales en las que las razones particulares de los individuos explican en parte la insurgencia, pero estas manifestaciones locales no deben ser consideradas aparte de la configuración económico-política establecida a gran escala por la corona española, sobre todo a raíz de la llegada de la casa de Borbón a la misma, pues esto generó “… un caldo de cultivo propicio para la protesta social [porque esas medidas conllevaron que una buena parte de la población experimentara] un sensible deterioro en sus niveles de vida”[2]. De la misma forma no podría atribuirse a esas políticas, sin la revelación del descontento social local, el origen de la lucha independentista.

            El segundo eje está marcado por el binomio tradición y modernidad, de manera que plantea la cuestión de qué tanto puede considerarse a la Independencia un carácter de ruptura total respecto al periodo anterior. Landavazo explora entonces los orígenes ideológicos del movimiento, apuntando que a la atribución del pensamiento ilustrado francés habría que oponer el pensamiento político neoescolástico, predominante en el mundo español en aquel momento. Éste afirmaba que si bien “por derecho natural la potestad soberana venía de Dios, ésta pertenecía a la comunidad, de tal suerte que si los gobernantes no creaban un orden para el bien común el pueblo podía tomar medidas para remediar tal situación […] De igual forma, si la soberanía pertenecía a los pueblos, ésta regresaba a ellos mismos si el monarca faltaba, tal y como faltó Fernando VII al ser depuesto por Napoleón”[3]. Con esto se explicaría la inicial postura de los insurgentes de pelear para restituir a Fernando VII en el trono, pero no se descarta la influencia de las ideas modernas ilustradas y liberales, que tuvieron su expresión española en las Cortes de Cádiz, que poco a poco fueron imponiendo un modelo político caracterizado por el establecimiento de un régimen representativo, la separación de poderes, y las elecciones como método de formación del gobierno: “… el individualismo y la ciudadanía se imponen como formas de concebir al hombre en su relación con la sociedad, y empieza el declive del corporativismo como fundamento de la organización social; en fin, aparece y se difunde la libertad de opinión y de prensa y se crea el fenómeno moderno de la opinión pública”[4]. De esta manera se fusiona lo tradicional con lo moderno en el movimiento insurgente, con la aparición de textos, en cuyo discurso “…se haya la necesidad de legitimar la resistencia a Napoleón y la obediencia al rey, y constituir los nuevos poderes. Pero por la forma en que se producen, acarrean transformaciones profundas: por un lado rompen con el esquema vigente en el que era atributo exclusivo de las autoridades la publicación de textos o su control, pues la iniciativa viene ahora de la sociedad; y por el otro las circunstancias llevan a imprimir y reimprimir una enorme cantidad de textos [que constituyen el] germen de un futuro espacio global de opinión”[5].

            Esta complejidad, en todo caso, es mejor apreciable en la medida en que la guerra de independencia de México constituye una coyuntura histórica y que, por ende, implica un momento en el cual se genera un cambio en el que muchos aspectos de carácter estructural se modifican o definitivamente pierden su vigencia, pero no en todos los casos, ni en todos los niveles suelen presentarse dichos cambios. Las coyunturas históricas representan un reto al historiador en la medida en que siempre es difícil establecer la profundidad, la dimensión y los alcances de las transformaciones que en ellas se presentan. Tienen además la característica de que en ellas los hechos son fulgurantes y  no permiten apreciar muy fácilmente el nivel estructural profundo –el tiempo medio braudeliano-, de manera que se convierten en campo fértil para el romanticismo. No hay duda, empero, que los momentos coyunturales son esenciales para entender a la historia como un proceso; no puede haber estudio histórico que prescinda de ellas.

            Es atinada entonces la propuesta de Marco Antonio Landavazo de reflexionar un momento coyuntural, como es la Independencia de México, partiendo de la perspectiva de lo complejo, pues si bien no hay historiador que niegue la complejidad de la coyuntura misma, hace falta desarrollar un discurso acorde con esa realidad. La propuesta apunta a la generación de interpretaciones no reduccionistas de la historia (hasta ahora basadas en la premisa X es A ó B) que planteen los problemas en términos de X es A y B.

            Es posible que, dentro del marco de la celebración del Bicentenario de la Independencia de México, esta perspectiva constituya una de las novedades en cuanto a las nuevas interpretaciones que se hacen de este proceso histórico. ¿Qué tan exitosa puede ser entre la comunidad académica? No es viable decirlo ahora, pero conviene estar atentos a su emergencia y desarrollo ulterior.

 


[1] El pensamiento y propuestas de Edgar Morín (Filósofo y político francés de origen judeo-español (sefardí), nacido en París el 8 de julio de 1921) se enmarcan dentro de lo que se llama la  Ciencia de la complejidad la cual fue conformándose alrededor de las décadas 50-60 del Siglo XX,  cuando el Método Científico clásico y su enfoque reduccionista  entra en crisis  ya que éste no permitía, desde distintas especializadas e incomunicadas disciplinas,  comprender fenómenos  (políticos, económicos, naturales, sociales) que  eran estudiados  por separado, no pudiendo dar cuenta  de fenómenos que solo se daban a partir de la interacción de grandes colectividades de elementos, pues tal enfoque reduccionista explicaba el todo  a partir de sus partes, sin tomar en cuenta que un elemento estudiado por separado, individualmente, no  genera propiedades que emergen solo cuando entran en interacción con otros elementos – el ejemplo típico del pánico, las guerras, las actuales grandes caídas en el mercado, o las organizaciones sociales.

[2] Landavazo, Marco Antonio, Op. Cit. p. 3.

[3] Ibid, pp. 12-13.

[4] Ibid, p. 17.

[5] Ibid, p. 18. La frase “germen de un futuro espacio global de opinión” es retomada por Landavazo de François Xavier Guerra, “El escrito de la revolución y la revolución del escrito. Información, propaganda y opinión pública en el mundo hispánico (1808-1814)”, en M. Terán y J. A. Serrano Ortega (eds.), Las guerras de independencia de la América española, México, El Colegio de Michoacán, INAH, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2002, pp. 125-147.

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One Comment en “La Independencia de México desde una perspectiva compleja.”

  1. Gerardo Spearman Morales Says:

    He considerado, ya desde hace tiempo, la importancia de las reseñas de libros o de conferencias, pues no siempre es sencillo conocerlos. Decía José Gaos “Los hechos son más complejos de lo que parece percibirse o pensarse corrientemente”.
    Generalmente los políticos buscan soluciones sencillas para problemas complejos, por lo que es responsabilidad del científico social, dar cuenta de la complejidad de las problemáticas sociales, ya sea para solucionarlas (antropología, sociología) o únicamente para comprenderlas (historia). Como sea, es importante no simplificar la realidad hasta el grado que resulte en un absurdo.
    Me gustaría recuperar sólo dos afirmaciones para complementar la crítica misma a la simplificación de la realidad histórica: las “interpretaciones románticas reducen a parcialidades la complejidad de un proceso tan importante para la historia mexicana”, eso es cierto, y los resultados de Van Young y otros autores, que han investigado las respuestas nacionales, muestran una tendencia al localismo en la lucha, es más bien como si no hubiera una sola insurgencia, sino que fueran varias, cada una con distintas agendas. Para muestra de esto, basta mencionar las diferencias ideológicas entre los líderes de la insurgencia: entre Morelos y Rayón, entre Servando Teresa de Mier y Morelos, entre Guerrero e Hidalgo. Y ya no se diga las diferencias entre Guanajuato y el Mezquital o el Altiplano Central con la Huasteca. Y todos estos con las Provincias Internas, tierra adentro. Es por eso que es importante considerar “los sentimientos e intereses locales de quienes vivieron la guerra de independencia desde su comunidad y región”.
    Sin embargo, es también cierto que “Las coyunturas históricas […] se convierten en campo fértil para el romanticismo” y más si, como dice Francois-Xavier Guerra “las interpretaciones de los procesos revolucionarios caen fácilmente en explicaciones teleológicas que reconstruyen el pasado en función del punto de llegada”. Esto implica que hay que evitar interpretar que, en vista de que algo sucedió, las personas buscaban que esto sucediera. Las investigaciones más recientes muestran indicios de que no todos luchaban por la independencia y que no todos luchaban por México.
    Mi propia tesis de licenciatura pretende mostrar que ni siquiera se independizó México, pues ontológicamente México no existía, sino que fue posterior a la Independencia, ya que la entidad independizada fue la Nueva España, llamada América Septentrional y semióticamente, significamos mal el proceso, comprendiéndolo por lo tanto, falseado.
    Lo que me lleva a concluir que el México actual como país es el resultado de multiplicidad de procesos externos e internos, pero queda claro que a pesar de que la Independencia fue de suma importancia en la historia de las naciones americanas, asumirla como el meollo del patriotismo y el fundamento de la comunidad es una visión estrecha. Ver al país como resultado de la interacción de distintos proyectos nacionales es más cercano que como el resultado directo y deseado por sus líderes, por ejemplo, Hidalgo. Para ilustrarlo veamos este ejemplo: Un cocinero desea hacer un platillo, pero le faltan ingredientes y no puede esperar a conseguirlos para dar de comer a sus comensales, así que elabora otra cosa. Imaginemos ahora una cocina llena de diversos productos unos de Guadalajara, otros de Oaxaca, etcétera, incluso hay especies y frutas europeas pero, por ser pocas, el cocinero no puede hacer comida italiana, francesa o inglesa porque le faltan ingredientes. Lo más sabio sería hacer una comida con los recursos que posee y elaborar mole o pozole. Si con un cocinero lo que se deseaba no se logra y se hacen adaptaciones, ¿qué pasaría si hubiera en la misma cocina 10 o más cocineros, ayudantes algunos con un familiar o amigo, todos dispuestos a hacer su propio platillo y en competencia por los recursos con los demás? El resultado, por más abigarrado, endógeno o extranjerizado que fuera se llevaría a cabo con la imposibilidad de que los otros se sirvieran. México se asemeja a esto, pues muchos proyectos compitieron y sólo uno ganó y tras posteriores modificaciones, derrotas y triunfos se consolidó y dio forma al Estado que hoy conocemos.


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