La historiografía de cara a la celebración de los centenarios

M. F. Miguel Ángel Guzmán López

Hay un texto breve del insigne historiador Luis González y González titulado De la múltiple utilización de la historia, publicado como parte del libro Historia ¿para qué?[1], en el que participan varios intelectuales renombrados, con textos en los que ofrecen su respuesta al cuestionamiento que da nombre al libro.
Como respuesta a la interrogante, Luis González habla (veladamente inspirado por una de las Consideraciones intempestivas de Nietszche) de cuatro formas de utilizar el conocimiento histórico, representadas por cuatro tipos de historias: la historia anticuaria, que se ocupa de recuperar los detalles divertidos, románticos y anecdóticos, cuya finalidad es la de proporcionar al lector una perspectiva recreativa del pasado; la historia de bronce, que busca fomentar los valores nacionales y patrios mediante la exhaltación o la denostación de ciertos personajes, transformándolos en héroes o villanos (lo que llamaríamos una “historia oficial”); la historia crítica, que pone en tela de juicio los hechos realizados por un régimen político o un estado de cosas del pasado, en búsqueda de un mejor porvenir; y finalmente la historia científica[2], que tiene por objeto comprender el pasado de una manera imparcial y objetiva.
La respuesta de Luis González es muy interesante en varios sentidos. Mediante ella, en primer lugar, se da cuenta de que no es posible dudar de la utilidad que tiene el oficio de historiar para el mundo presente, pues resulta que no sólo puede servir para una cosa sino al menos para las cuatro ya mencionadas: disfrutar, formar valores nacionales, criticar las acciones del pasado, y comprender el pasado con un ánimo científico. Frente a ello, y en segundo lugar, se obtiene una nueva lectura de la pregunta inicial Historia ¿para qué? pues deja de lado la connotación escéptica para descubrir un sentido sorprendentemente dúctil (la historia es para lo que quieras emplearla) que deja a un lado la idea de que la historia sea un saber inaplicable a la vida cotidiana en el presente. Pero sobre todo es recuperable el hecho de que no existe una sola historia sino varias, no en el sentido relativista de que cada quien tiene su verdad, sino en un sentido epistemológico que lleva a concluir que existen varias prácticas que se identifican con el acto de hacer historia y que todas ellas coexisten en nuestro tiempo, pese al desarrollo, desde el siglo XIX, de una historia científica, que se ha desarrollado, sobre todo, hacia el interior de los claustros académicos universitarios.
Al parecer, la historia científica de la que habla Luis González no ha marcado una frontera tan nítida, como lo han hecho otras disciplinas, respecto a los saberes y prácticas que han antecedido al logro de su estatus científico (como la Química frente a la alquimia). Sin embargo, es posible que la coexistencia de estas diversas formas de hacer la historia suceda debido a que siguen siendo pertinentes en diversos niveles y para, efectivamente, diversas finalidades. Podría decirse que no han caído en desuso.
Este antecedente es importante porque, al acercarse la conmemoración del Bicentenario del inicio de la guerra de independencia de México y del Centenario de la revolución mexicana, es notable cómo estos diferentes tipos de discursos se entrelazan generando discusiones en las que se pierde de vista la dimensión desde la cual se habla acerca de ambos procesos históricos. El caso más notable, aunque no el único es el del libro publicado por Macario Schettino Cien años de confusión. México en el siglo XX (México: Taurus, 2007), en el que el autor dedica sus esfuerzos a demostrar que la revolución mexicana es un mito generado por los gobiernos emanados de ella, y si bien esto puede decirse respecto al discurso oficial del PNR-PRM-PRI-gobierno, que efectivamente utilizó este hecho histórico como justificación de su hegemonía política, no puede englobar dicha afirmación a la serie de transformaciones sociales que le dieron a la cultura mexicana contemporánea su identidad. Entonces es importante reconocer que la discusión que Macario Schettino pone sobre la mesa se sitúa en el nivel de la historia crítica respecto a la historia de bronce revolucionaria, pero no en el nivel de la historia científica en la medida en que su esfuerzo es más crítico que comprensivo; obedece más al posicionamiento ideológico que a la búsqueda del conocimiento del pasado.
Pero el tremendo impacto mediático que tiene este discurso no cuenta, por otro lado, con un suficiente contrapeso de parte de los historiadores académicos, que se preocupan más por los problemas epistemológicos de la propia disciplina o por los resultados que arrojan las vastas investigaciones archivísticas, condicio sine qua non un trabajo de historia científica no puede ser tal. No existe este contrapeso, además, porque la preocupación del historiador académico por generar una visión imparcial y objetiva del pasado hacen que regularmente no se sienta con el ánimo de incursionar en el peligroso terreno de la discusión política (y por tanto, ideológica), cosa en lo que, por cierto, no les falta razón.
Sin embargo, el historiador universitario no puede dirigir su discurso exclusivamente a la academia sino que debe ayudar a que exista en la población en general una idea clara de lo que se entiende por hacer historia, y si bien no se trata de convertir al experto en un militante político, sería importante que lo hiciera como un difusor no sólo de los hechos históricos sino de la naturaleza epistemológica de su disciplina y los problemas que en ese sentido se discuten hacia adentro de la facultad. De esta forma la contribución final consistiría en formar en la opinión pública una idea de la historia menos lineal, alerta al uso político que se puede hacer de los contenidos históricos, y consciente de que la historia es mucho más de lo que siempre ha pensado: es más que un simple listado de hechos, ordenados cronológicamente, con pretensiones de verdad absoluta.

[1] Pereyra, Carlos et. al. Historia ¿para qué? 17ª ed. (1998). México. Siglo XXI.
[2] En adelante seguirá apareciendo el término historia científica para establecer el vínculo con la propuesta de Luis González, no para introducir al lector a la discusión de la cientificidad de la historia ni para fijar en ese sentido la postura del autor.

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2 comentarios en “La historiografía de cara a la celebración de los centenarios”

  1. Gerardo cantú Says:

    Pienso que en el marco de el centenario de la Revolución Mexicana debemos de acabar con la historia de bronce que tradicionalmente rodea a este hecho histórico.
    Se habla constantemente que en el marco de estas fiestas centenarias debemos de reflexionar y de plantearnos a donde queremos ir como nación,también nosotros debemos de replantearnos la manera de ver la revolución, ya no ver a esos “héroes” como santos sino como lo que eran en realidad, desde criminales-homicidas a gran escala (como Villa) o burgueses con hambre de poder (Madero).

  2. Edgar Moisés Segura Frausto Says:

    Con el bicentenario de la independencia de México y el centenario de la revolución mexicana, en las páginas web de diferentes librerías se puede notar como, despistadamente, se hace publicidad a los libros relacionados con estos temas. La mayoría tienden a querer llamar la atención del lector con temas relacionados a la vida sexual de los héroes mexicanos de la independencia y revolución, por poner un ejemplo. La duda de esto es ¿Cómo ve la gente estos eventos históricos que marcaron el futuro del país? Si se toma en cuenta que estas librerías virtuales muestran al público lo que más les llama la atención.
    Ir y pregonar al pueblo, por parte de los historiadores, la historia de nuestro país y los problemas que hay al tratar de reconstruirla es una excelente idea, pero el problema que se nos puede presentar es ¿Cómo la percibe la gente? y ¿Cómo hacerles ver de forma más sencilla, a como nos la enseñaron, estos problemas en la reconstrucción de la historia? En el párrafo anterior, mencione lo de la librería porque esta vende lo que la gente quiere, y me doy cuenta que a las personas les importa un bledo la historia científica (la que menciona Luis González), pues la gente busca datos curiosos.
    El historiador trata o busca, que es lo más recomendable, ser imparcial, pero las personas, a mi parecer, no buscan ser imparciales; buscan entretenerse, pasar un buen rato. La mejor manera de hacerlo, si se decide tomar a la historia como medio de distracción, es con la historia de bronce o anticuaria, que al parecer es la única forma de llegar a las personas. Esto se percibe con el comentario que hizo el profesor Villalba, en su curso de historia medieval, sobre una película histórica en la cual un amigo suyo era asesor de historia. Los productores ignoraron al asesor casi por completo alegando que no eran llamativos todos los comentarios que daba para la película, dando a entender por parte de los productores, que ha la gente no le importan cuestiones relativistas.
    La historia tiene su público y es percibida y aceptada de diferentes formas, pero la que se impone por mayoría es la anticuaria. ¿Cómo se atrae y entretiene a las personas en los museos públicos o privados? Contando anécdotas entretenidas que poco tienen que ver con la historia narrada por los historiadores; está el ejemplo del cochero y su dichoso museo de la inquisición: los historiadores dicen “no hubo inquisición en Guanajuato” y ellos a que si existió la inquisición en Guanajuato.
    Se rescata el interés de las personas por la historia, que es lo que cuenta, que no pierdan ese interés; si saben distinguir cuando una película, museo o libro contiene elementos históricos fuera de contexto, que bueno, pero sino, que bueno también. El historiador, como humanista que es, esta para promover la historia y conservar la historia, si la gente desconoce la historia de su país “tal cual paso”, no se debe de quejar pues en gran medida se debe a la poca aportación de los historiadores por tratar de mostrar esa historia critica y científica, desconocida por muchos.
    En alguna clase me hicieron notar que la historia narrada como la narran los historiadores es para historiadores, y si seguimos así, nos volveremos obsoletos e inservibles para la sociedad.


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